Decía un gran poeta y ensayista nicaragüense, Pablo Antonio Cuadra, que “el camino a la democracia es una crisis permanente”, plena de gritos por todas partes, pero que lo importante era que esos gritos se escucharan fuerte y trastocaran la conciencia de la sociedad.

El primer grito de la democracia mexicana que escuché fue a los 8 años; era un grito colectivo de rebeldía estudiantil, silenciado luego por luces, balas y ruidos de helicópteros, que pronto se convirtieron en dolor y muerte. También esos gritos se entremezclaban con verdaderos ladridos del gobierno priista en 1968, defendiendo su democracia autoritaria contra las voces del cambio que presagiaban el inicio del fin de ese sistema, a pesar de los intentos por institucionalizar el descontento, a través de la reforma política de 1977, cuyo mayor mérito fue abrir un poco ese todavía sistema autoritario.

En 1985, la naturaleza gritó desesperada con toda su furia acumulada, provocando una vez más dolor y muerte, pero también la movilización de cientos de miles de personas -damnificadas y no damnificadas-, dando paso así al mayor auge del movimiento urbano popular, nuevo actor democrático, cuyo logro fue sacudirse el miedo colectivo a la autoridad y la toma de calles -especialmente en la ciudad de México-, como nuevo escenario y forma de lucha ante un gobierno priista rebasado por los hechos y ausente de su población. También la sociedad civil organizada empezó a surgir y gritar como otra garante de la democracia.

En 1988 el grito de fraude irrumpió por todo el país, manchando para siempre la democracia mexicana, decidida a no abrirse más, ni mucho menos a perder o entregar el poder, aún a costa del repudio popular y el descredito internacional, al reprobar escandalosamente en materia democrática. Igualmente, en ese año la oposición cardenista gritó fuerte su triunfo robado en esa simbólica marcha y mitin en el zócalo de la ciudad de México, cuando el pueblo pidió -y luego exigió- al candidato opositor entrar y tomar el palacio nacional en respuesta al fraude. La indecisión o prudencia -nunca supe si negociación- permitieron que el régimen se mantuviera dos sexenios más, caracterizados por una descomposición generalizada en todos los ámbitos e inaugurando al asesinato, como una forma nueva de elegir a un candidato priista, lo que abrió la puertas y ventanas a la violencia política primero, y a la violencia social después, que -a la postre- llevarían al país irremediablemente a su primera y necesaria alternancia política al iniciar el nuevo milenio, con un grito estruendoso de basta. En el campo chiapaneco también se escuchó el grito indígena en 1993, saliendo de los rostros ocultos de los zapatistas, que no tenían nada que perder al confrontar al gobierno usurpador, sin más armas que sus ideas, siempre míticas acerca de la vida, la injusticia y los desposeídos.

Como premio de consolación – y luego de perder la presidencia de la República por segunda ocasión (1994)-, el mismo candidato opositor se conformó después (1997) con el gobierno de la ciudad de México, que igual desató gritos de esperanza, pues por primera vez en la historia la izquierda mexicana gobernaría el centro neurálgico del país, el cual consolidó su papel de vanguardia de la nación. A partir de entonces la izquierda ha mantenido ese bastión democrático, como prueba de su poder político y social en todos los estratos de la ciudad.

La llegada del PAN al poder en el año 2000 supuso el mayor grito por la democracia en México, luego de más de 70 años de dominación priista, pero pronto se diluyó al confirmar que el depositario de ese gran paso por la democracia -prototipo clásico del mexicano dicharachero, popular, de bigote, sombrero y botas- no solo estaba pasado de moda, sino que era insuficiente para enfrentar los retos históricos de un país como México, mucho menos, los retos de una transición democrática. El arribo de otro personaje del PAN a la presidencia de la República, en 2006, confirmó todas las sospechas: el PAN era tan viejo como el PRI, incluso con las mismas mañas -pero más refinadas, dirían los puritanos-. Tampoco entendió las prioridades de una sociedad sedienta de cambios radicales, ni de su papel reformador que le tocaba asumir en ese momento, cuando el país se encontraba atrapado en una transición democrática, que no acababa de completarse, mucho menos teniendo como marco una guerra absurda contra el narcotráfico que el mismo gobierno había declarado.

La decepción y frustración generalizada por los gobiernos panistas, así como por la falta de madurez de una izquierda mexicana dividida en sus entrañas, permitieron que un priismo presuntamente renovado, por lo menos en apariencia, irrumpiera nuevamente en el escenario político en 2012, solo para confirmar -una vez más- que el PRI ya había hecho todo el bien y -pronto- todo el mal del que era posible. La arrogancia, indiferencia, frivolidad e indolencia de un presidente ausente de los grandes temas del país dieron pie a que cada priista entendiera la renovación como una nueva oportunidad para saquear el país, sin siquiera sonrojarse ni mostrar vergüenza. Mientras tanto, la democracia no solamente gritaba de rabia e impotencia, si no que esta vez también lloraba por el retroceso tan grande ocurrido en ese sexenio, donde la corrupción, violencia y desigualdad se incrementaron exponencialmente. Las consecuencias de ese periodo apenas las estamos viendo ahora.

Cansada de tantas trampas y obstáculos, la propia sociedad mexicana -que parece haber madurado más que nadie en todos esos años-, gritó una vez más y empujó para que por fin la democracia lograra -de manera pacífica y convincente- su ansiada transición en 2018, con el apoyo de por lo menos 30 millones de votantes -y otros tantos de simpatizantes, si consideramos los índices de aceptación del actual gobierno-, lo que deja en buenas manos el destino democrático del país. Y decimos que logró su transición no solo porque la democracia quedó en manos de la mayoría del pueblo, sino porque la ha empoderado y comprometido como su mayor garante. Además -creo yo- el movimiento de MORENA dejó atrás un sistema de partidos obsoleto que, a pesar de su resistencia, está obligado a reinventarse si quiere seguir compitiendo. Finalmente, una transición democrática plantea, en principio, un cambio de régimen y un nuevo andamiaje jurídico, como creo lo está haciendo este gobierno, aunque creo también que el camino es aún muy largo.

A dos años de distancia de ese suceso -la transición democrática- otros gritos se han vuelto a escuchar, esta vez llamando al odio, la división y la venganza; gritos de grupos extremos en ambos lados de la democracia que en nada abonan a su desarrollo y consolidación. Esperemos que estos gritos no lleguen a la conciencia de la sociedad, a fin de no frenar este proceso, como algunos quieren.

Siguiendo la lógica de Pablo Antonio Cuadra: si el camino a la democracia fue una crisis permanente, entonces en una democracia plena todas las voces tendrán que oírse. Ese es el reto del México democrático en los próximos años: transformar esos gritos -justificados o no- en voces incluyentes.


Mario Alberto Puga
Politólogo y exdiplomático.

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