Por una nueva narrativa en seguridad

Mario Alberto Puga

Hace poco AMLO se refirió a que su gobierno y la 4T no serían acreditados por la historia, si no resolvía el problema de la inseguridad en México, cosa en que coincidieron propios y extraños, pues no sólo se trata de una verdad sin reservas, sino de una necesidad apremiante. Y tiene razón, pues uno de los motivos del cambio en 2018 fue precisamente la incapacidad de los gobiernos anteriores para enfrentar la violencia galopante que ha caracterizado al México del siglo XXI y que cualquier gobierno que se jacte de ser diferente y mejor debiera resolver.

Como encargado de los temas de seguridad multidimensional, en la Representación de México en la OEA, durante más de 6 años, entendí que no sólo se trata de cambiar políticas, lineamientos, instituciones, agentes, armas, equipos, procedimientos y protocolos para enfrentar a la violencia, sino de crear también una nueva narrativa, que dé sustento teórico a la nueva estrategia, y que permita, tanto al gobierno, como a los principales actores y aliados, ir en la misma dirección, en el sentido de cumplir con los objetivos y en la necesidad de articularlos a otros ámbitos. Es decir, una nueva narrativa que explique el fenómeno en todas sus dimensiones, a fin de llegar a sus verdaderas causas.

Y eso es lo que creo requiere la nueva estrategia de seguridad del actual gobierno, una vez que ha realizado los cambios estructurales e institucionales: una narrativa clara y transparente, que cuente, por lo menos, con cuatro elementos: un nuevo paradigma de la seguridad, un enfoque multidimensional o multidisciplinario, nuevos aliados y un despliegue de toda la fuerza institucional del estado, a través del monopolio de la fuerza, pero también de los nuevos programas sociales. Y es que, en el fondo, la violencia en México tiene mucho más que ver con problemas estructurales que con un enfrentamiento abierto entre mexicanos -excepción hecha de los grupos del narcotráfico-. Vayamos por partes.

El nuevo paradigma de la seguridad no puede reducirse más a una lucha entre buenos y malos o a un tema estrictamente policiaco, tampoco al lema “abrazos no balazos”, pues corre el riesgo de ser interpretado de muchas maneras, generalmente erróneas, como es el caso. En su lugar, se debe transitar a una visión integral, donde se aborden y analicen las causas que llevaron a unos y otros a estar en diferentes lados de la ley, lo que permitirá ir al centro de la problemática y, así, obtener también resultados distintos.

En principio, nadie quiere ser delincuente; todos, de alguna manera, aspiramos a triunfar en la vida por el camino correcto. Sin embargo, serán las circunstancias, el medio que nos rodea, la falta de oportunidades o de un proyecto de vida, los que al final decidirán qué camino tomar. El nuevo paradigma permitirá abordar dichos factores, sin limitarse al delito mismo, ni al transgresor, sino a las causas.

Sobre el nuevo enfoque, habrá que echarle un vistazo al concepto de seguridad multidimensional -en mi opinión, adelantado a su época- adoptado por la OEA desde hace algunos años, que si bien, pareciera haber quedado plasmado únicamente en la “Declaración sobre Seguridad en las Américas” de 2003, emitida en México, en realidad creó un nuevo enfoque de la seguridad hemisférica, al ampliar la definición tradicional de defensa de los Estados a partir de la incorporación de nuevas amenazas, preocupaciones y desafíos, que incluyen temas económicos, sociales, de salud, narcotráfico, terrorismo y hasta ambientales. Es decir, un enfoque multidisciplinario.

En su momento, una de las críticas a este nuevo concepto fue el riesgo de securitizar la agenda social, cuyos temas serían también considerados como amenazas, lo que sin duda asustó a los gobiernos, por lo que pocos hicieron siquiera el intento por crear estrategias multidimensionales. De igual manera, se creyó que, al adelgazar la línea entre defensa y seguridad, se correría el riesgo de que las fuerzas armadas irrumpieran en el ámbito de la seguridad pública, tarea tradicionalmente destinada a las policías.

Luego que la realidad ha probado que el enfoque policiaco no ha sido suficiente, que los temas sociales y ambientales sí pueden convertirse en amenazas para la seguridad de los estados y que las policías son incapaces de enfrentar por si solas la inseguridad, es necesario considerar el cambio de estrategia, aun con los riesgos que ello pudiera originar.

En cuanto a los nuevos aliados, es claro que este gobierno optó no sólo por incluir a las fuerzas armadas y la marina como tales -en una especie de transición-, sino que creó una nueva fuerza específica -la guardia nacional-, que sustituyó de facto a una policía federal, que probó una y otra vez no sólo su ineficacia, sino las corruptelas, intereses y vicios de origen, ajenos a su tarea de proteger a la ciudadanía. ¿Quién ahora se atrevería a defender a esa policía? Creo que ni sus creadores. Lo que está pendiente por definir es si esa guardia nacional será suficiente para suplir de manera definitiva a un cuerpo policiaco. La realidad hasta ahora diría que sí, pues no se han escuchado voces que reclamen el regreso de esa policía o, por lo menos, que la extrañen.

Finalmente, la nueva estrategia debe desplegar toda la fuerza institucional del estado, tanto en el uso de la fuerza, como la bondad de los programas sociales, a fin de neutralizar la violencia en todas sus formas, así como atacar las causas fundamentales que la provocan, en una acción integral y articuladora entre todas sus dimensiones y entre todos sus componentes que, necesariamente, llevará a un nuevo resultado.

Aquí recuerdo aquella historia verídica que contó un alto militar en comisión diplomática, donde recurrentemente las autoridades civiles y policiacas recurrían a él, en calidad de comandante de la plaza militar en cuestión, con objeto de acompañar a los agentes de seguridad, ya que no contaban ni con las armas, vehículos o metodología para cumplir con una denuncia ciudadana, ya fuera narcotráfico, secuestro, robo o persecución -por cualquier otro delito-, debido a su incapacidad, no sólo de recursos y equipo, sino de protocolos de actuación en casos que rebasaban sus capacidades. De facto, las fuerzas armadas y la marina han apoyado invariablemente las tareas de seguridad pública, por lo que no las desconocen, además de que se han abierto al contacto e intercambio con otros ejércitos y otras policías desde hace algunos años a fin de acumular experiencias.

Si vemos los cambios realizados hasta ahora por el gobierno de AMLO, yo diría que se está logrando superar el viejo paradigma de la seguridad, de buenos y malos, por otro que busca atacar las causas de la violencia; se ha creado un nuevo enfoque multidisciplinario de la seguridad, que ha incluido otros temas y otros ámbitos a fin de articular una estrategia integral; se han incorporado nuevos aliados, así como constituido una nueva fuerza, a través de la guardia nacional, para encabezar esta nueva estrategia; finalmente, se han instituido una docena de programas sociales, destinados no sólo para apoyar a los más necesitados, sino para prevenir que miles de jóvenes caigan en las garras de la delincuencia y criminalidad, al otorgarles, por lo menos, una opción de vida. Únicamente hay que darle tiempo.

Si bien, estos primeros 3 años de gobierno de AMLO han sido de cambio y renovación en el tema de seguridad, los siguientes 3 deben ser de resultados. Si se ha podido parar la curva de la violencia -que en muchos casos es lo más difícil-, entonces es posible revertir los altos índices de criminalidad, mediante esta novedosa estrategia y su nueva narrativa, que creo, alguien se trajo de la OEA.

 

Politólogo y exdiplomático.

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