El fin de semana la CDMX fue la capital del beisbol. El epicentro fue el nuevo estadio que surgió gracias al empuje de un empresario (Alfredo Harp Helú). El diamante remplazó al Parque del Seguro Social. Dos equipos de grandes ligas, los Padres de San Diego y los Diamondbacks de Arizona se enfrentaron en juegos de temporada regular.

Unos días antes, la presidenta Sheinbaum había recibido a los peloteros de los equipos en un gesto que da cuenta de la significación de la llamada Mexico City Series. Solamente que en el pecado llevará la penitencia porque con este precedente, tendría que recibir ahora a los jugadores de la Copa de Fútbol que vendrán, pero como jugarán contra México, no parece muy buena idea ponerles los tapetes rojos.

Los presidentes mexicanos, antes de la Presidenta (no se sabe si ella hace o no deporte), se mostraban deportistas. Ávila Camacho era caballista; López Mateos automovilista; Zedillo ciclista; Calderón futbolista; López Portillo bueno para todos; Alemán, Díaz Ordaz y Peña Nieto golfistas. AMLO beisbolista planteó una extraña política pública: programó como meta de gobierno que al fin de su gestión “cuando menos” entre 60 a 80 peloteros mexicanos estarían jugando en las grandes ligas. Para ello formaría escuelas por todo el país y otorgaría becas a los prospectos. Como todo lo que propuso esto también fracasó, quedó en promesa fallida. Solamente 6 peloteros mexicanos juegan en este momento en grandes ligas; ninguno, por cierto, gracias a las pretensiones de AMLO.

John Rawls, uno de los filósofos más influyentes de esta época, cuyo gran mérito fue cambiar la forma en que se piensa la justicia en el mundo, sostuvo que la idea de la justicia como equidad sirve para permitir desigualdades solamente si benefician a los menos favorecidos. Rawls afirmaba que el beis es el mejor deporte y el más filosófico. Justicia y beisbol, lema filosófico; otros menos filósofos creemos que el beis es el rey de los deportes.

Entre las razones están la de ser un juego en equilibrio en sus reglas y medidas, ajustado a habilidades humanas. Deporte para gente ordinaria: no es necesario tener una estatura elevada (basket), o un cuerpo musculoso (fútbol americano), o una elevada cuenta en el banco (velerismo, golf, deportes invernales, equitación). En el beis hay altos, chaparros, esbeltos y panzones. El mejor ejemplo es el sorprendente José Altuve, venezolano de los Astros que mide 1:70, junto al magnífico bateador Aaron Judge de los Yankees, que parece que le dobla la estatura. Además, es un deporte en que no es necesaria la pelota para anotar. Y como el tenis, no está sujeto a horario. El beis no se acaba hasta que se acaba.

La temporada de grandes ligas previa a la llamada serie mundial, lleva a los equipos a jugar 162 juegos. En total se celebran 2430 juegos antes de las series finales. Esto garantiza que es la consistencia, no la suerte, lo que premia a los ganadores. El beis logra lo que debería alcanzar cualquier sistema político (socialista, capitalista, comunista, liberal, conservador) que es la meritocracia que elimina el factor suerte o el favoritismo que seguimos padeciendo en México.

El beis es además el deporte más difícil si tomamos en cuenta las estadísticas. Un bateador estrella, el mejor en el que se piense, tiene un porcentaje de éxito de 33 por ciento. Es decir, de tres veces que intenta batear (macanear) solamente una pega un imparable (hit). El más exitoso fracasa en el 70 por ciento de los intentos. Imaginemos un futbolista que falle siete penaltis de 10. Cada out es para un bateador la invitación para el resarcimiento en el siguiente turno. Como la vida misma, más importante que caer es levantarse.

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