La Suprema Corte de Estados Unidos ha jugado un papel central en ese país. No hubiera integración racial sin Brown vs. Board of Education. Sin otra decisión, Miranda vs. Arizona, no existiría la famosa fórmula que hace patente el derecho de cualquier sospechoso a guardar silencio; recordarle que lo que diga puede ser usado en su contra; el derecho a un abogado, y si no cuenta con fondos, el Estado le debe proporcionar uno. (El señor Miranda por cierto era un Bad hombre, como dice Míster Trump: secuestrador y violador confeso, quedó libre en tanto en su detención no le hicieron saber sus derechos).

No todas las decisiones han sido a favor de la institucionalidad. Durante la II Guerra Mundial, la Corte autorizó el confinamiento de ciudadanos estadounidenses de origen japonés en campos de concentración, en una resolución aberrante. Los perdones e indemnizaciones millonarias posteriores (a toro pasado dicen los taurinos) han resultado insuficientes para cancelar el oprobio.

Hay indicadores de que Míster Trump podría estar loco, pero loco loco, él sabe lo que quiere, aunque no siempre se salga con la suya. Tenía claro que para controlar al país requería de una Suprema Corte sometida a sus designios, por lo que había que contrarrestar a los tres liberales de los nueve que la integran. Se dedicó a nombrar jueces supuestamente afines y conformó una corte conservadora. Solamente que una reciente decisión lo puso de cabeza.

La Corte de Trump parecía plegarse al poder político hasta que habló con una sentencia. Determinó, en decisión histórica, que los aranceles son inconstitucionales. Un experto la considera la decisión más importante del siglo XXI (David French, New York Times). La determinación vulnera el enorme poder de la espada tarifaria de Míster Trump. El punto técnico-jurídico es simple: si el presidente puede imponer aranceles sin la aprobación del Congreso. La Corte determinó que se requiere aprobación del Congreso.

Como la vida no es tan simple, en unas horas el presidente impuso 10% adici0nal para demostrar cómo truenan sus chicharrones. Como eso le pareció poca cosa en unas horas más subió impuestos a 15%. Lo hizo basado en otra ley que según su parecer si lo autoriza. Parece el cuento de nunca acabar, pero lo cierto es que prácticamente todos los países que hacen negocios con Estados Unidos (México excluido), habían doblado la cerviz para evitar tarifas tan elevadas, sin haber considerado que éstas podrían resultar —como lo fueron finalmente— acciones inconstitucionales.

Muchos países ofrecieron invertir en EU a fin de ver reducidos sus aranceles. En una semana de tobogán frenético, antes del verdadero tobogán de la guerra, en Medio Oriente, Japón se comprometió a invertir 36,000 millones de dólares en EU; el presidente de Indonesia se comprometió a abrir sectores reservados a empresas estadounidenses, los dos países para contrarrestar tarifas ruinosas de 35%. Otros países como Taiwán, Malasia, Camboya, Corea del Sur y hasta India habían hecho concesiones a fin de ver reducidas las tarifas. Algunos hasta rompieron tratos con China o prometieron atender indicaciones estadounidenses en materia de seguridad nacional y brindar abastecimiento de minerales críticos. Míster Trump declaró feliz, como si fuera juego de hockey en las olimpiadas invernales, que EU volvía a ganar. No obstante, el juego no ha terminado. Al anular la legalidad de los aranceles la Suprema Corte puso de cabeza los acuerdos y las promesas de inversiones se tambalean.

Lo más importante de la decisión sobre las tarifas inconstitucionales es que EU recupera la fe perdida en su sistema. Ratifica la división de poderes, reglas al poder presidencial desorbitado y anuncia límites que imponen las leyes y la Constitución. Refrenda que la Constitución de EU es lo que la Suprema Corte dice que es.

Autor de La Suprema Corte de Estados Unidos, Claroscuro de la Justicia (Porrúa 2014).

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