Amor a la Antigua Guatemala

Mario Alberto Puga

Dicen que el amor es ciego, sobre todo en política, donde hasta las sombras -tus propias sombras- te pueden jugar una emboscada con tus enemigos, por lo que es mejor caminar solos y en la oscuridad, para no producirlas. Y esto lo digo a propósito de la boda a la Antigua Guatemala, que sostuvieron Santiago y Carla, donde un simple “sí acepto” ha provocado hasta ahora dos renuncias, un incidente internacional, otro vuelo privado en discordia y reacomodos políticos en el gabinete y al interior de la 4 T, donde la batalla entre los duros y los blandos se recrudece en la búsqueda por la candidatura presidencial para el 2024.

Y no se trata de medidas autoritarias, ideológicas o de persecución como pregona la oposición y sus ideólogos; se trata simplemente de ser congruentes con un nuevo gobierno que profesa por lo menos tres principios generales: la austeridad, la capacidad y la lealtad a su líder. Si alguien a estas alturas no ha entendido eso, quiere decir entonces que no puede ser parte de ese movimiento y, por tanto, del gobierno.

Es como las modas presidenciales de antaño, donde si un mandatario usaba guayaberas, camisas a rayas o trajes, entonces sus colaboradores estaban moralmente obligados a portarlas, no por una cuestión ideológica, sino simplemente congruencia o simpatía. La diferencia ahora no son las modas, sino los comportamientos.

Estoy seguro que Santiago -hábil como es- sopesó todos esos riesgos y decidió ir adelante, poniendo al amor por encima de todo, con la esperanza que la política también sucumbiera a ese bello sentimiento. No obstante, comprobó también que la política y el amor no se llevan. Resignado, decidió renunciar sin mayor drama al saber que su jefe y el discurso presidencial se vieron seriamente afectados por el hecho, además de la pérdida de confianza personal hacia él.

Enamorados, como creo están ambos, no vieron nunca los riesgos de una boda fastuosa, comenzando por el escenario, los invitados, la comida y hasta los vinos y licores a servir, incluso, la música que tocarían, pues está claro que en esta coyuntura todo cuenta a favor y en contra.

Primero, el escenario de la boda. Imagino que la ceremonia y recepción se llevaron a cabo en el Hotel Santo Domingo, de la ciudad de Antigua Guatemala, que desde hace muchos años se ha convertido en toda una tradición de las familias poderosas y ricas de ese país, pues es, sin duda alguna, el lugar perfecto para ello. Se trata de un antiguo convento colonial, que se ha preservado como uno de los atractivos de esa bella ciudad. En su interior, no sólo se observan cuartos o habitaciones bellamente decoradas, que dan un tono místico a los huéspedes, rodeado por fuentes y jardines, salas de exposiciones y salones para conferencias e, incluso, un museo único. En medio de todo, y al aire libre, se encuentra un bello atrio -que ha sido escenario de múltiples ceremonias religiosas y civiles-, cuya capacidad es de 300 personas, cubiertas por un gran toldo en forma circular.

Si bien, puede sonar elitista el lugar, la verdad es que el principal atractivo es la belleza y misticismo propios, así como la magia de la ciudad más bella de ese país, más allá de lo caro o no que pueda costar todo el paquete. Lo que no vieron los novios fue el impacto mediático que esto tendría al anunciarse como una boda en el extranjero, con todo lo que ello implicaba, especialmente para un funcionario del gobierno de la 4 T, donde la austeridad es uno de los principales principios de acción. No importa si fue con el dinero de él o de ella o de ambos, lo trascendental fue el derroche y dispendio que una ceremonia como esta arroja en automático.

Entonces, Santiago -que estrictamente no pertenece a ninguno de los grupos internos de Morena- quedó a merced de las dos corrientes dominantes, que aprovecharon la coyuntura para atacarlo y deshacerse de él. Al final, la línea dura encabezada por AMLO y Claudia sumarían un aliado más en la figura de Pablo Gómez, que reemplazó a Santiago en la UIF.

Segundo, los invitados, que supongo que más por su filiación política, fueron elegidos por amistad, lo que demuestra la apertura de los contrayentes, pues no importó el color político, ni perfiles, tanto empresariales, como sociales y, quizá, algunos medios de comunicación para cubrir el evento. En esta parte, los novios no sólo no vieron, sino tampoco tuvieron manera de controlar la forma de viajar al lugar por parte de los invitados, por lo que cada quien utilizó sus propios medios, ya fuera avión comercial o privado, que al final, tuvo consecuencias al provocarse el incidente confuso con los dólares y del despido de la funcionaria del gobierno de la CDMX, por abordar y viajar en un avión privado. Sabiendo que el presidente viaja en vuelos comerciales, se me hace poco sensible no percibir que montarse en un avión particular podría verse inapropiado.

La convivencia propia de invitados y los ya esposos seguramente despertó dudas y sospechas de los duros de Morena sobre las intenciones futuras de Santiago, pues algunos pudieran pensar que también él estaría en campaña. No en lo personal, pero sí en lo institucional, en busca de un acomodo futuro con cualquiera de los partidos ahí reunidos, en caso de que Morena no ganase la presidencia en 2024, lo que no gustó a nadie. Por ello, la jefa de gobierno de la CDMX procedió a despedir de manera tajante a su secretaria de turismo y a AMLO después, a nombrar a otro duro en lugar de Santiago, quien, con cierta visión y compromiso, había presentado su renuncia ante lo que entendió posteriormente, representaba un exceso para los ojos del presidente en plena campaña sucesoria.

En cuanto a la comida, bebida y música, me parece que nada hubiera cambiado si en lugar del gran menú se hubieran servido tamales de chipilín con atolito bien caliente, como entradas; caldo de chaya o chirmol como sopas; robalo a la tabasqué o pejelagarto asado a la leña como plato fuerte; dulce de coyol, cacahuada o guapaque como postres; y pozol o pinol como bebidas típicas. Tampoco la música de marimba y el zapateo -baile tradicional de Tabasco- hubieran servido para evitar las consecuencias de una boda a todas luces merecida y al legitimo gusto de los novios, pero rodeada de muchos peligros y riesgos políticos que el amor no vio o no sopesó en su real dimensión.

Si el amor es ciego, la política es sorda, insensible y desmemoriada. Lo anterior, me recuerda la leyenda guatemalteca de la Siguanaba, mujer bella que deambula por las calles solitarias a altas horas de la noche y atrae -por su belleza- a los hombres enamorados o valientes, que hace que la sigan a los barrancos, donde una vez cerca, voltea y muestra su cara de caballo, que los asusta y los hace caer por el acantilado. Al igual que la Siguanaba, la política mexicana puede elevarte a las alturas, sólo para tirarte luego al precipicio.

 

Politólogo y exdiplomático.

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