Biden: Ir por la grande o irse a su casa

Mario Alberto Puga

Luego de una corta luna de miel -como es tradicional en los matrimonios-, la realidad alcanzó al presidente Joe Biden, quien luego de 11 meses de gobierno ha descubierto que su mejor papel era ser vicepresidente o, mejor aún, legislador por más de 36 años, pues, como diría el clásico, no es lo mismo torear que ver los toros desde la barrera.

Y no quiero decir con eso que el presidente Biden no sepa gobernar, sino me parece que lo está haciendo con una arriesgada estrategia de ir por el todo o nada, como dice otro dicho estadounidense (go big or go home) que, por el momento, lo tiene sumido en la más baja popularidad de su administración, al borde de los 40 puntos porcentuales, y la amenaza de perder las elecciones intermedias del 2022 y, probablemente, la presidencial del 2024 en caso de no recuperarse.

Hasta ahora el presidente Biden ha apostado por los grandes planes y proyectos de su administración. Primero, la propuesta de 1 trillón de dólares para combatir el COVID-19, que incluyó la promesa de vacunar a 100 millones de personas en 100 días, que cumplió antes de tiempo; segundo, la aprobación de 1.9 trillones, en marzo pasado, para apoyar la recuperación económica por la pandemia, que se tradujo en cheques para la mayoría de los estadounidenses; tercero, y con muchas más dificultades, su plan de infraestructura por 1.2 trillones, apenas en el mes de octubre; y, finalmente, hace unas semanas, la aprobación en la cámara de representantes del plan social de casi 2 trillones de dólares, mejor conocido como build back better (construir mejor de nuevo), con el que pretende también reconciliar a la sociedad estadounidense.

Sin importar por ahora los efectos que esos 6 trillones de dólares tendrán en la economía de ese país -donde la inflación se ha duplicado en 2021-, y mientras la oficina de presupuesto del congreso da el visto bueno para su uso, el gobierno federal busca desesperadamente recuperar la popularidad de su presidente y de su vicepresidenta -que está peor- y la forma en que esta estrategia de apostar por lo grande le sea favorable electoralmente.

La pregunta aquí es ¿por qué si se han logrado aprobar dichos planes y proyectos, con todo el dineral que implican, la popularidad de Biden ha ido en picada?

La respuesta -según yo- es que, a esa estrategia -que podríamos llamar de largo plazo-, le ha faltado el componente del día a día -que podríamos también identificar como de corto plazo-, donde Biden está perdiendo la pelea, tanto con los republicanos, como con el electorado y la opinión pública. Mientras los demócratas buscan ganar con un gran nocaut, sus enemigos asestan golpes uno tras otro, que han minado ya la popularidad de Biden, pero también de la vicepresidenta Harris. Veamos algunos ejemplos.

El tema migratorio, cuyo impacto político y social es muy grande en la sociedad, pero sobre todo en el electorado estadounidense, no ha sido manejado hábilmente por el gobierno demócrata, que, primero, fue dejado en manos de una inexperta vicepresidenta que, solamente alcanzó a viajar y dialogar con México y Centroamérica, sin una propuesta viable. Después, el poder judicial se ha encargado de revertir algunas de las órdenes ejecutivas que Biden había tomado al inicio de su administración para superar rezagos y excesos de su antecesor, lo que ha devuelto el tema al fondo del abismo, con el agravante de las vergonzosas imágenes de violación de derechos de migrantes haitianos, recibiendo latigazos por parte de la patrulla fronteriza.

Sobre la retirada del ejército de Afganistán, cabe recalcar que, si bien era una promesa de campaña de Biden, y un compromiso fuerte del país para dejar atrás la etapa de las guerras preventivas, las formas y las imágenes que quedarán en la mente de los ciudadanos estadounidenses serán las de un ejército huyendo de su grandeza, dejando tras de sí a todo un pueblo en manos -de nuevo- del talibán. Y aunque, en el fondo, Biden tomó una buena decisión política, las imágenes dirán otra cosa.

Finalmente, el tema de las vacunas y la pandemia del COVID revivieron para echar a perder lo que se había ganado al principio del gobierno, cuando se había logrado vacunar a la mayoría de ciudadanos adultos, al hacer obligatorias algunas prácticas preventivas -como el uso de cubrebocas-, que despertó el fantasma de la violación de derechos humanos por parte de algunos estados -especialmente republicanos- que se han opuesto tajantemente a cumplir tales disposiciones sanitarias, en pleno uso de sus libertades constitucionales. Ahora el tema también ha retrocedido, si consideramos que una nueva ola de contagios está presente, así como la existencia de una nueva variante, que podría poner al país en un nuevo riesgo epidemiológico, con las consecuencias que ya sabemos.

De esta forma, los temas coyunturales o del día a día han tenido un efecto negativo en la estrategia del gobierno, la cual ha privilegiado la aprobación de los grandes planes y proyectos que, luego de 11 meses por fin se ha logrado, aunque con daños que parecen difíciles de superar, especialmente en el rubro de la popularidad presidencial.

El primer aviso ya fue dado hace poco, luego de la derrota electoral demócrata en el estado de Virginia, así como la apretada victoria en New Jersey, que da señales claras de lo que puede ocurrir en las elecciones intermedias de 2022 y, sobre todo, en el 2024.

La buena noticia en todo ello es que aún hay tiempo para cambiar de estrategia: ahora el corto plazo tendrá que ser el objetivo fundamental de Biden, tanto para resolver los temas coyunturales, como para lograr rápidos resultados en los grandes proyectos aprobados, que impulsen de nuevo su popularidad, den certeza a sus votantes de que no los ha defraudado y lo respalden para mantener la mayoría en el congreso en 2022.
En el largo plazo, mantener la presidencia en 2024 es la meta, aunque me temo que no serán Biden ni Harris los candidatos, pues, en mi opinión, el primero ha mostrado serias debilidades políticas y la segunda no ha convencido a los propios demócratas, lo que abrirá la puerta a un nuevo debate al interior del partido demócrata.
 

Politólogo y exdiplomático

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