El pasado domingo 22 de febrero quedará grabado en la historia reciente de México, no sólo por la detención y abatimiento del narcotraficante apodado “el mencho”, máximo líder de la organización criminal “Cartel Jalisco Nueva Generación” (CJNG), sino por el golpe de autoridad asestado por el Estado mexicano, así como por la lección de soberanía para todos aquellos que apoyan erróneamente una intervención de Estados Unidos en nuestro país, comenzando por el nefasto presidente Trump.

No abundaré más sobre la peligrosidad y amenaza que representa -aun sin su cabeza- el CJNG para la seguridad nacional y la tranquilidad de los mexicanos, asumiendo que sus redes criminales están presentes en una veintena de estados, como lo demostró la reacción de esa organización a la muerte de su líder. Solo diré que este hecho puede considerarse como un punto de inflexión en la estrategia de seguridad del Estado mexicano, que podría poner fin a los grandes grupos de la delincuencia organizada trasnacional (DOT) en nuestro país.

Me interesa más destacar tres cosas.

Primera, el regreso del Estado mexicano como garante de la seguridad y del uso de la fuerza institucional para enfrentar la violencia, después de mucho tiempo de no ejercer ese poder y que dio pie a que las organizaciones criminales se consolidaran.

Y no, no me refiero al periodo inmediato anterior, es decir, al de AMLO, como la oposición y algunos medios han destacado tendenciosamente, en su enfermiza obsesión por dañar su imagen, sin ponderar que al expresidente le correspondió romper la curva de la criminalidad -esa que ellos dejaron-, aunque las cifras hayan sido las más altas del periodo. Como he dicho antes, la debilidad de la estrategia de seguridad de AMLO se centró más en la hipótesis de que los criminales podrían cambiar por las buenas, que en sus resultados. Hecho que hoy sabemos no es cierto.

Más bien, me refiero a los tiempos priistas y panistas, en que las organizaciones criminales nacieron, crecieron, consolidaron y convirtieron en verdadera DOT, sin que el Estado actuara en consecuencia, ya fuera por incapacidad, contubernio, corrupción o, por considerar que el Estado -en tiempos neoliberales-, debía dejar todo en manos del mercado. Gran error que estamos pagando todos.

Es a partir de 2018 en que el Estado mexicano recupera su papel estratégico en una sociedad como la mexicana, necesario no sólo para enfrentar los retos de la seguridad, sino del desarrollo mismo del país ante el fracaso del proyecto neoliberal, comenzando con la política social que ha permitido salir de la pobreza a millones de personas. Y eso hay que celebrarlo todos.

Segunda, si bien la decisión de Claudia y la actuación de las fuerzas armadas de México parecieran romper con la estrategia de AMLO, lo cierto es que se trata de un contundente golpe de autoridad que, al tiempo que corrige -precisamente- esa debilidad en la forma de enfrentar al crimen organizado, manda un mensaje claro de que no habrá espacio para la omisión, la negociación o la colaboración con los criminales. Quien así lo haga, deberá ser señalado y castigado.

Tercera, se aprovechó la oportunidad y el momento para dar una lección de soberanía a la retórica intervencionista del tirano Trump, quien quedó sin argumentos ante los hechos, donde el reconocimiento fue todo para el gobierno de México, a pesar de su intentona fallida de colgarse la medalla en pleno Informe del Estado de la Unión.

Claudia dejó claro que no tiene miedo a enfrentar a los criminales, y que el respeto a la soberanía nacional e integridad territorial están por encima de todo, incluso del uso de la fuerza institucional, donde se privilegió más la captura y abatimiento de “el mencho”, que la reacción violenta de los criminales, que se centró, especialmente, en daños materiales. Por tanto, se trató de un acto de soberanía que refrenda el poder del Estado y su regreso como ente más adelantado de la sociedad para enfrentar los retos y desafíos del México de hoy.

Desde luego, hay que dar todo el crédito operativo del evento al ejército mexicano y la guardia nacional, así como el reconocimiento al valor y compromiso de los 29 agentes caídos en combate, cuya memoria debe ser honrada por todos los mexicanos. El gesto de sensibilidad del General Secretario Trevilla no deja lugar a dudas del dolor provocado por la pérdida de sus hombres.

Cabe señalar que en este golpe de autoridad del Estado mexicano no hay vuelta atrás, en el sentido de que se debe destruir al enemigo hasta la raíz. Es decir, no basta con cortar la cabeza -en términos totalmente figurativos-, sino destruir el cuerpo completo que aún se mueve -igualmente figurativo-, al tiempo de ofrecer alternativas de desarrollo a las comunidades afectadas.

Estoy seguro de que esta acción contra el criminal más buscado en México y en Estados Unidos cuenta con el apoyo de todos los sectores políticos, económicos y sociales del país, debido a una sola razón: la sociedad mexicana está harta no sólo de la violencia, sino de no vivir en paz, en armonía y equilibrio social.

Por ello, el regreso del Estado mexicano y los golpes de autoridad deben considerarse también como parte fundamental de esa renovada estrategia de seguridad y extenderse hacia otros ámbitos, tales como el reordenamiento urbano, la recuperación de calles, avenidas y espacios públicos, el tránsito desordenado de motoristas, las marchas y plantones sin causa y procurar un medio ambiente sano.

Honor a los agentes caídos en combate y solidaridad con sus familias.

Politólogo y exdiplomático

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