Lecciones globales de una pandemia atípica

Mario Alberto Puga

Más vale una cubetada de agua a tiempo,
que miles de litros tarde para apagar un incendio.

Si algo ha dejado claro esta crisis de la pandemia del nuevo coronavirus SAR COV 2, que originó el Covid-19 -y que ya cumplió un año-, ha sido que el mundo no está preparado para lidiar con los nuevos desafíos globales, los cuales pueden -como ya lo han hecho-, afectar y vulnerar sociedades y economías, así como poner en riesgo la viabilidad de algunos gobiernos. Esta primera llamada de atención nos debe obligar a todos a actuar de otra manera, de lo contrario, cada nuevo reto global nos tomará por sorpresa una y otra vez.

La primera lección es que los países más afectados no han sido ni los más ricos, ni los más pobres -pues afortunadamente la pandemia no tiene ideología-, sino los más abiertos e interconectados al mundo, especialmente por aire y tierra, si nos atenemos al número de casos registrados acumulados. Es decir, la nueva pandemia -primera del siglo XXI- ha confirmado también su globalidad en términos de alcance y daños a la salud, pero también en detrimento de la economía y del equilibrio social.

De acuerdo con datos de la Organización Mundial de la Salud (OMS), al 23 de marzo pasado, existía un acumulado de 123,419,065 casos confirmados de Covid-19 y 2,719,163 de fallecimientos en el mundo, donde el 70% de ambos indicadores correspondían a los 13 primeros países de la lista oficial de casos de la organización: EU, Brasil, India, Rusia, Reino Unido, Francia, Italia, España, Turquía, Alemania, Colombia, Argentina y México. Lo anterior nos lleva también a otra conclusión lógica: se trata de las regiones más afectadas por la pandemia en el mundo -América y Europa-, de las 6 en que la OMS tiene dividido el planeta, con cerca del 44% y 35% de casos registrados, respectivamente, esto es, casi el 80% del total de casos.

La segunda lección es que si bien el virus se originó en China -donde fue contenido en la población de Wuhan en base a estrictas medidas de salubridad y confinamiento-, éste ya había viajado por avión a Europa -especialmente a Reino Unido, luego a Francia, España, Italia y Alemania-, donde se propagó rápidamente en toda la parte oeste y algunos países del este, como es el caso de Rusia (aunque en forma de clousters) y Turquía, así como en el sudeste asiático, en la India (también en forma de clousters).

De ahí, el virus se trasladó a América -también por avión-, donde se concentró en los países más abiertos e interconectados al mundo, así como en los más poblados del continente: Estados Unidos, Brasil y México.
Para ponerlo en términos más claros: el virus y su cadena de contagio viajó en avión a las ciudades más interconectadas de Europa y América, como lo eran Londres y New York en 2019 - 2020 y, de ahí, al resto de los países en cada región. En ese sentido, la acción tomada por los gobiernos para cerrar fronteras aéreas y terrestres fue tardía, sobre todo en América, lo que permitió que el virus se instalara y expandiera por sus territorios hasta convertirse en cadenas de contagio comunitarias -como refiere la OMS-.  

La tercera lección tiene que ver con el nivel de prioridad y estrategias seguidas por los gobiernos que jugaron un papel fundamental, ya sea para bien o para mal, luego de que el virus comenzó a hacer estragos en la población. Mientras que en Europa las medidas sanitarias, el confinamiento y el cierre de las economías fueron obligatorias y se empezaron a dar a principios del 2020, en América se hicieron efectivas -y no obligatorias- dos o tres meses después, primero, por el desfase natural de la pandemia, segundo, por la falta de certeza sobre la efectividad de las medidas tomadas en Europa. Ese tiempo jugaría en contra en países como EU, Brasil y México, pues el virus tuvo más tiempo para entrar y expandirse por sus amplios territorios. 

De esta manera, América -jalada por estos tres países- mostró una falta de homogeneidad, tanto en el nivel de prioridad con que debió tomarse la pandemia -caso de EU y Brasil-, como en la efectividad de sus estrategias -caso de México-, que hoy, a un año de distancia, parecen insuficientes si nos enfocamos en los resultados. Por su parte, Europa tuvo una reacción más homogénea y efectiva, especialmente en las medidas de salubridad y confinamiento obligatorias, que pararon o disminuyeron la famosa curva y que han evitado la saturación de sus sistemas de salud a nivel nacional, incluso ante la segunda y tercera ola de contagios.

La cuarta lección es que, independientemente de la calidad y capacidad de los sistemas de salud -que sin duda han influido en la lucha contra la pandemia-, su importancia y eficacia ha estado supeditada de las decisiones y estrategias de los gobiernos, que hicieron que en Europa tuvieran un mejor desempeño, si consideramos que sólo dos países -Reino Unido y recientemente Italia- han superado los cien mil fallecimientos, por lo que sus sistemas de salud nacionales nunca se vieron rebasados por la emergencia.
No es el caso de América, donde la calidad y capacidad de los sistemas de salud no fueron suficientes para enfrentar una emergencia de por sí peligrosa y agravada por la tardía reacción de los gobiernos, por un lado, y la ineficacia de sus estrategias por el otro lado. Aun así, los sistemas de salud han dado muestra de su compromiso y profesionalismo en el cuidado de los pacientes que han sobrevivido a la enfermedad, sin importar las decisiones de sus autoridades.    

A un año de distancia de la pandemia del covid-19 se pueden establecer como máximas de una emergencia global como esta, primero, el cierre inmediato de fronteras, ya sean aéreas, terrestres y marítimas; segundo, otorgar una alta prioridad y dejar que los especialistas hagan su trabajo, esto es, no politizar el tema; tercero, se vale rectificar, sobre todo tratándose de un nuevo desafío global, donde se desconocen sus comportamientos; cuarto, hacer obligatorias las estrategias, medidas y acciones implementadas por los gobiernos; quinto, fortalecer la calidad y capacidad de los sistemas de salud -incluso reconvertirlos durante la emergencia-, a fin de garantizar la atención de todos los enfermos; última, contar con un programa de ayudas económicas extraordinarias suficientes, tanto para personas, como para empresas, que puedan soportar los momentos más álgidos de una crisis como éstas.

El ejemplo de Australia es más que ilustrativo: país de más de 25 millones de habitantes que, además de seguir al pie de la letra éstas y otras máximas particulares -como su condición de gran isla, la unidad de sus habitantes, la confianza en sus instituciones de salud, policía y ejército, la coordinación de todos los estados, el respeto a las costumbres de su población indígena, donde no hubo un solo fallecimiento, y una sociedad disciplinada-, aplicó el principio de muchos años de experiencia en la lucha contra los incendios forestales de más vale “una cubetada de agua a tiempo que miles de litros tarde para apagar un incendio”. Es decir, no sólo se trata de prevenir, sino de actuar a tiempo cuando la emergencia estalla y es prioritario controlarla de inmediato, antes que se extienda.

Esa es la lección más grande no sólo de esta pandemia, sino de cualquier emergencia, especialmente en tiempos globales, que implica también la coordinación inmediata con otros países a fin de dar una respuesta global.

Hasta ahora, Australia acumula sólo 29,206 casos registrados de contagio y únicamente 909 fallecimientos, además de que actualmente atiende a 43 personas hospitalizadas. Incluso, Australia mantiene el cierre de su frontera a 40, 000 australianos, a quienes la pandemia tomó en el exterior, ante el riesgo de que su entrada provoque nuevos contagios, para lo cual el Estado les proporciona alguna clase de ayuda económica.  

En conclusión, podemos afirmar que, si bien ningún país ha estado exento de la pandemia, los daños han sido directamente proporcionales con el grado de conectividad en el mundo e inversamente proporcionales con el nivel de prioridad otorgado, la efectividad de las estrategias y acciones de los gobiernos, así como a la calidad y capacidad de sus sistemas de salud, pero también de la responsabilidad individual y colectiva de sus sociedades, donde las más homogéneas y disciplinadas están saliendo más rápido de la crisis, ahora apoyadas por un buen número de vacunas.

Mario Alberto Puga
Politólogo y ex diplomático

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