El inicio de un año no concede treguas ni excusas. Es el primer momento en el que la política queda expuesta sin filtros: o hay coherencia entre lo que se dice y lo que se hace, o la simulación vuelve a quedar al descubierto. Hoy la ciudadanía observa con más atención que nunca y con menos paciencia que antes.
La política mexicana atraviesa un punto de quiebre. Ya no basta con ocupar el cargo, ni con administrar el discurso, ni con alinearse estratégicamente. El país exige resultados. Exige saber quién trabaja y quién solo administra presencia. Y esa diferencia, cada vez más evidente, es la que define la credibilidad pública.
Por eso este año no empezó con anuncios ni con agendas de escritorio. Empezó en el territorio. En las colonias de la Alcaldía Miguel Hidalgo, el mensaje fue claro: la representación no se ejerce a distancia. Se ejerce estando, escuchando y regresando. Porque gobernar sin territorio es administrar desde la comodidad; representar es asumir responsabilidades frente a la gente.
El trabajo legislativo continúa en la Cámara de Diputados, pero sin autoengaños. Ninguna agenda parlamentaria tiene valor si no responde a la realidad cotidiana. Las leyes que no parten del territorio terminan siendo letra muerta o instrumentos que no resuelven nada. Legislar no es producir iniciativas en serie; es hacerse cargo de las consecuencias.
Por eso el trabajo en territorio no es accesorio ni simbólico. Es parte central del encargo. Las jornadas de salud no son eventos para la foto, son una política sostenida. Los ultrasonidos mamarios gratuitos continúan porque la prevención no espera tiempos políticos. Las mesas de gestión siguen abiertas porque escuchar directamente no es un favor: es una obligación básica del poder público.
Mientras algunos ajustan su agenda al calendario electoral, la realidad sigue avanzando. Hay mujeres esperando justicia, personas enfrentando enfermedades y familias que no pueden darse el lujo de esperar. Esa realidad no es secundaria ni marginal: es el centro de lo público y debe orientar cada decisión que se toma desde un cargo de representación.
Ejercer una responsabilidad implica sostener el trabajo incluso cuando no hay reflectores, regresar a los mismos lugares sin necesidad de justificar la presencia y asumir costos cuando la política deja de ser cómoda. En Miguel Hidalgo, la presencia ha sido constante porque la representación se acredita con hechos repetidos, no con visitas esporádicas.
Este inicio de año también traza una ruta clara hacia adelante. Los proyectos que vienen no parten de ambiciones personales, sino de una experiencia acumulada: fortalecer la atención ciudadana, ampliar los programas de salud comunitaria y legislar con una perspectiva de derechos humanos, especialmente en lo que respecta a la vida, la integridad y la seguridad de las mujeres.
Habrá evaluaciones, lecturas y mediciones, como siempre. Pero conviene decirlo sin rodeos: la confianza no se construye con discursos ni con posicionamientos calculados. Se construye con cumplimiento, con presencia y con resultados verificables.
El inicio del año vuelve a poner a cada quien en su lugar. A quienes entienden el poder como responsabilidad, trabajando desde el territorio, y a quienes lo entienden como comodidad, administrando el discurso. La diferencia no está en lo que se dice, sino en lo que se sostiene con hechos. Y esa diferencia, tarde o temprano, siempre se nota.
Porque en un país cansado de promesas, solo el trabajo constante, visible y verificable distingue a quienes están dispuestos a responder de quienes solo aprendieron a acomodarse.
Diputada Federal LXVI Legislatura

