La salida por motivos de salud del canciller de la Fuente lleva a considerar el nuevo escenario para las relaciones internacionales del país con un nuevo canciller, al mismo tiempo que permite evaluar el hecho mismo del relevo. La reacción en redes, así como en algunos medios, muestra una atmósfera envenenada en que la impunidad del anonimato saca las uñas para tratar de desgarrar al que vaya pasando. Se dice y escribe en redes lo que no se atreve a decir en persona.
No tiene nada de ilegítimo atender la salud y tomar las decisiones necesarias para una recuperación adecuada. En el caso particular, un médico como de la Fuente, con reconocimiento internacional por su desarrollo profesional, ha construido una trayectoria basada en la responsabilidad profesional.
En la Facultad de Medicina de la Universidad Nacional Autónoma de México, la más prestigiada de Latinoamérica, donde fue director, los alumnos juran al obtener su título: “velar por su propia salud, bienestar y capacidades para prestar una atención médica de la más alta calidad”. Ese principio forma parte de una ética que también orienta la vida pública.
El relevo ha dado motivo para múltiples interpretaciones; para algunos ha sido ocasión de desahogo y para otros simplemente un tema más en la conversación pública. No obstante, los signos objetivos del cambio sugieren un contexto institucional claro.
La presidenta señaló, en un tono notablemente cálido y cercano, que había pedido al canciller mantenerse en el cargo. Dio cuenta de la relación política y personal que los vincula y que Juan Ramón de la Fuente seguirá participando en su gobierno, una vez obtenida su recuperación física.
Otros han aprovechado el relevo para contrastar la brillantez y sonoridad de sus gestiones previas en la Secretaría de Salud, en la rectoría de la UNAM o en la representación permanente de México ante la ONU, con lo que en algunas entregas en estas páginas denominé la diplomacia sigilosa.
Sin fuegos de artificio, México es en el mundo un país que ha sorteado con relativa estabilidad el torrente de despropósitos de Donald Trump. En lo posible, ante la inestabilidad mundial, México mantuvo una relación estable con Estados Unidos. La migración está más ordenada, se impulsó el multilateralismo como principio constitucional y hubo avances en el fortalecimiento consular, particularmente en la compleja agenda de los 52 consulados mexicanos en ese país.
Gracias a esa diplomacia sigilosa, Trump nunca habló de México como el estado 52 de la Unión. Tampoco faltó el respeto a la presidenta, al país, a sus símbolos y a su historia. Tal vez lo más grave haya sido el intento de cambiar el nombre al Golfo de México, que siguió y seguirá siendo de México.

