Cada vez que en México se plantea una reforma electoral, aparece el mismo coro: “Se está destruyendo la democracia”.
Es la frase favorita de quienes durante años se han beneficiado de un sistema que rara vez se atreve a revisarse a sí mismo.
Pero hay que decirlo con claridad: la democracia no se debilita cuando se corrige. Se debilita cuando se simula que todo funciona mientras la ciudadanía se aleja cada vez más de la política.
Por eso respaldo con firmeza la reforma electoral impulsada por nuestra presidenta Claudia Sheinbaum.
No es una ocurrencia ni un capricho político. Es el resultado de escuchar algo que millones de mexicanas y mexicanos repiten todos los días: el sistema político necesita actualizarse para volver a representar a la gente, no a las cúpulas.
La Presidenta ha sido clara en algo fundamental: la democracia no se defiende congelándola; se fortalece corrigiéndola.
Y hay algo que hoy ya no funciona.
La distancia entre quienes ocupan cargos públicos y quienes viven las consecuencias de sus decisiones.
Durante años se nos dijo que ciertos mecanismos del sistema político eran intocables porque garantizaban pluralidad. En teoría, las posiciones plurinominales nacieron para eso: asegurar que distintas voces estuvieran presentes en el Congreso.
En teoría.
Porque en la práctica, muchas veces terminaron siendo otra cosa: legisladores sin vínculo real con la ciudadanía.
Y hay algo que la gente ya vio con absoluta claridad: hay diputados que no legislan.
Diputados que no presentan iniciativas.
Diputados que casi no pisan tribuna.
Diputados que no participan en comisiones (que ellos mismos eligieron).
Diputados que ni siquiera van a las sesiones.
Y lo digo con conocimiento de causa, porque soy parte de esta Cámara.
He visto legisladores que ni siquiera saben qué se está votando.
He visto curules ocupadas durante tres años con una actividad legislativa prácticamente inexistente.
Eso no es pluralidad.
Eso es simulación política pagada con dinero público.
La ciudadanía ya no quiere eso.
Ya no quiere políticos que están aquí por el fuero.
Ya no quiere políticos que ven la Cámara como una nómina de tres años.
Ya no quiere representantes que aparecen solo cuando hay reflectores.
Quiere legisladores que trabajen.
Que debatan.
Que legislen.
Que salgan a territorio.
Que regresen a rendir cuentas.
Y sí, también existen ejemplos que reflejan con claridad el problema.
Ahí están los casos de exgobernadores, como Cuauhtémoc Blanco, cuya presencia legislativa ha sido prácticamente inexistente en el trabajo parlamentario sustantivo. Un diputado que jamás ha subido a tribuna para discutir leyes, únicamente subió para autodefenderse, y cuya participación pública en el Congreso ha estado marcada más por episodios personales que por actividad legislativa, sí, jugando pádel mientras se llevaba a cabo una reunión de su comisión.
Ese tipo de política —la del cargo sin trabajo— es exactamente lo que la ciudadanía está cuestionando.
Y es precisamente esa política la que esta reforma busca dejar atrás.
Seré muy clara, yo misma soy diputada de representación proporcional. Y lo digo sin rodeos.
Ser plurinominal no debería ser sinónimo de comodidad política ni de desconexión con la gente.
Al contrario.
Quienes llegamos por esta vía tenemos una responsabilidad todavía mayor: demostrar todos los días que la representación se ejerce con trabajo, con presencia y con resultados.
En mi caso, además del trabajo legislativo dentro de esta Cámara —donde he sido evaluada como una de las diputadas más productivas de mi bancada— mantengo presencia permanente en territorio, recorriendo colonias, escuchando a vecinas y vecinos, gestionando soluciones y sosteniendo un diálogo constante con la ciudadanía.
Porque la legitimidad no la da el mecanismo de llegada al cargo.
La legitimidad se construye con trabajo, todos los días.
Y ese es justamente el punto que incomoda a quienes hoy atacan esta reforma.
No están defendiendo la democracia.
Están defendiendo sus privilegios.
Están defendiendo un sistema donde algunos pueden ocupar una curul tres años sin rendir cuentas.
Por eso no sorprende que la oposición grite “autoritarismo”.
Ni que repitan el discurso cuando sienten amenazados sus espacios.
Cuando el privilegio se toca, siempre aparece el mismo argumento: “Se está destruyendo la democracia”.
Pero la democracia no es un museo.
Es un sistema vivo que necesita evolucionar para seguir representando a la gente.
El verdadero riesgo no es reformar.
El verdadero riesgo es mantener intactas estructuras que ya no representan a nadie.
Riesgo es que la política siga siendo un club cerrado.
Riesgo es que las curules se negocien en oficinas.
Riesgo es que haya legisladores que pasen tres años cobrando sin hacer el trabajo.
Por eso esta reforma no busca silenciar voces.
Busca que las voces sean reales.
No busca concentrar poder.
Busca devolverlo a donde siempre debió estar: la ciudadanía.
Respaldar esta reforma es respaldar una democracia que se atreve a revisarse y corregirse.
Una democracia que deja de premiar la simulación.
Una democracia que vuelve a exigir responsabilidad a quienes ocupamos cargos públicos.
Y eso es exactamente lo que está planteando nuestra presidenta Claudia Sheinbaum, una democracia menos cómoda para las élites… y mucho más cercana al pueblo.
Porque cuando la política vuelve a la calle, la democracia se fortalece.
Y cuando la política se vuelve cómoda para unos cuantos… la democracia se convierte en una simulación.
La ciudadanía ya no quiere simulaciones.
Quiere representantes que trabajen.
Hoy México está frente a esa decisión: seguir administrando la simulación… o construir una representación política que realmente le responda a la gente. Yo lo tengo claro. Y millones de mexicanas y mexicanos también.
Diputada Federal LXVI Legislatura

