Una vez que fue rechazada la propuesta de reforma electoral, tanto por la oposición prianista, como por los cuervos verdes y rojos en la cámara de diputados, vale la pena analizar sus causas y sus implicaciones, en virtud de que esta decisión podría alterar la correlación de fuerzas en las próximas elecciones legislativas de 2027 y, sobre todo, en la elección presidencial del 2030, en caso de que la actual alianza entre Morena y sus aliados se rompa definitivamente.

En primer lugar, hay que destacar que ésta era una reforma política atípica, tanto por su forma, como por su fondo. En su forma, la iniciativa rompió con todas las anteriores, en el sentido de que siempre fueron una exigencia de los partidos políticos hacia el partido en el poder o el gobierno, es decir, se buscaba ampliar y mejorar la democracia desde los jugadores y no desde el gobierno. En cambio, la actual propuesta fue una iniciativa desde el gobierno y sin la participación mínima de la oposición. Aun así, la fallida reforma no convenció siquiera a los aliados.

En su fondo, la reforma alteraba la principal fuente de adquisición de diputados y senadores de representación proporcional, al cambiar las reglas -que no la fórmula-, especialmente para los partidos de oposición, incluyendo ahora al PVEM y PT. Además de quitarle el poder a las cúpulas partidistas para elaborar sus listas de circunscripción que, sin ningún esfuerzo ni trabajo, palomeaba candidatos sin contacto alguno con el electorado. Asimismo, debilitaba a la oposición entera en términos de financiamiento al proponer una disminución de recursos.

Si bien, la propuesta presidencial buscaba reducir los costos de la democracia mexicana, la más cara del mundo, se afectaba indirectamente los intereses económicos y políticos de sus aliados y la oposición.

En segundo lugar, tanto por la forma, como por el fondo, el gobierno mexicano debilitó desde el inicio su papel de negociador al ser él el que necesitaba más el apoyo de los aliados, que éstos del gobierno. Generalmente, la parte que anuncia su deseo de negociar es el que está dispuesto a ceder más. De esa forma, la posición del gobierno no contó con las fichas suficientes para negociar, más allá de las bondades no comprobables de un nuevo sistema político. Igualmente, llamó la atención el poco involucramiento de los operadores políticos de Morena, especialmente de Ricardo Monreal, para convencer a los aliados.

En tercer lugar, sorprendieron mucho las palabras de Claudia, en el sentido de que “yo ya cumplí”, al haber presentado la propuesta y pasar la responsabilidad a los diputados, quienes serían señalados como los que no quisieron modernizar el sistema político electoral. Adicionalmente, la frase de Claudia abre una duda enorme: quien es el destinatario de esas palabras que, desde luego no es el pueblo. Mi hipótesis es que, como propuesta original de AMLO, no sería raro que él fuera el destinatario o bien, la línea dura de Morena que, librito en mano buscaba cumplir con la receta ideológica.

Finalmente, rescato el detalle de que ni Morena, ni aliados se preocuparon -a la hora de la votación en sala- por salvar algo de dignidad ante la derrota que se avecinaba, especialmente por la presidenta Claudia, cuando bien pudieron maniobrar para que, por lo menos, uno de sus aliados votara a favor de la reforma electoral, a sabiendas de que tampoco se alcanzarían los votos para su aprobación. Esto es, el PT pudo haber reaccionado a favor para salvar su honor y dejar como el malo de la película al PVEM. No es lo mismo perder 5-0 que 5-3.

Todo lo anterior me lleva dos conclusiones: una, o bien todos buscaban el rechazo de la reforma electoral, incluyendo Morena y sus aliados, que haría entendible tanto desaseo en las formas, el fondo, la votación y el “yo ya cumplí” de Claudia, precisamente porque la propuesta no era de ella, si no de AMLO, quien no ha entendido que su momento ya pasó. O del partido, que expresa un dogmatismo fuera de lugar. Entonces, la derrota -que no fracaso- no sería para Claudia, sino para otros.

Dos, si en realidad fuera una propuesta y derrota real de Claudia, entonces me parecería grave que después del juego perdido, se reúnan ella y Morena con los aliados como si nada hubiera pasado. Si fuera el caso, estaríamos hablando de traiciones y chantajes como sustento de una alianza que en esas condiciones no cuenta con ninguna ética ni futuro.

No obstante, creo que Morena debe reevaluar esa alianza y, en todo caso, romper con los verdes desde ahora, pues ya sabemos cuál es su juego, que encaja más con la oposición del PRIAN, a quienes igualmente traicionó. Pondría a prueba la lealtad del PT en las próximas elecciones legislativas y buscaría mayor acercamiento con Movimiento Ciudadano que, desde luego, mantiene coincidencias importantes con Morena, además de tener un discurso refrescante para el futuro de la democracia en México. Cualquier otra cosa sería un retroceso imperdonable.

No sé si el plan B de Claudia pueda salvar esta situación, pero estoy cierto de que el plan A ha terminado con esta derrota inducida o verdadera, por lo que la propuesta que venga será enteramente de Claudia, que deberá encontrar asidero político y apoyo en la mayoría simple de Morena, la lealtad del PT y las importantes coincidencias con MC, que sin mediar alianza alguna debe privilegiar y enriquecer el actual proyecto de nación, en virtud de que la dinámica histórica los sitúa -en este momento- como los únicos herederos del próximo México.

Cría cuervos y te sacarán los votos.

Politólogo y exdiplomático

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