María Elena Morera

Las víctimas también son pueblo

29/05/2021 |02:01
Redacción El Universal
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Niños y niñas con cáncer, mujeres violentadas o incluso asesinadas, el colapso del tren de la Línea 12 del metro tienen algo en común: han dejado una estela de sufrimiento y de dolor para muchas familias, víctimas de la corrupción, ineptitud, indolencia, insensibilidad e irresponsabilidad a las que puede llegar un gobierno.





Centrémonos hoy en el desastre de la Línea 12. Es tragedia por los hechos que ocurrieron en el tramo que corre de Mixcoac a Tláhuac el lunes 3 de mayo, donde murieron 25 personas y al menos 79 resultaron heridas, pero también porque es parte de la cotidianeidad tanto de operadores como de pasajeros que deben enfrentar desde escaleras eléctricas que no sirven, instalaciones que se inundan o se incendian, o unidades con frenos desgastados. Los operadores y los pasajeros del transporte público deben abordar todos los días alguna unidad de camión, tren suburbano, trolebús, tren ligero, microbús, combi o metro, muchas de ellas con deficiencias evidentes en vialidades cada vez más deterioradas e inseguras y lo hacen porque no tienen más remedio. Mientras todo eso sucede diariamente, hay políticos y funcionarios que continúan medrando del dinero que no es suyo, y pretendiendo engañarnos mediante distractores y mentiras.

La construcción de la Línea 12 fue desde su inicio una retahíla consistente de ineptitudes e irresponsabilidades, desde su diseño hasta su mantenimiento provocando el colapso que conocemos. Son muy buenos para hacer todo a las carreras con tal de inaugurar una obra malhecha, en los tiempos políticos que a ellos les conviene. Son muy buenos también para recortar dinero indispensable para que se transporte ese pueblo que dicen querer tanto, y que sólo utilizan en un discurso político que difícilmente puede ser más hipócrita. Son muy buenos para evadir su responsabilidad cuando llega la tragedia, y para echarse la bolita y para olvidarse de lo que significa la responsabilidad y la dignidad a la hora de renunciar, y enfrentar las consecuencias, como haría cualquier persona con un mínimo de decencia.

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En lo que ya parecería ser el colmo, muchos de los heridos fueron pésimamente atendidos en los hospitales públicos a los que fueron trasladados. Y cuando parecía que ya era imposible que cometieran alguna torpeza adicional, nos anuncian que para investigar lo evidente van a contratar a una empresa extranjera, de esas que para cualquier otro tema se la viven denostando. Es en verdad ridículo que desprecien el conocimiento técnico que se produce en todo el mundo y que, en este caso, con tal de diluir responsabilidades y patear cualquier improbable resolución para después de la elección, prefieran ahora despreciar el caudal de ingenieros competentes con que cuenta nuestro país.

¿Cómo vamos a creer que dos gobiernos, el federal y el de la ciudad de México que se distinguen por su opacidad, por su obstinación y por sus obsesiones ideológicas tendrán la mínima objetividad?¿Cómo vamos a suponer siquiera que en realidad van a castigar a responsables que no se encuentran más lejos que el espejo más próximo? ¿Cómo vamos a imaginar que ese grupo político es capaz de hacer algo diferente a la demolición de instituciones y a la dilapidación de recursos públicos?

Pero sobre todo ¿Cómo vamos a creer que un gobierno indiferente ante los damnificados de una inundación, o de un sismo, o de una pandemia, o de la falta de medicinas, o ante la falta de empleo, o ante la indefensión frente a criminales, va a cambiar en el caso de los muertos y heridos de la Línea 12? Ellos no tenían que haber sufrido eso, no debían morir ni truncar sus vidas. El presidente las ignoró hasta que, ante las muy constantes preguntas en su conferencia, dio sus condolencias.

Esas víctimas que deberían centrar toda la atención de las autoridades, en esta administración han sido las más olvidadas. Ellas también son mexicanas, también son pueblo, también merece que se les voltee a ver.

Pero no, no van a cambiar. Es evidente la obsesión por el poder a cualquier costo. Es evidente la indiferencia ante las víctimas.

(Colaboró Pilar Déziga Velázquez)