Una OEA muy dura de matar

Mario Alberto Puga

Desde que llegué a la OEA en 2013, y hasta que salí de ella en 2018, escuché de propios y extraños diferentes historias que daban cuenta de las formas en que terminaría la organización más representativa del continente, llena de cuentos de terror, pero también de muchos logros regionales, no siempre reconocidos por los países dentro y fuera de nuestra geografía. Y es que la OEA mantiene esa dualidad: por un lado, la parte ideológico - política que puede sentirse y olerse a distancia y en sus decisiones más trascendentes y, por otro, la parte técnica, que la ha llevado a construir novedosos conceptos, ideas, prácticas e, incluso, instituciones, que han mantenido vigentes sus 4 pilares fundamentales: democracia, derechos humanos, seguridad y desarrollo.

Entre las formas de acabar la OEA, los más institucionales hablaban de muerte natural, que atestiguábamos todos los días a los ojos de los estados miembros, a través de sus inercias y procesos intrascendentes, que a lo largo de los años se habían convertido en simples caminos burocráticos para lograr a tiempo el ansiado informe o resolución, que formaría parte del reporte anual que sería aprobado por la Asamblea General, y que justificaría un año más de vida y de presupuesto. Sin embargo, la muerte natural no ha llegado y la OEA cumplirá 73 años de vida este otoño, con muchos achaques y dolencias, pero todavía moviéndose y con cierto poder de convocatoria.

El suicidio inducido era otra forma de terminar con la organización, especialmente para los funcionarios que vivían en depresión constante, ante la lejanía de su tierra y el tedio burocrático, particularmente cuando llegaba un nuevo secretario general a tratar de cambiarlo todo con nuevas ideas y propuestas, mismas que claudicaban a los varios meses ante la inercia interna y el poder que cada país o subregión ejercía en sus temas, donde no había espacio para transformar nada.

Por ejemplo, el actual secretario general hizo tres promesas fundamentales a su arribo en 2015: una, que no sería él el que enterraría la OEA; dos, que no se reelegiría en 2020; y tres, que respetaría como nadie la carta de la organización. Si bien, ya claudicó en las dos últimas, tiene hasta el 2025 para completar su obra (ver artículo “Almagro, el enterrador”, del 6/11/20). A pesar de los varios intentos de suicidio inducido, la OEA ha sobrevivido a 11 secretarios generales, 9 de ellos sudamericanos, un centroamericano -de tristes recuerdos- y un estadounidense -en calidad de interino-.

Otra forma esgrimida por los más radicales era el asesinato premeditado a manos de algunos países -entre ellos Cuba, Venezuela, Bolivia, Nicaragua y ahora México-, que han pedido su desaparición o sustitución en virtud de que ya no satisface las necesidades de algunos gobiernos, especialmente si éstos son de corte social o, para decirlo en términos todavía ideológicos, gobiernos de izquierda, que son de inmediato puestos en la lista negra del Departamento de Estado de EU, desde donde se planea su tratamiento y se dan instrucciones, todavía en la lógica de la guerra fría.

El ahorcamiento administrativo y financiero era el camino preferido de los más liberales, ya que el atraso de cuotas de los Estados miembros provocaba crisis recurrentes, que ponían en riesgo los proyectos y programas, así como el salario de cientos de funcionarios y funcionarias que vivían en constante estrés por esta amenaza. La última crisis fue causada por el atraso de Brasil y Venezuela entre 2015 – 2017, que contabilizaron varios millones de dólares, y que obligaron a las autoridades administrativas a disponer de los fondos de pensiones para no dejar de pagar la nómina. Fue hasta que Brasil se estabilizó en sus pagos que la crisis fue superada, aunque temo que la Venezuela de Maduro salió de la OEA adeudando esos años, mientras que la Venezuela de Guaidó -que ahora ocupa el asiento de ese país- no cuenta aún con recursos para cubrirla.

Finalmente, la muerte accidental por atropellamiento a la historia y la dignidad de algunos países de la región, particularmente Cuba, sería otra causa de fallecimiento de la OEA, aunque la menos probable por la mala memoria de los países miembros que, salvo México, es el único que aún recuerda la grave decisión de suspender a Cuba de sus derechos en 1962, así como de reiterar ahora la necesidad de terminar con el bloqueo a la isla.

A pesar de todas estas novedosas propuestas, la OEA ha sobrevivido a cada intento, debido a los pactos, intereses y acuerdos no escritos entre EU y cada una de las subregiones o países clave que sostienen la organización aún con alfileres.

Por ejemplo, El Caribe anglófono (14 países) maneja y controla no sólo la secretaría general adjunta, sino todo el tema de desarrollo, incluyendo becas, donde coloca buena parte de sus connacionales, que muy probablemente nunca regresarán a sus países, pues la beca es una especie de escape al futuro. Los países de Sudamérica, que creen que la OEA debiera ser más suya que nadie -pues de alguna manera son los precursores-, se han conformado con dirigirla en más del 90% de esos 73 años, lo que los hace corresponsables de su historia. Centroamérica maneja el tema de seguridad, aunque asesoradas muy de cerca por EU, a través del financiamiento de programas y proyectos.

En el caso de México, se hizo cargo apenas del tema de democracia, gracias a un acuerdo con el último gobierno priista, que colocó a uno de los suyos y, que fiel a su doctrina, se ha prestado no sólo para vulnerar la democracia en algunos países, sino para echar a la borda la credibilidad de la organización en el tema, ganada por años mediante las respetadas Misiones de Observación Electoral (MOE´s).

Canadá, eterno aliado de EU, trata de administrar la transparencia de la OEA y sus programas, aunque queda claro su poco impacto en una organización que vive de un exiguo presupuesto y de los fondos específicos que permite al país que los proporciona el control total de los proyectos.

Y esa es la gran tragedia de la OEA, nunca ha reflejado las verdaderas necesidades de la región, sino los intereses de una potencia que controla tanto la agenda regional, como la mayoría de los proyectos y programas, mediante el financiamiento. La cuota de EU representa hoy poco más del 60% del fondo regular de la organización, lo que refleja fielmente su poder de persuasión. La excepción es sin duda alguna la agenda de derechos humanos, donde las diferentes subregiones y países han hecho suyo el tema, a través de una Corte y una Comisión que atiende de buena forma la problemática de todos los países.

En mi opinión, se trata de una OEA muy dura de matar, donde la única forma viable y pacífica de concluir su historia es la negociada, es decir, por voluntad de sus miembros y en un proceso de transformación controlado ahora por los países latinoamericanos y caribeños. En ese sentido, la gran pregunta sería cómo transformar la OEA en una CELAC, que rescate todo lo bueno de aquélla -que lo hay- y la dote del espíritu de esta última que quiere reescribir una nueva historia de la región, quizá montada en un proceso de integración que cambiaría por completo toda la concepción y narrativa continental.

Politólogo y ex diplomático.

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