Durante años, como abogada penalista, he visto cómo el sistema de justicia suele fallar justo donde más importa: en la protección de las víctimas. He acompañado a mujeres que no solo cargan con el trauma del delito, sino también con la indiferencia institucional, la lentitud procesal y una crueldad social persistente que duda, minimiza o convierte su dolor en espectáculo.
El caso de Jeffrey Epstein —reactivado por la publicación masiva de archivos— vuelve a exhibir una verdad incómoda: la revictimización no ocurre solo en los tribunales; también ocurre en la conversación pública.
Porque mientras el debate se llena de filtraciones, nombres, impactos políticos y teorías, las víctimas vuelven a desaparecer del centro de la historia. Otra vez.
Se habla de documentos. Se habla de poder. Se habla de escándalo.
Se habla muy poco —demasiado poco— de quienes fueron abusadas, manipuladas y marcadas de por vida. De su derecho a la reparación. De su derecho a la dignidad. De su derecho a no ser expuestas una vez más.
Como penalista, sé que el abuso sexual no termina cuando se comete el delito. Continúa cuando el dolor es ignorado, relativizado o utilizado como insumo narrativo. Y eso es exactamente lo que estamos presenciando: el sufrimiento humano relegado a segundo plano, mientras el debate gira alrededor de todo, menos de quienes pagaron el precio más alto.
A esta exclusión se suma un factor que ya no podemos ignorar: el algoritmo como editor en jefe. Hoy, una historia no compite por ser veraz o justa, sino por ser viral. Y lo viral rara vez es lo más responsable. Las plataformas premian la reacción inmediata, no la reflexión; el impacto, no el cuidado; la indignación fugaz, no la memoria ni la justicia.
Así, un caso de abuso sistemático se fragmenta en piezas diseñadas para retener atención, no para comprender ni reparar. El abuso se consume, se comparte y se olvida. No se explica: se desliza. No se analiza: se monetiza.
Esto tiene consecuencias profundas. Cuando el horror se vuelve cotidiano en la conversación digital, se banaliza. Se pierde la capacidad de indignación genuina. Se debilita la exigencia social. El abuso deja de ser una alarma y se convierte en paisaje.
Y eso es gravísimo.
Porque una sociedad que se acostumbra al abuso narrado como espectáculo también se acostumbra a la impunidad. Se instala el cinismo. Se normaliza la idea de que “así es el mundo”, de que “nada cambia”. Ese mensaje es devastador para quienes hoy viven violencia y dudan en denunciar.
Como legisladora, pero también como mujer y como abogada, hay algo que no puedo dejar de señalar: las redes de abuso no son anomalías individuales. Son el resultado de sistemas que toleran, minimizan y, demasiadas veces, protegen. De instituciones que fallan y de narrativas que deshumanizan.
Cada vez que el foco se desplaza del daño real hacia el consumo del escándalo, fallamos otra vez. Fallamos en entender que la justicia no se agota en castigar, sino que exige reconocer, reparar y garantizar la no repetición. Fallamos en comprender que informar también implica responsabilidad ética.
No se trata de censurar ni de ocultar. Se trata de narrar con conciencia. De no convertir el trauma en mercancía. De recordar que detrás de cada expediente hay una vida que merece respeto.
Si algo debería dejarnos este capítulo del caso Epstein no es más ruido ni más morbo, sino una pregunta urgente e incómoda: ¿qué tipo de sociedad construimos cuando el abuso nos entretiene más de lo que nos moviliza?
Mientras no respondamos eso con honestidad, la justicia seguirá siendo incompleta y las víctimas seguirán pagando un precio que nunca les correspondió.

