Doce campanadas y mismo número de deseos; nos une la esperanza en el ritual. Sin embargo, cuando las luces de los fuegos artificiales se apagan y el mundo despierta en 2026, la realidad nos recuerda que no todas las personas tendrán la misma oportunidad de cumplir lo soñado.
Las estadísticas son duras y no entienden de celebraciones. Según el IMCO, en México las mujeres ganan en promedio 16% menos que los hombres por realizar el mismo trabajo. Pero esta cifra apenas araña la superficie de una desigualdad más compleja, porque no se trata solo de cuánto dinero llega a la cuenta bancaria cada quincena.
No nos faltan deseos, sino un piso parejo para lograrlo. En el mundo laboral, por ejemplo, de acuerdo con datos del Inegi, solo 37 de cada 100 puestos directivos están ocupados por mujeres. El resto permanece como un “club exclusivo” donde el talento parece tener rostro masculino.
Ahí se aparece el trabajo invisibilizado, ese que no aparece en ninguna nómina, pero sostiene hogares, familias y, por extensión, economías enteras. Según la Cuenta Satélite del Trabajo No Remunerado de los Hogares de México del Inegi, las mujeres mexicanas dedican cerca de 40 horas semanales al trabajo no remunerado del hogar, mientras los hombres apenas llegan a las 15. Son 25 horas de diferencia que parecen labor natural y quitan tiempo para capacitación profesional, desarrollo de proyectos personales o derecho al descanso.
Y es que la desigualdad no solo golpea el bolsillo; en Ola Violeta AC hemos insistido: también impacta en el cuerpo y la libertad. De acuerdo con datos del Secretariado Ejecutivo del Sistema Nacional de Seguridad Pública, en promedio 11 mujeres son asesinadas cada día en el país; sí, también en Año Nuevo mientras millones comían sus uvas. ¿Sirve desear prosperidad individual cuando la mitad de la población global enfrenta violencia estructural? ¿De qué sirve pedir salud cuando miles de mujeres vulnerables no tienen acceso a servicios médicos dignos?
La educación tampoco es equitativa. Aunque las niñas mexicanas han logrado avances en el acceso a la escuela, según reportes de la Unesco y el propio Inegi, todavía existen brechas significativas en áreas rurales y entre poblaciones indígenas. Y cuando logran completar su educación, se enfrentan a un mercado laboral que las segrega, que cuestiona su capacidad de liderazgo, que las penaliza por embarazarse, por ser madres, por tener la audacia de querer ser profesionales y tener familia al mismo tiempo.
El año que comienza no tiene por qué repetir las desigualdades del anterior; estamos más cerca de la Agenda 2030 de la ONU y quizá más lejos de algunos de sus objetivos centrales si analizamos tendencias en zonas como el África subsahariana. Desde nuestro medio metro de acción, como en el cuadrito del danzón, podemos apoyar el avance en la lucha por la igualdad sustantiva en este naciente 2026. Cada vez que contratamos, cuando decidimos un salario o distribuimos tareas en casa; si atestiguamos alguna agresión en el terreno público o el ciberespacio, cuando elegimos nombrar aquello invisibilizado por la mayoría… cada vez puede ser un paso a favor de una sociedad más igualitaria.
Este 2026 no será diferente por arte de magia ni por el poder de un ritual. Sí hará la diferencia asumir la igualdad sustantiva no como un deseo ni una narrativa pensada para el 8M o el 25N, sino como un compromiso tangible a ejercer cada día de este nuevo ciclo. Va un reto reinterpretativo de la novela de John Steinbeck: en lucha no por uvas de la ira, sino de la igualdad.
@MaElenaEsparza

