Me gustaría ser psicólogo o psiquiatra para abordar con mayor profundidad la teoría de los miedos -si es que existe-, y que están presentes en la cabeza alborotada del presidente Trump, para explicar claramente que la actitud de este personaje es parte de toda una clara y burda estrategia empresarial y política, que esconde tras de sí una serie de pánicos por no entender el presente y tenerle pavor al futuro. Pero como no lo soy, utilizaré toda mi sabiduría, que se reduce a cierto conocimiento de la ciencia política y las relaciones internacionales, mucho sarcasmo y mayor humor negro, para desnudar -hasta los calzoncillos-, al terrible señor de las tempestades.
Primero, el pequeño Trump seguramente jugó durante su infancia al monopolio (turista mundial en mis tiempos), cuyo objetivo entre los jugadores era ir comprando países, compañías y hoteles a medida que iban dando la vuelta al mundo, además de sacar cartas de la suerte que le daban a uno qué ganar o qué perder. Desde luego, los países más caros eran los europeos y los EUA, mientras que los más baratos eran los latinoamericanos, donde todos cobraran un impuesto a los que pasaran por su territorio, hasta hacerse rico y poderoso y quebrar a sus contrarios.
Recuerdo que Groenlandia -casualmente- representaba una cárcel donde si caías en ella te quedabas congelado o pagabas una multa para salir. Seguramente, el pequeño Trump adquirió en ese juego su espíritu empresarial, su despiadada ética y moral y el uso de la fuerza para conseguir sus propósitos, cuando arrebataba la hoja, cartas y dados a los demás, al perder algún juego. Actitudes que hoy pone en práctica en el mundo real al querer apoderarse de países, territorios, compañías y recursos naturales (no incluidos todavía en el juego)
Segundo, el joven Trump le temía a la realidad, especialmente porque no la controlaba, por lo que elaboró su propia versión, donde podía chantajear, defraudar o declararse en banca rota para no pagar impuestos y deudas. Por ello, su reacción lógica fue negarla y sustituirla por su propia verdad o fantasía -lo mismo da-, siempre ajustándola a sus intereses. En su mente no existió la palabra derrota, por eso siempre quería ganar, por la buena o por la mala. Era como aquel merenguero que enfrentábamos en el barrio para apostar por su producto, que cuando perdía un bolado o dos o tres, decía “doble o nada”, que provocaba la codicia de sus clientes, hasta que las leyes del azar o de la probabilidad lo hacían ganar una sola vez y, con eso, limpiarnos a cada uno lo acumulado. Así es Trump, nunca pierde, merenguea.
Tercero, el adulto Trump le teme ahora a la globalización, proceso que no ha logrado asimilar desde su primer mandato, pues en su mentalidad banal y mezquina, se suponía que su país y sus empresas iban a salir fortalecidas por esta nueva etapa del capitalismo, donde dominarían solos el mercado mundial. Sin embargo, se jala los cabellos al no aceptar que las más grandes empresas automotrices de Detroit, Michigan se hayan ido a México y a otros países, ante las ventajas del mercado (bajos costos, mano de obra calificada y accesible, facilidades fiscales, etc.); o que la ciudad de Pittsburgh, Pennsylvania haya perdido competitividad en la industria del acero ante sus competidores internacionales, especialmente China; o que la industria maquiladora se haya instalado en la frontera con México, para armar y surtir toda clase de manufacturas que regresan a ese país con valor agregado.
En el fondo, Trump tiene razón: México y Canadá -sus socios comerciales- y China -su enemigo comercial- han entendido mejor las oportunidades que ofrece el TLC o T-MEC, y el libre comercio en general, por ello, han aprovechado mejor el proceso de globalización, con base en sus ventajas comparativas. Al descubrir esta realidad, Trump quiere esconder su miedo y desventajas detrás de aranceles, chantajes, represalias y uso de la fuerza para compensar las pérdidas, como si fuera un brabucón de barrio, que arregla todo a golpes.
Cuarto, si pudiéramos definir la globalización en términos políticos diría yo que se trata de la democratización del mercado, que ha abolido las fronteras, destruido las barreras, suprimido los aranceles y terminado con los gobiernos proteccionistas, para hacerlo libre y soberano, en beneficio del pueblo global y consumidor, así como de las nuevas empresas globales. Para el amoral Trump esa democracia del mercado no le sirve o conviene, porque no la controla y porque no se ajusta a sus intereses. Quiere un gobierno autoritario y empresarial, donde sólo él y sus empresarios locos dominen el mercado y el mundo.
Por eso, Trump le tiene pavor a la China Hilaria, país verdaderamente autoritario y empresarial - estatal, que ha entendido y practicado mejor la globalización, no de ahora, sino desde los primeros viajes de la Nao de China en el siglo XVI, por lo que es el país y región del mundo que más se ha adaptado y fortalecido por la globalización, que lo han convertido no sólo en la fábrica del mundo, sino el mercado del mundo, tanto por su intensa mano de obra y población, como su diáspora, que en cualquier momento buscará adueñarse del mundo, si no es que ya lo hizo. Trump daría todo por ser el presidente de China, pero como no puede, quiere convertir a EU en una China a la fuerza.
Finalmente, Trump le tiene miedo al tequila con limón, bebida globalmente conocida, que da valor a los hombres y seguridad en las mujeres, pero que a él le provoca un miedo espantoso a terminar con los demonios que lleva dentro, al ser una bebida purificante y espiritual, que lo convertirían en un simple mortal. Igual, le provoca inseguridad, ya que la expulsión de los demonios se produce mediante evacuación, que lo harían correr a cada rato por alguno de los 35 baños que hay en toda la Casa Blanca.
Sí, Trump tiene miedo a la globalización que no controla y que no ha entendido, especialmente a la democratización de los mercados, donde China, y Asia en su conjunto, dominan el nuevo intercambio. Por eso quiere revertir esa democracia y convertirla en dictadura, sin importar las consecuencias.
Los complejos del jugador de monopolio, que quiere apoderarse de países y territorios; del merenguero, que nunca pierde; del bravucón, que quiere arreglar todo a golpes; y del que no toma tequila por miedo a perder su personalidad; además de su talante autoritario y pavor a China, son parte fundamental de su personalidad y grandes traumas, así como de su brillante y maravillosa estrategia empresarial.
Politólogo y exdiplomático

