¿Abortistas vs Provida?

Martín Vivanco Lira

Ya lo he dicho: no creo que haya hombre feministas. A lo más que aspiramos algunos es a ser aliados del movimiento. Por eso quiero exponer algunos falsos dilemas que se han vertido sobre el aborto en los últimos días. Lo hago consciente de que la lucha por la despenalización debe estar en el corazón de todo movimiento feminista, pero que su éxito pasa por hacer entender a los hombres del problema. Más aún, porque su despenalización -ya sea en la Corte o vía legislativa- tendrá que contar con votos masculinos.

Se ha dicho mucho, pero no sobra repetirlo: la Corte no discutió sobre la constitucionalidad del aborto la semana pasada. Se votó en contra del proyecto porque el problema estaba mal planteado. Con esto en mente, ¿cuáles son los falsos dilemas del aborto?, y ¿hay alguna posible convergencia en posturas que parecen irreconciliables?

Lo primero a decir es que lo que está a debate no es si el aborto es algo moralmente bueno. El debate es si el aborto debe estar penalizado, es decir, que si la mujer que decidió abortar debe ir a la cárcel. Son cuestiones muy diferentes, dos esferas distintas: la moral y la jurídica. Si mi hermana me dice que está embarazada y que piensa abortar; yo la apoyaría en lo que ella decida, escucharía sus razones y trataría de encontrar la mejor solución a su problema, a su sentir. Pero así como nunca la instaría entusiásticamente a abortar; jamás la denunciaría ante la Fiscalía. Creo que si a usted le sucede lo mismo, actuaría de forma similar. Más aún, si de pronto llegan a su casa para detener a su madre, hija o esposa, y las condenan a prisión, imagino que usted estaría en contra de esto. Repito, se puede estar moralmente en contra del aborto, pero el debate es otro. Este reside en cuándo está justificado que el Estado castigue a una mujer por decidir sobre su propio cuerpo.

El argumento anterior recibe un contrataque ya común. Algunas personas aseveran que debe penalizarse el aborto porque hacerlo equivale a asesinar al bebé en formación. Lo partidarios de este argumento aseguran que hay vida desde la concepción y, por lo tanto, cualquier atentado contra esa vida debe ir de la mano de brazo punitivo del Estado. De hecho, en muchas constituciones locales se ha plasmado precisamente eso: que la vida empieza desde la concepción en aras de fundamentar las normas penales contra el aborto. El argumento se cae porque parte de una premisa no verificable, de imprecisiones conceptuales, y de no reconocer la peculiaridad de la relación entre madre y feto.

Empiezo por la primera. Nadie, nadie, sabe bien a bien cuándo empieza la vida, por la simple y sencilla razón de que no es un palabra cuyo significado sea inequívoco. En la comunidad científica no hay todavía un acuerdo sobre qué es vida y cuándo empieza. Lo mismo sucede con el significado de “ser humano” o “persona” (aunque esta última sí tiene un significado jurídico). No hay claridad sobre cuándo el feto se torna en un ser humano: ¿cuándo desarrolla ciertos órganos como el cerebro, el sistema nervioso central, u otros?, ¿cuáles? El proceso de formación de un ser humano es tan complejo, tan único y maravilloso, que es gradual y dependiente de múltiples factores. Por último, se pasa por alto la peculiaridad de la relación feto y madre. Como diría Tamar Pitch, esta es una relación no entre dos sujetos autónomos –el feto carece de autonomía- sino simbiótica a tal grado de que la condición de posibilidad del primero está atado al cuidado, el deseo y el imaginario de la segunda, la madre.

Entiendo que estos contrargumentos no encuentran terreno fértil en alguien con profundas convicciones religiosas. Para estas personas, la vida es sagrada y empieza, sí o sí, desde la concepción. Al vivir en sociedades plurales quienes piensan así tienen todo el derecho a hacerlo y conducir su vida acorde a ello. Pero, entonces, ¿qué hacer ante estas posturas que parecen irreconciliables?

Recordar que una de las propiedades de la libertad es la facultad que uno tiene de escoger en qué creer y cómo vivir; por tanto, nadie puede imponer a otro una concepción del bien ni un plan de vida. Si uno no puede imponer a otro una ética de vida, menos lo puede el Estado. Y al penalizar el aborto, el Estado hace precisamente eso: no sólo sanciona una conducta, sino que impone una forma de vivir, la de convertirse en madre. Estoy seguro de que las personas profundamente religiosas tampoco estarían de acuerdo en que el Estado les prohibiera –con pena de cárcel- celebrar ciertos sacramentos por el simple hecho de que esas ceremonias son constitutivas de su identidad.

Así emerge un primer punto de convergencia: el Estado no debe dictar postulados morales. Si se entiende esto, entonces se comprenderá, como dice Alfonso Ruiz Miguel, que “despenalizar el aborto no implica justificarlo moralmente, menos aún fomentarlo. Implica […] respetar tanto a quien juzga que el aborto es un crimen como a quien juzga lo contrario”.

Y quizá, quizá, hagamos consciencia los hombres de cómo la penalización del aborto reduce a la mujer a un instrumento de procreación, expropiándola de su autonomía que se somete a control penal. Porque sí, nosotros hemos construido este sistema. De ahí que se le llame patriarcal.

@MartinVivanco

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