Las cien vidas de Pavo

Mario Alberto Puga

Pablo Antonio era un muchacho de 24 años de edad al que no tuve el gusto de conocer, pero que recordaré por siempre, como todos los vecinos de Burgos, Morelos, que asistieron este sábado a una caminata en su honor, luego de su lamentable fallecimiento el pasado 4 de julio a manos de unos desalmados asesinos que con un arma de fuego intentaron asaltarle en un estacionamiento de una tienda de conveniencia OXXO, apenas a las 8 de la noche.

Aunque Pablo, el pavo, -como cariñosamente le decían su familia y amigos- fue declarado muerto horas después en un hospital cercano, su corazón seguirá latiendo en otro cuerpo, junto a más de100 de sus órganos donados por decisión de sus generosos padres que, aún con el dolor en el rostro, decidieron que Pablo seguirá viviendo por siempre.

A través de sus ojos, otros verán la luz de la vida; a través de sus huesos otras piernas recorrerán los caminos que él hubiera deseado; a través de sus tejidos, otros podrán vivir la vida que pavo hubiera querido; tomar la mano de la novia que él hubiera escogido; abrazar a los hijos que pavo hubiera tenido; y volar por los cielos que él adoraba, al casi completar su carrera de piloto aviador. Así se refirió su padre, en un emotivo mensaje al depositar una ofrenda en su honor.

Al conocer y hablar con los padres de Pablo, sentí una enorme simpatía por la familia y por pavo en particular, pues seguramente esa fortaleza la heredo él, así como la transparencia y seguridad con su padre habló sobre las razones que los llevaron a donar sus órganos. Incluso, me sorprendió un poco que se refiriera en buenos términos, todo el tiempo, sobre el apoyo total y decidido que recibió por arte de las autoridades municipales y estatales de Morelos, así como de las instituciones de salud para el caso de la donación de órganos. No cabe duda que cuando se actúa bien, la gente buena y noble siempre agradece, aún en los peores momentos.

No obstante, el tema aquí sigue siendo la seguridad o, mejor dicho, la inseguridad con que nos movemos ya en muchos lugares de la república, donde nadie se escapa de la violencia, de los asaltos, de los secuestros y, en el peor de los casos, de los asesinatos, como una prueba más de la degradación de nuestra sociedad, cada vez más asediada, limitada y amenazada por este trágico mal.

En verdad, ¿no hay manera de parar la violencia?, de prevenir el crimen o detener, juzgar y encarcelar a los culpables. Me niego a decir que no, pues sería una forma de rendirse por anticipado.

Yo creo que aún podemos hacer algo. Hablo en plural porque siento que no sólo es responsabilidad de la autoridad, sino también de la actitud de la sociedad que, de manera responsable, debe colaborar y coadyuvar con la autoridad para cuidar sus espacios, su colonia, hasta llegar al núcleo más pequeño que es su casa o departamento. Todos tenemos que hacernos responsables de nuestra comunidad, sin arriesgarnos más allá de lo necesario, sin jugar al héroe, pero realizando grandes hazañas sociales, no para nosotros, sino para nuestros hijos y nietos.

Por ejemplo, la entrada al fraccionamiento en que vivía pavo se ha llenado de comercios ambulantes que no sólo estorban el paso, sino que aglomeran más personas y autos que, sin cuidado alguno dejan a los lados de la calle, que llaman al desorden vial. Incluso, vendedores ambulantes se colocan sobre el puente que desemboca en el mencionado fraccionamiento, que hacen que los automovilistas se paren irresponsablemente sobre él, provocando peso muerto sobre la estructura que algún día va a colapsar para mala fortuna de los que por ahí pasen. Y no, no estoy en contra del comercio ambulante, pues sé que es una necesidad social de países como el nuestro, únicamente del desorden, basura, ruido y atracción de toda clase de personas, entre ellas, maleantes, siempre dispuestos a cobrar el piso, asaltar a personas o desvalijar autos.

Será mucho pedir que la autoridad les busque un espacio adecuado para que desarrollen su actividad sin afectar el equilibrio del lugar.

Pero aún hay más. Pavo fue herido en el estacionamiento de un OXXO, ya a bordo de su vehículo, donde debiera haber un mínimo de responsabilidad de dicha empresa para garantizar la seguridad de sus clientes, ya sea con vigilancia propia o el auxilio de la autoridad local que, por lo menos, podría disuadir a delincuentes y maleantes. Sin embargo, dicha empresa ni se inmutó por el hecho, seguramente porque es el pan de cada día.

Y no quiero generalizar, pero en la CDMX me consta que dichos comercios son un foco rojo en la mayoría de las zonas donde se ubican, ya que alteran la tranquilidad de los vecinos, ya sea por el irracional horario de 24 horas, que atrae a los trasnochadores, especialmente los fines de semana, con sus borracheras, pleitos y pláticas; por el ruido de autos y camiones de proveedores que llegan a todas horas del día y la noche; la basura que generan y -a veces- manejan al aire libre; y particularmente, por atraer también a malhechores como los que ultimaron a pavo, probablemente atraídos por el auto o algún bien visto en él, estando tan cerca de un fraccionamiento de clase media alta, donde pensarán que uno carga joyas y dinero a manos llenas.

¿Es que es tan difícil para la autoridad pensar en esa lógica?, sobre todo sabiendo que no es la primera vez que sucede una tragedia como esa en el lugar, donde también ha habido robos de personas, autos y bienes en el mismo estacionamiento. ¿Es que deberás la delincuencia y el crimen son más inteligentes que los demás? No lo creo.

Me reconforta que los vecinos del lugar hayan reaccionado, no únicamente al acompañar a la familia de pavo en esta muestra de solidaridad y simpatía, sino hayan tomado acciones, la primera, no volver a comprar o detenerse en ese comercio hasta que se tomen las medidas del caso, tampoco alentar el comercio informal de la zona, así como revisar los esquemas de seguridad del fraccionamiento, lo cuáles necesariamente deben reforzarse, no importa si son populares o no para algunos.

Pablo quizá no estará aquí para vernos, pero sus ojos nos observarán desde alguna cara distinta cuando estén cerca del sol de Morelos y reconozcan -si es que eso es posible- su casa, su familia, a sus hermanos menores que -sin miedo alguno- habrán salido nuevamente a la calle y frecuentado los lugares que a su hermano mayor le gustaban. Incluso, algún día se toparán con ellos y se mirarán emocionados para sacar una sonrisa en otra boca lejana, cuya persona no sabrá nunca por qué lo hizo.

Entonces, el cerebro aún brillante de Pablo ordenará a todos los demás órganos donados por él, se muevan, brinquen y bailen al ritmo que más disfrutaba para celebrar las 100 vidas de pavo, salvadas por su generosidad, mientras sus padres orgullosos por la decisión, sentirán el alma de su hijo vibrar en cada cuerpo en movimiento.

Mario Alberto Puga
Politólogo y exdiplomático.

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