Lozoya: los meses oscuros y la impunidad

Mario Maldonado

Lozoya seguía diciendo en reuniones que todo era fabricado, que era un chivo expiatorio

La escena de Emilio Lozoya departiendo tranquilamente en el restaurante Hunan con empresarios y herederas multimillonarias no es la primera ni la única desde que la Fiscalía General de la República (FGR) le extendió la ‘cortesía’ para que enfrente su proceso jurídico en una especie de libertad condicional.

Apenas aterrizó extraditado de España en la Ciudad de México, el 17 de julio del año pasado, fue llevado a un hospital privado y de ahí a una de sus casas en Lomas de Chapultepec, a sólo 10 minutos del restaurante en el que fue fotografiado la noche del sábado por la periodista Lourdes Mendoza.

Días después su amigo, cómplice y testigo colaborador de la FGR –por increíble que parezca–, Froylán Gracia, quien fue su mano derecha durante los años en los que se sentían dueños de Pemex, le organizó varias reuniones de bienvenida con los vinos caros que tanto le gustaban. Una de esas bienvenidas fue relatada en estas páginas por el periodista Carlos Loret de Mola.

Al convite acudían lo mismo algunos excolegas de Pemex, abogados que se convirtieron en amigos y empresarios con los que alguna vez hizo negocios. Lozoya seguía diciendo en esas reuniones que todo era fabricado, que era un chivo expiatorio y que, tras el acuerdo con el fiscal Alejandro Gertz Manero, obtendría su libertad. “Peña y Videgaray me dejaron solo, por eso los delaté, para salvarme”, les decía, palabras más, palabras menos, según me cuentan personas que acudieron a las reuniones.

El caso, sin embargo, se fue complicando. Lozoya no logró reunir las pruebas para imputar a por lo menos 17 de las 70 personas a las que “delató” en su denuncia. Los videos que dijo tener como evidencia no se los quisieron “soltar” quienes los tenían, o simplemente no existen. Fue así como el fiscal Gertz y el padre de Lozoya, quien facilitó la extradición de su hijo, se dieron cuenta de que ellos también habían sido engañados.

Los meses transcurrieron y Lozoya intentó seguir haciendo una vida relativamente normal: se deshizo de propiedades en el extranjero, peleó con sus abogados algunas otras en México, se reunió con empresarios para analizar inversiones y visitó despachos de litigantes con influencias en el gobierno del presidente Andrés Manuel López Obrador para pactar su libertad.

Desde sus inmuebles de la CDMX, y a veces en Valle de Bravo, Lozoya buscaba recuperar su vida, confiado de que una negociación, incluso a través de una reparación del daño, como la de su amigo Alonso Ancira, lo liberaría y le permitiría irse de México para siempre. Lo escandaloso de su caso lo hizo divorciarse de su esposa multimillonaria, distanciarse de sus hijos, su hermana y sus padres. Algunos de sus conocidos dicen que por meses se hundió en la depresión, aunque su personalidad petulante y narcisista lo hacían reponerse para asegurar que podía salir librado.

La cena del Hunan no fue su primera comida en un lugar público desde que se le impusieron medidas cautelares, pero sí la primera en la que lo captaron las cámaras de celular. Lozoya iba a bares y restaurantes, pero tenía un perfil muy bajo. Desde hace por lo menos tres meses también acudía cada quince días a la FGR y visitaba despachos de abogados y casas de amigos.

Confiado en que los jueces y la FGR le permitirían extender, como lo hizo ya cinco veces, la fecha límite de presentación de las pruebas contra 17 personas para obtener el criterio de oportunidad, Lozoya se aprestaba a recuperar su vida… hasta que el tiempo y una de sus denunciadas lo alcanzaron.

El próximo 3 de noviembre es la nueva fecha límite, un día después de la celebración del Día de Muertos.

Posdata

Una de las historias que, por cuestión de tiempo no alcancé a incluir en mi libro sobre el exdirector de Pemex (Lozoya, el traidor. Editorial Planeta, 2020), pero que describe, como muchas otras, que sí están contenidas en las 216 páginas del texto, la personalidad y el manejo de Emilio Lozoya dentro de Pemex, sucedió en 2013, en plena discusión de la reforma energética.

Lozoya había sido invitado a una reunión de alto nivel con consejeros y el presidente mundial de uno de los bancos más importantes del mundo, cuya sede en México está en Paseo de la Reforma. El entonces director de Pemex hizo esperar varios minutos a los presentes, hasta que desde el cristal de la sala de juntas del edificio se miró a lo lejos un helicóptero despegar de la torre de Marina Nacional, para después aterrizar casi arriba del piso donde se llevaba a cabo la reunión.

Lozoya entró a la reunión, escuchó brevemente a los consejeros, y luego se disculpó y se fue. Al concluir la reunión, el presidente del banco preguntó cómo era posible que el director de una empresa estatal use el helicóptero de la empresa en una distancia tan corta. También se sorprendió con su reloj: ¡cuesta casi lo mismo que el helicóptero en el que llegó!, exclamó.
 

 

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