Hay diagnósticos en todas partes. La mayoría se concentran en cómo es que un Presidente en medio de las múltiples crisis que se viven –muertos por pandemia, violencia que no cesa, depresión económica- pueda contar con una aprobación de alrededor del 60%. Los hechos no son buenos. La realidad contradice el discurso grandilocuente que escuchamos todas las mañanas. Entonces, ¿qué es lo que no entendemos?

Que la realidad no es solo una, sino varias. Como dice Javier Tello, tendemos a separar la realidad material de la simbólica y a dar menos valor a esta última. Lo cierto es que las dos se funden en eso que llamamos realidad política. Esa esfera en donde confluyen los hechos puros y la razón (lo material), pero también las emociones y los sentimientos (lo simbólico). La política ni es pura razón ni pura emoción, sino una peculiar mezcla de ambas. A diferencia de lo que se piensa, la regla no es el triunfo de la razón, sino la racionalización de las emociones. Al procesar información sobre cómo debemos actuar en el mundo –eso que los filósofos llaman “razón práctica”- detonamos, primero, el estómago y luego el cerebro. Y político que no entiende esto, no es un político. AMLO, por supuesto, lo entiende, o por lo menos, lo intuye.

¿A qué emoción apela AMLO una y otra vez? A una sensación de frustración muy profunda que cruza las sociedades modernas.

Para decirlo rápido, la modernidad está sellada por la anomía. Esa cualidad sociológica en donde existe una orfandad de orientación normativa porque, por un lado, vivimos inmersos en un mar capitalista –llenos de máquinas, consumo y una sensación aparente de bienestar- que entroniza, precisamente, la racionalización de la vida a través de una burocracia estatal (un conjunto de reglas) gigante. Pero, por el otro lado, vivimos en sociedades complejas, de pulsiones y emociones múltiples, en donde cada uno –en teoría- podría elegir su plan de vida. Es el mantra neoliberal de que cada quien es dueño de su destino. Es decir, vivimos presos de una ambivalencia: una realidad llena de reglas –contabilidad, el derecho, la salubridad, etcétera- y, otra realidad donde cada uno de nosotros quiere redactar las suyas propias, por la simple y sencilla razón de que se ha repetido hasta el cansancio que es posible.

El resultado de esta ambivalencia es una frustración enorme, sobre todo, con la forma de operar de las democracias modernas. Éstas se tecnificaron cada vez más (basta ver la cantidad de leyes, reglamentos y regulaciones) que fueron diluyendo su componente social, popular. Esto lo entendió muy bien López Obrador. La tecnocracia que desdeñó lo social, lo popular; generó una enorme frustración que AMLO supo canalizar muy bien en el 2018. Por eso ganó hace dos años, apeló y canalizó esa frustración derivada de una ciudadanía que se sentía un títere de la historia, no parte de ésta.

Muchos creyeron que ahí acabaría, que una vez en el poder se dedicaría a resolver las causas de esa frustración. Pero se equivocaron. Su estrategia es exactamente la opuesta: atizar ese fuego, mostrar todas aquellas causas de frustración ya que, al exponerlas, se deslinda de ellas y genera un mundo polar –de ahí la famosa polarización.

Por eso, cuando habla de las trabas a la justicia por el derecho (otras vez, las reglas), cuando habla de la corrupción del pasado, cuando repite sin cesar las mismas frases, lo hace con un solo objetivo: despertar esa emoción y recordarle a todas y todos que el muro con el que sus sueños se topan sigue ahí. Que él trata de derribarlo, pero que es un muro muy resistente porque está hecho de lodo y billetes. No importa que hoy los arquitectos de ese muro sean de su equipo, no importa que hoy él sea el responsable de la obra; lo que importa es el hecho de la denuncia.

AMLO denuncia lo que la mayoría quiere denunciar y eso lo hace sentir cercano, aliado de la mayoría. Es la política de las emociones.

Si no empezamos a entender esto, no entenderemos nada. Si creemos que esto va a cambiar, que él va a cambiar, también nos equivocamos. Es una forma que no comparto de hacer política, pero es muy productiva (basta ver las encuestas esta semana). Si seguimos pensando que los ciudadanos se equivocan, o sufren de disonancias, también estaremos en un error. AMLO los hace sentir dignos –y en ese sentido otorga dignidad- y eso tiene valor. Es una forma populista de hacer política, sí, pero hay que entender que el populismo –bien entendido y siguiendo a Laclau- es la construcción de realidades políticas, de lo político. AMLO construye realidad y a esa se adhiere, hoy, la mayoría de los mexicanos, nos guste o no.

La pregunta es: ¿cómo se revierte esta forma de hacer política que, estoy convencido, destruye más de lo que construye? Aventuraré algunas ideas en mi próxima entrega.

@MartínVivanco

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