Absortos como están los estadounidenses ante los brutales cambios internos y externos que ha traído consigo el regreso al poder del presidente Trump, entre ellos, un presente caótico y un futuro incierto, no se han dado cuenta de que el país enfrenta una segunda guerra civil, esta vez sin enfrentamientos bélicos, ni grandes y memorables batallas militares y sin nombres de generales famosos al frente. Aunque igual, está en disputa el destino de la nación y de una sociedad dividida -quien lo diría-, ahora entre radicales de izquierda y extremistas de derecha, según la visión distorsionada del mandatario.

Si bien, la actuación del entonces presidente Abraham Lincon (republicano) en la guerra de secesión (1861-1865) fue fundamental para unificar a una nación en ciernes, bajo nuevos valores y principios, comenzando por abolición de la esclavitud, ahora es el propio presidente Trump el que ha provocado una nueva lucha ideológica y racial en contra de las minorías de color, latina y hasta asiática, en defensa del estatus quo, dominado desde entonces por una supremacía blanca. Paradójicamente, los mismos republicanos que terminaron con la esclavitud en aquella ocasión, hoy quieren imponer a un tirano como rey.

Al contrario de toda conflagración bélica, esta segunda guerra civil se está dando en tribunales, mediante cientos de demandas civiles en contra de acciones del gobierno; en el congreso, entre republicanos secesionistas y demócratas unionistas; en instituciones federales, donde se defienden los puestos de trabajo y la dignidad; en las universidades, en defensa de su presupuesto y autonomía; y en las calles, mediante marchas y protestas pacíficas de una sociedad civil, más civil que nunca. Incluso, esta guerra tiene un componente externo o internacional, donde el presidente Trump pretende reestablecer viejos principios intervencionistas y colonialistas para apoderarse de países, territorios y recursos naturales.

Se podría decir que esta segunda guerra civil estadounidense es también global, tanto en el sentido general del término, como un proceso que involucra al mundo entero, como en su aspecto ideológico y político, al querer someter el irreversible proceso de globalización a los intereses del tirano Trump.

Pero vayamos por partes:

Primero, las causas de esta inusual segunda guerra civil, que a mi entender tienen que ver con la llegada al poder en 2008 del primer presidente de color, en la figura de Barak Obama, que no sólo representó el triunfo de esa comunidad -liberada de la esclavitud por Lincon en 1863-, sino el empoderamiento político durante esos 8 años de gobierno.

Segundo, las contradicciones. Ese hecho también significó una amenaza al statu quo, no sólo en el ámbito político, sino en el social y económico. A partir de ahí se prendieron los focos rojos del establishment americano, donde en lugar de dar paso a un nuevo pacto social, ahora con las minorías raciales incluidas, se optó por excluirlas e, incluso, revertir todos los logros realizados en el periodo del presidente Obama. Para ello, los republicanos encontraron en la figura de Trump al personaje ideal para defender y aún incrementar al máximo la supremacía blanca, al igual que las contradicciones sociales.

Tercero, el clímax de esta inicial embestida fue la toma del congreso por parte de una turba republicana, el 6 de enero del 2021, al perder las elecciones presidenciales ante los demócratas, donde murieron algunos ciudadanos estadounidenses a manos de seguidores de Trump, quien los incitó a la violencia y a la insurrección y quien, finalmente, vería truncada su permanencia en el poder, aunque no de la mente de sus seguidores que siguieron cultivando las más viejas pasiones a la espera de que su líder regresara para fraguar su venganza.

Cuarto, la torpeza y tardanza de los demócratas en elegir a una candidata a la presidencia en 2024 jugó a favor del regreso de Trump a la Casa Blanca para terminar su nefasta obra, la cual está sepultando valores y principios plasmados en la constitución, así como del derecho internacional al violar todas las reglas, protocolos y leyes del tradicional multilateralismo, a través del uso de la fuerza, aranceles, chantajes y hasta propuestas indecorosas, tales como la compra del territorio de Groenlandia.

Quinto, todo ello ha desatado una segunda guerra civil en ese país y en el mundo entero, donde los estadounidenses buenos parecen haber despertado, a través de todo un movimiento social, encabezado por miles de organizaciones y redes sociales que, sin más armas que su conciencia, están enfrentando las batallas diarias, especialmente en los estados azules -demócratas- y, particularmente, en la ciudad de Minneapolis, Minnesota. Ahí, la milicia de ICE ha asesinado sin misericordia alguna a los primeros ciudadanos -Good y Pretti- a quienes revictimizó como radicales de izquierda.

Ante las evidencias, Trump ha tenido que recular, replegando al ICE y enviando al llamado Zar de la frontera a arreglar el tiradero que dejó el jefe de la policía fronteriza, por el uso descontrolado de la fuerza. Es, sin duda alguna, el primer triunfo de la organización social que, seguramente, se repetirá en todo el país. Igualmente, alrededor del mundo, donde también parecen haber despertado, tanto Canadá como la Unión Europa; la primera, cortando de tajo todo el bullying histórico que Estados Unidos ha practicado sobre Canadá y que ahora Trump lo ha hecho explicito y vulgar. La segunda, al entender por fin su papel de potencia buena.

En esta segunda guerra civil estadounidense se vislumbran dos grandes batallas: las elecciones de medio término en el congreso al final de este año, donde Trump pudiera perder la escueta mayoría en el congreso e incluso el apoyo de algunos republicanos arrepentidos, que darían pie a un juicio político (impeachment). La otra, al igual que la histórica Batalla de Gettysburg, que dio el triunfo a los unionistas, se efectuará en noviembre de 2028, cuando se elija un nuevo presidente y se deposite en el bote de la basura al tirano Trump.

La última palabra la tendrán las miles de organizaciones civiles que están luchando hoy en todo el país, a fin de rescatar los principios y valores de la gran nación. En igual sentido, en el ámbito internacional, las potencias medias, como Canada y toda la UE, deberán enfrentar a Trump y enarbolar el derecho internacional como única arma, pues en mi opinión, el único que ha roto y violado el multilateralismo y el derecho internacional es Trump. Entonces, el problema es Trump.

Politólogo y exdiplomático

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