Dice Cicerón:
“La historia es, de veras, testigo de los tiempos, luz de la verdad, vida de la memoria, maestra de la vida, mensajera de lo antiguo, ¿por cuál otra voz, sino por la del orador, es encomendada a la inmortalidad?”. (Historia vero testis temporum lux veritatis, vita memoriae, magistra vitae, nuntia vetustatis (Acerca del Orador. II. 36).
Embelesados por el “afán de novedades”, la notoriedad, el tráfago y el ritmo frenético que los seres humanos del siglo XXI hemos impuesto a nuestras vidas, honrar la memoria de un hombre de bien comporta efectuar un elogio de la lentitud y de su historia de vida. El ejercicio reflexivo de la memoria y de la evocación requieren silencio y calma los cuales permiten recordar con serenidad y apego a la verdad.

José Antonio Padilla Segura perteneció a una generación de personas a quienes se las educó en la cultura del esfuerzo y de la dedicación, esto es, del trabajo perseverante que reviste el arte y la ciencia de la disciplina, del orden, de la persistencia, de la tenacidad y de la constancia para la consecución de un buen fin. Dicho en otros términos, los coetáneos de Padilla Segura tenían claro que el talento y el esfuerzo se implican mutuamente. O, como diría el filósofo presocrático, Heráclito de Éfeso, que “el carácter es para el hombre destino”.
Él siempre se autodefinió como “un niño de rancho”, que hubo de estudiar en condiciones precarias y con el apoyo de diversas becas académicas y alimenticias para poder concluir su formación profesional. También hacía hincapié en que, dichas subvenciones, no eran dádivas unidireccionales, sino que había que retribuirlas con prácticas profesionales y de campo. De forma que tenía conciencia clara de lo que implicaba la corresponsabilidad, a saber, que a todo derecho tiene como contraparte una obligación y un compromiso ético. Se sentía muy orgulloso de ser un “politécnico”, pero eso nunca excluyó su profundo afecto por y sus lazos entrañables con la UNAM, la Universidad Autónoma de San Luis Potosí y con todas las Universidades, en general, del país y del extranjero. Fue tal su pasión por el tema educativo y su conciencia de la trascendencia del nacimiento de las Universidades en el contexto histórico de la humanidad que escribió una ingente obra en cinco volúmenes: Universidad. Génesis y evolución.
Su amor por México lo mostró trabajando concienzudamente como lo que era, un profesional de la ingeniería. Su trayectoria curricular hace patente la manera en la que se distinguió como un gran realizador. Tuvo la sensatez y la prudencia –que también es muestra de humildad– de haberse rodeado de asesores y colegas altamente capacitados para que los proyectos que concebía pudieron cumplir, con base en estudios ejecutivos, los más altos estándares de calidad con vistas a que su realización fuera la óptima. Todo proyecto era resultado de decisiones consensuadas, colegiadas, tomadas de común acuerdo en consejos consultivos. Estuvo abierto a viajar, adonde fuera necesario, para traer la mejor tecnología en comunicaciones y trasportes a nuestro país. Tenía muy claro que había que unificar las fuerzas para evitar, a toda costa, la dispersión y la exclusión de energías. La unificación de criterios y acciones revestía la unidad en la diversidad con vistas a potenciar lo bueno y rectificar lo erróneo.
Fue un padre amoroso, íntegro y generoso. Cuanto logró fue gracias a que siempre estuvo a su lado su esposa, la Señora María Elena Longoria Gama, mujer extraordinaria, de carácter, prudente, discreta, complemento ideal de sus proyectos, con quien duró casado 64 años. Los dos tuvieron una conciencia delicada y bien formada acerca de que, el verdadero amor no es, únicamente, un acto producto del ejercicio de la inteligencia de una persona, sino también de la voluntad firme de dos que todos los días se dicen uno al otro, quiero seguirte queriendo. Sólo dos personas que se profesaron un amor profundo y, por ende, incondicional, sustentado en una arraigada fe religiosa, fueron capaces de superar con entereza y longanimidad las muy duras pruebas que toda relación matrimonial de por sí comporta, pero la que es, sin duda, la más dura de ellas:
la pérdida de una hija y de un hijo. Fueron las dos únicas ocasiones en las cuales a ese hombre recio e incólume, que era mi padre, lo vi llorar devastado.
El poeta beocio Hesíodo denominaba al hombre de excelencia moral panáristos (πανάριστος), es decir, el bien redondeado, el bien terminado o desbastado. Para los griegos el hombre educado era, entonces, el ser con paideia, lo que después los latinos denominarán humanitas y nosotros humanismo. El humanista es, entonces, un hombre de calidad, el kalòs kagathós (ὁ καλὸς κἀγαθός), el hombre de bien, honrado, honorable cuya belleza se sustenta y radica en el proceso y la forja de su propia excelencia, esto es, en la fuerza de sus virtudes. Ésa fue la herencia de José Antonio Padilla Segura: la congruencia entre pensamientos, palabras y acciones.
Trabajó hasta el último día de su vida. Falleció un viernes 2 de marzo de 2012 a las 12:46, apenas pasado el mediodía. Horas antes, después de haber desayunado chilaquiles, y listo para dirigirse a su oficina, se desvaneció en la escalera. Aun haciendo toda la lucha por llevarlo al hospital –para que Rafael mi hermano, el médico, tratara de hacer un milagro– comprendí, dolorosamente, durante el trayecto y conforme el pulso se le iba debilitando segundo a segundo, que mi papá se estaba muriendo y que estaba entregando su vida al Padre. Tuvo la muerte del justo: serena, rápida e indolora.
Tus 11 hijos, nueras, yernos, 27 nietos, 21 bisnietos, primos, sobrinos y amigos te conmemoramos en el centenario de tu nacimiento con profundo afecto, agradecimiento y admiración. Honor a quien honor merece.