El mes se estrenó con un evento inédito: cuatro astronautas despegaron desde el Centro Espacial Kennedy rumbo a la Luna a bordo de la nave Orion; una de ellas, por primera vez una mujer.

La misión Artemis II es histórica por muchas razones: es el primer vuelo tripulado en orbitar la Luna desde 1972 y la primera vez que una mujer se acerca tanto al satélite que según diversas filosofías orientales y energéticas nos define a nosotras. Todo muy bien y estamos felices, pero hay un detalle que merece nombrarse con todas sus letras: la astronauta con más experiencia real a bordo de esa nave no es quien la comanda.

Christina Koch, ingeniera eléctrica nacida en Grand Rapids, Michigan, y criada en Jacksonville, Carolina del Norte, viaja como especialista de misión a sus 47 años. Posee el récord del vuelo espacial más largo realizado por una mujer: 328 días consecutivos en la Estación Espacial Internacional, durante los cuales realizó seis caminatas espaciales, incluida la primera protagonizada exclusivamente por mujeres. También ha trabajado un año en el Polo Sur en condiciones extremas. Su cuerpo conoce el espacio mejor que el de nadie en esta tripulación. El comandante de la misión, Reid Wiseman, acumula 165 días en el espacio. Victor Glover, el piloto, 168. Y Jeremy Hansen, el cuarto tripulante, nunca ha salido de la órbita terrestre. Es su primer vuelo. ¿Hay brechas en las estrellas? ¿Cuántos años luz faltan para la meritocracia en las misiones espaciales?

Esto no se trata de un señalamiento a Wiseman ni a su capacidad –su liderazgo y formación son contundentes–, sino una pregunta que vale la pena hacerse: ¿cuántas veces las mujeres han sido las más preparadas en la sala y, aun así, no han ocupado el lugar más visible? La exploración espacial no escapa a esa lógica. De todas las personas que han viajado al espacio desde que comenzó la era espacial, apenas el 11% han sido mujeres. En el programa Apolo, que llevó a 12 hombres a la Luna entre 1969 y 1972, no hubo una sola. Todos eran blancos y casi todos venían del ámbito militar.

Artemis II rompe parte de esa imagen: lleva a la primera mujer y al primer astronauta afroamericano a los alrededores de la Luna. Es un avance real y merece reconocerse. Koch lo ha dicho con claridad: "Se trata de celebrar que hemos llegado a un punto en la historia en que las mujeres pueden volar a la Luna".

Pero la celebración nunca debe impedir ver lo que aún falta. Que una mujer sea la más experimentada a bordo y viaje como especialista, no como comandante, dice algo sobre cómo se distribuyen los reconocimientos y los roles en sectores históricamente masculinizados, incluso cuando los méritos están ahí, medidos en días, en caminatas, en años de frío austral.

El camino que sigue es largo. Artemis III, prevista para 2027, probará el acoplamiento con los módulos de aterrizaje comerciales en órbita terrestre. Será Artemis IV, en 2028, la que lleve botas humanas de regreso a la superficie lunar. Hoy se da un primer paso, y Koch lo da por todas. Ojalá la próxima vez que una mujer sea la más preparada de la tripulación, también pueda comandarla porque si llega una a la Luna… ¿llegamos todas?

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