El hermano malo de Maquiavelo

Mario Alberto Puga

Generalmente, cuando oímos la palabra Maquiavelo y sus derivaciones, pensamos de inmediato en un ser diabólico, siniestro y malvado, que siempre está pensando en hacer el mal a los demás, en torcer los caminos y obstáculos para salirse con la suya, sin importar el método o, para ser consecuentes con el maquiavelismo, protegiéndose con el clásico: “el fin justifica los medios” para lograr sus propósitos. Estoy seguro que todos conocemos un Maquiavelo en nuestras vidas.

Sin embargo, espero que algunos estarán también de acuerdo que, en el fondo, Maquiavelo no era ese ser perverso como muchos lo pintan, pues su ocupación de cerca de 20 años era simplemente aconsejar al príncipe -primero de los Médici, luego de los Signori-, sobre los secretos del poder y la forma de ejercerlo ante los diferentes entornos que enfrentaba un soberano en pleno renacimiento: la nobleza, el pueblo y los demás reinos. Incluso, fue al final de su vida laboral (1515), luego de ser destituido de todos sus cargos, que Nicolás se refugió en el campo de su natal Florencia para escribir su magnífica obra “El Príncipe” que, sin saberlo, sentaría las bases de la moderna ciencia política.

Es decir, su maquiavélica obra la escribió como resultado de todo lo observado en su ocupación y experiencia como consejero, y no como un recetario comprobado a priori de cómo ser un buen príncipe o gobernante, como lo hicieron burdamente los políticos modernos. No obstante, sería imposible a estas alturas de la vida no asociar la maldad al nombre de Maquiavelo, lo que sirve a mis propósitos.

En consecuencia, hablar del hermano malo de Maquiavelo nos traslada a un mal mayor y superlativo que pocos pueden imaginar. Pero no se asusten, no es solamente en ese sentido que imaginé la frase hace algunos años; más bien, la asocie con aquella persona que, actuando mal y por encima de todo y todos, las cosas le salen irremediablemente mal, es decir, no cumple su cometido, por eso es malo, no únicamente de maldad, sino falto de virtud para hacer bien las cosas. Por eso el término del hermano malo es más sarcástico que real, pues para mi Maquiavelo no es ese ser malvado, sino un ser humano que tiene sentimientos, pasiones e intereses, que a veces parece bueno, a veces malo, dependiendo de las circunstancias.

Un ejemplo esplendido del hermano malo es sin lugar a dudas el ex presidente Trump, quien -éste sí-, aparte de ser diabólico, siniestro y malvado por naturaleza, es falto de virtud para que las cosas le salgan bien. Si no, vean el desastre que dejó luego de terminar su tortuoso mandato, con una insurrección dirigida al capitolio, como último intento desesperado de aferrarse al poder y las repercusiones que aún se siguen padeciendo. Ni Maquiavelo, que pensaba que el hombre era malo por naturaleza, hubiera concebido tal personaje.

Y ese es el punto al que quería llegar: el poder como instrumento para hacer el bien o el mal. Es difícil concebir que un gobernante ejerza el poder para hacer el mal, pues va contra el espíritu de la política misma, sin embargo, el ejemplo citado no deja de ser cierto, por más que se intente minimizar el hecho. ¿Puede un solo gobernante hacer esto hoy? Yo digo que no. Siempre existirán motivos, aliados y circunstancias que acompañarán y respaldarán las decisiones del gobernante. Trump no sería Trump sin el apoyo y contubernio de los republicanos y sus huestes más radicales.

En contraposición, algún curioso o curiosa preguntaría si ¿existe un ejemplo del hermano bueno de Maquiavelo? Yo le diría que sí y que, en este caso, se trata de la hermana buena que, como ya dijimos, el adjetivo no tiene que ver únicamente con buena de bondad, sino de virtud para que todo le salga bien. ¿Hay algún ejemplo? Mi ser se llena de regocijo al contestar que sí, sí existe y se llama Angela Merkel, quien después de 16 años al frente la poderosa Alemania decidió irse por la puerta grande, luego de ejercer el poder de manera sencilla, discreta, pero efectiva, que deja un país unido, cohesionado y en equilibrio, no sin problemas aún por resolver, pero políticamente sólido, estable y feliz, aún en la sobriedad de los alemanes, quienes le brindaron -como despedida- una pandemia de aplausos hasta por seis minutos en tributo a su labor.

El poder utilizado para hacer el bien, que alegraría a los filósofos clásicos de la antigua Grecia y, desde luego, a toda la escuela alemana del pensamiento moderno. Aunque tampoco lo hizo sola.

¿Qué fue la diferencia entre un gobierno que hace el mal y otro que hace el bien?

Otro más curioso y observador diría que uno es malo por naturaleza y la otra buena por antonomasia. Uno más conspicuo señalaría que la preparación y formación de uno ha sido diferente a la de la otra, por tanto, piensan y actúan distinto. Una mujer moderna y consciente defendería el tema de género, aduciendo que las mujeres son mejores que los hombres, que provocaría el aplauso y delirio de sus congéneres, donde las más combativas llamarían a la protesta y a terminar con los hombres, por malos. Los conservadores exclamarían que todo tiempo pasado fue mejor, por lo que exigirían devolver el poder a un soberano. Finalmente, los más progresistas -llámense liberales, neoliberales, de izquierda y hasta la comunidad LGBTI- afirmarían con toda propiedad que el mercado, la ideología y la libertad de ser como uno quiera ser, son los valores que definen a un gobierno que hace el bien u otro que hace el mal.

Y, precisamente, en esa diversidad de opiniones y conceptos encontramos la respuesta -a mi entender-, que explica al poder como instrumento para hacer el bien o el mal. Mientras exista una sociedad tan heterogénea, tan inequitativa y tan desigual en todos sentidos, el gobernante se sentirá irremediablemente obligado a ejercer el poder a favor de unos y en contra de otros. Sin embargo, la otra parte de la sociedad sentirá que está siendo afectada en sus derechos y luchará por que no sea así, lo que desatará grandes contradicciones, diferencias e interminables debates, que ahondarán más las divisiones sociales. Ahí es donde aparece el hermano malo de Maquiavelo, pues todo lo que haga afectará a unos y otros, ya que sus decisiones siempre serán interpeladas por una u otra parte de la sociedad que no ha logrado encontrar el equilibrio o que lo ha perdido, como es el caso de los EU.

En cambio, si el gobernante encuentra y procura una sociedad homogénea, equitativa e igualitaria -como creo es el caso de Alemania-, sus decisiones tendrán el mismo efecto para todos los grupos sociales, sin generar contradicciones, quizá diferencias, pero superables para la hermana buena de Maquiavelo. Y por homogénea no quiero decir todos iguales, no, sino con un mismo tronco común en nuestro haber; por equitativa, me refiero a un ingreso suficiente para cubrir las necesidades fundamentales de una persona o una familia; y por igualitaria, señalo, por lo menos, los mismos derechos y obligaciones, así como las mismas oportunidades de desarrollo.

En mi opinión, el objetivo propio del poder no es hacer el bien o el mal, pues eso es muy relativo, dependiendo quien se beneficie y quien no. Más bien, el uso del poder debe privilegiar la construcción o fortalecimiento de una sociedad homogénea, que supere los atavismos, los tabúes, las creencias como formas aún dominantes del pensamiento, que dividen y enfrentan a las personas; en fortalecer una sociedad equitativa, que disminuya la brecha entre los de arriba y los de bajo, para consolidar los intermedios, donde se encuentran los consensos; y, sobre todo, procurar una sociedad igualitaria, con el piso parejo para todos y con un proyecto bien establecido de oportunidades que, por lo menos, permitan iniciar la competencia social en igualdad de condiciones.

Mientras no alcancemos ese equilibrio en la sociedad, seguirá existiendo o apareciendo el hermano malo de Maquiavelo, tratando de hacer el bien y el mal, dependiendo de las circunstancias, a fin de imponer la hegemonía de unos sobre otros, sin importar las consecuencias.

 

Politólogo y exdiplomático.

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