Soy un liberal igualitario que cree que la democracia constitucional es la mejor forma de gobierno. Soy partidario de un gobierno con límites y contrapesos porque sé que la tendencia natural del poder es extenderse e invadirlo todo. Su transmisión, estoy convencido, debe hacerse conforme a las reglas que nos hemos dado. Debe cumplir con los procesos, formalidades, tiempos y lugares establecidos en la Constitución. El poder investido en la presidencia, si bien emana de la voluntad popular, se legitima con la tinta constitucional. Es un poder inmenso que deviene en poder constituido.

La transferencia del bastón de mando de AMLO a Claudia Sheinbaum fue objeto de todo tipo de críticas: decían que el presidente emulaba actos imperiales, se apropiaba indebidamente de prácticas culturales indígenas, violaba el principio democrático al “transmitir su poder” mediante un rito, etcétera. El acto en sí mismo fue burdo, pero no hay que confundir la gimnasia con la magnesia: fue un acto simbólico que, otra vez, pone agenda y logra el objetivo del presidente.

Primero lo primero. Lo que vimos fue un acto ilegal, un acto anticipado de campaña. Como bien me dijo el abogado Juan Manuel Ramírez Velasco: los asistentes (presidente, gobernadores, gobernadoras y demás funcionarios) “violentaron el principio constitucional de equidad en la contienda y, además, hicieron un uso indebido de recursos públicos al descuidar las funciones que les han sido encomendadas mediante el mandato popular para asistir a eventos partidistas proselitistas”. Ahí reside su verdadero vicio. Las gobernadoras y gobernadores se trasladaron a la CDMX a un evento partidista, haciendo a un lado sus funciones constitucionales.

Ahora bien, la intención del presidente es otra, desde luego. Lo que AMLO hace es, otra vez, jugar en el plano simbólico. Lo he escrito ya en estas páginas: la política es una rara mezcla de razón y emoción, de realidad material y realidad simbólica. Cuando estas últimas se mezclan, surgen diversas realidades políticas. El gran poder del presidente es esa capacidad de ir creando circunstancias que detonan adherencias emocionales, verdaderas realidades políticas de su confección. Ahí están los datos: su popularidad no ha bajado. A pesar de los resultados catastróficos en educación, salud y seguridad, más del 60% de los mexicanos lo apoya.

La transferencia del bastón de mando no estaba dirigida a quienes no coincidimos con él, ni para votantes del círculo rojo. Va dirigido a su base, les habla a ellas y ellos. Y el mensaje es claro: Claudia no sólo es la que gana “el proceso interno” de MORENA, sino que es su “elegida”. Además de subrayar esa doble legitimidad, él se muestra dispuesto a dar uno de los pasos más complicados para quien tiene poder: cederlo, soltarlo, dejarlo ir de forma pacífica. No importa que sea impostado y que en los hechos él vaya a seguir al mando. Lo que importa es el mensaje y lo que genera en su gente.

No hay que dejar de criticar y denunciar este tipo de actos, pero también toca verlos y aquilatarlos. La batalla electoral la ganará quien sepa crear una realidad política alterna a la del presidente. Una realidad política que no se reduzca a una “narrativa”, sino a un proyecto que logre emocionar y movilizar a ciudadanas y ciudadanos de cada sección electoral del país.

Abogado y analista político

@MartinVivanco

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