En 2024 escribí que Venezuela, luego de las elecciones presidenciales de ese año, se había convertido en un callejón sin salida, en virtud de que ambas fuerzas reclamaban la victoria, donde existían dos salidas: la violencia o el diálogo. En el caso de la violencia, pensaba yo en el enfrentamiento entre venezolanos, donde se impondría seguramente el oficialismo; mientras que, en el caso del diálogo, creía que México podría jugar un papel fundamental. Sin embargo, la llegada de Trump al poder en EU, en enero de 2025, abrió a bombazos -un año más tarde- una tercera opción, que obligó a unos a dialogar y a otros a olvidar el supuesto triunfo electoral. Perdió la democracia y el diálogo y se impuso la fuerza.

A pesar de que el callejón sin salida ha caído, desemboca ahora en un laberinto lleno de nuevas incógnitas, pues no se establece un camino claro para retomar la democracia, al contrario, somete por la fuerza el destino de los venezolanos.

Mi conclusión en ese momento fue que ya nadie dialogaba en el continente y que México había perdido ese papel protagónico desde el final del siglo XX, “primero, a manos de los tecnócratas, quienes creían que mientras los principios de política exterior no produjeran ganancias, no eran necesarios. Luego, los gobiernos del PRIAN trataron de desaparecer dichos principios, por obsoletos”.

Y si bien, los principios de política exterior han sido reivindicados por los gobiernos de la 4T, como corresponde a la historia y tradición de un país forjado al calor de miles de batallas internas y externas, desde su reconocimiento como nación, hasta sus importantes aportaciones al derecho internacional, no han sido renovados o revalorados al nuevo contexto globalizante que caracteriza al siglo XXI, especialmente en la resolución de conflictos, donde México solía ser el mejor en la región.

Y me duele mucho decir esto, pero, en mi opinión, México ha tenido miedo al éxito, a la responsabilidad del liderazgo, a ser una potencia emergente en todos sentidos -hasta en el futbol-, lo que nos ha impedido crecer, desarrollarnos y dar el salto de calidad que necesitamos para ser mejores personas, mejor sociedad y mejor país.

Entonces, lo que pasó en Venezuela debe obligarnos a todos los mexicanos, primero, a la unidad, incluso de aquellos que pedían la intervención erróneamente, y que ahora reculan al ver la atrocidad; segundo, ya tenemos los principios de política exterior, con los que no creo que alguien esté en contra, pero hay que enriquecerlos mediante la reflexión y el análisis; tercero, ejercerlos como una política exterior de Estado, sin distingos, ni excepciones, ni banderas. Unidad, principios y liderazgo internacional son indispensables para dar el salto.

Quizá otro elemento que hace falta en la ecuación es el profesionalismo y experiencia de los especialistas del servicio exterior mexicano (SEM), que ha venido a menos en estos primeros 25 años del nuevo siglo ante los vaivenes de la política interna, que lo han debilitado, disminuido y menospreciado, donde la ausencia de especialistas en temas multilaterales es evidente. Y no sé cómo se va a fortalecer si seguimos enviando al exterior a personajes obscuros y siniestros. Qué culpa tiene el SEM.

Por ello, es fundamental recuperar toda esa experiencia acumulada por decenios y transmitirla a las nuevas generaciones, pues el mundo está dando un giro brutal y nosotros solo estamos mirándolo.

El liderazgo de México debe resurgir en la región y cobrar todas las cuentas pendientes que ha dejado su buena actuación y apoyo a lo largo de décadas pasadas, tanto a países, como a organismos internacionales como la ONU y OEA. Esto es, debemos pasar del liderazgo altruista, ese que no pide nada a cambio, por el liderazgo democrático, que exige mayor democracia y diálogo.

Tomo como ejemplo el principio de No Intervención, que me parece -junto al de la Autodeterminación de los pueblos- el más importante y universal, así como aplicable al caso de Venezuela, al que yo agregaría ahora la palabra Activa, para diferenciarlo del tradicional concepto estático, donde únicamente se trataba de declararlo, enarbolarlo y, si acaso, defenderlo, y no hacer nada más que eso.

Así nos hemos pasado años defendiendo a la Cuba revolucionaria, a la Nicaragua sandinista y a la Venezuela bolivariana, sin hacer el más mínimo esfuerzo para dialogar con sus gobiernos, sus presidentes y ayudarles a salir de la crisis, a coadyuvar en su gobernabilidad, a fortalecer su economía, a crear un mercado regional y otras muchas cosas que pudieron evitar los problemas y las contradicciones históricas en que han caído y que han afectado especialmente a sus poblaciones. La intervención militar en Venezuela se pudo haber evitado si México hubiera ejercido su liderazgo regional y una política exterior Activa a favor de la democracia y el desarrollo económico de sus vecinos latinoamericanos.

Así lo hicimos recientemente -pero mal- en el caso de Bolivia, Perú y Ecuador, donde sí bien aplicamos una política exterior Activa, defendiendo la democracia y transparencia, denunciando un golpe de estado administrativo y brindando asilo a algunos personajes, actuamos más por afinación política y solidaridad personal que por convicción y sin la asesoría y ejecución de los especialistas del SEM. La política exterior no debe ser personal, de partido o de grupo, sino de Estado.

En ese sentido, me parece que la cancillería mexicana adolece hoy de esos especialistas, por muchas razones, por lo que creo necesario dotarla de esa experiencia, mediante la creación de un órgano consultivo donde se analicen, reflexionen y tomen decisiones de Estado.

Recuerdo muchas veces, en la soledad de la representación de México en la OEA en Washington D.C., encomendarme -antes de cualquier negociación- al espíritu del embajador Don Rafael de la Colina, quien sirvió al país por más de 50 años e incluso vivió ahí mismo ante las carencias de su tiempo, por lo que se aparecía por todos lados, pues seguía siendo su casa, para aconsejarme varias cosas: 1) nunca te enojes ni pelees con tus contrapartes; 2) defiende los principios de la política exterior de México por sobre todas las cosas; 3) siempre hay una salida en la negociación, el secreto es encontrarla; 4) cuídate de los gringos, pues no tienen principios; y 5) ni se te ocurra contar los secretos de tu oficina, pues esa fue mi recamara por algunos años.

Si no somos capaces de construir una política exterior de Estado y Activa y renovar nuestros principios, busquemos entonces la manera de resucitar a los muertos, para que nos asesoren.

Mario Alberto Puga

Politólogo y exdiplomático

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