Todo el mundo sabe quién es Donald Trump, no todos saben quién es Joe Biden. El candidato del Partido Demócrata lleva cincuenta años, una vida, en la política siempre con un bajo perfil. Vicepresidente ocho años, la luz que emanaba Obama lo ensombreció hasta que intentó por tercera vez la presidencia. Ya se le había negado antes en 1988 y en 2008, hasta que ahora, por fin, obtuvo la nominación. En buena medida gracias al apoyo de los afroamericanos. Es un hombre sin carisma, si por esto se entiende la habilidad para comunicarse y comportarse de manera emotiva que inspire a los demás.

No todos los líderes carismáticos son modelo, entre éstos John F. Kennedy, Fidel Castro y Winston Churchill por mencionar algunos; entre los carismas deleznables Hitler y Stalin. Biden no tiene carisma: es viejo, acartonado, insípido, olvidadizo, con una trágica historia familiar. No obstante, representa la tabla de salvación de Estados Unidos ante la desgracia política que significa Trump y la amenaza de que podría extenderse cuatro años más. Biden es ante todo una buena persona. De llegar a la Casa Blanca su anticarisma será irrelevante. Al ser huésped de la Casa Blanca, el poder sustituirá la ausencia de carisma.

De ganar la elección Biden tendría en su toma de posesión 78 años, lo que lo convertiría en el presidente más viejo de la historia de EU. Ha tenido una vida ominosa, equiparable a una tragedia griega. Su primera esposa y una hija pequeñita murieron en un accidente automovilístico. Sobrevivió otro de sus hijos, Beau, que tuvo el carisma que le falta al padre. Beau Biden, héroe de guerra, inició una promisoria carrera política en Delaware, el pequeño estado de la costa este, donde viven los Biden. Llevaba una brillante trayectoria, a punto de ser nominado para gobernar su estado, cuando lo sorprendió una terrible enfermedad (Glioblastoma, cáncer cerebral que hace unos días cegó la vida de Mela, mi adorada compañera).

Biden reaccionó positivamente a las tragedias. En el caso de la enfermedad ha trabajado apoyando grupos de investigación médica a partir de que otras formas de cáncer reciben cuantiosos apoyos, mientras ésta por su rareza es desatendida. Glioblastoma lleva en su cuenta a personajes como Ted Kennedy y John McCain, entrañables amigos, a pesar de haber sido encarnizados adversarios políticos.

Con una larga estancia en el Senado, como presidente del Comité de Relaciones Exteriores, Biden cuenta con amplia experiencia internacional. De llegar sanaría las heridas profundas que ha dejado Trump internacionalmente, que han hecho de los americanos personas no gratas en el mundo global.

Para llegar tiene que ganar el voto popular como aseguran las encuestas que sucederá, pero también debe imponerse en el colegio electoral. Existe la probabilidad, aun cuando todas las predicciones no comparten esta idea, de que Trump pueda tener éxito en los estados claves, aun cuando pierda por millones de votos (Hillary Clinton obtuvo tres millones de votos más que Trump y perdió) y con ello gane el voto electoral. Todo dependerá de cómo se presenten las cosas durante la campaña.

Bien arraigados en la costumbre política de EU los debates jugarán un papel relevante. No quiere decir: quien gane los tres debates ganará la presidencia, pero sí quiere decir que el que pierda contundentemente los debates no ganará la presidencia. Los debates entre Trump y Hillary fueron vistos hace cuatro años por 74 millones de personas y se espera que esta cifra sea superada en el mundo del encierro pandémico.

Un punto de ataque a Biden que Trump aprovechará será un asunto familiar. Hunter Biden su otro hijo, ha sido objeto de un escándalo por llevar negocios con el gobierno de Ucrania, evidentemente amparado en el alto cargo de su padre cuando era vicepresidente. La capacidad de Biden de enfrentar personalmente al presidente Trump, el monstruo televisivo, será decisiva. Si ante el exasperante acoso de Trump pierde la cabeza, perderá la presidencia.

Investigador nacional en el SNI

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