Triaje. Decidir lo éticamente indecidible

María Antonia González Valerio y Rosaura Martínez Ruiz

No se puede decir a la población de más de sesenta años: tu vida no vale y será sacrificada en aras de salvar las vidas más jóvenes. ¿Dónde está la discusión ética allí?

En México, lo más difícil está por venir. La imaginación no nos alcanza para vislumbrar lo que pasará en las salas de urgencias, cuando en el triaje los equipos médicos tengan que hacer una decisión terrorífica: quién vive y quién muere. Y tengan que ejecutar esa decisión una y otra vez.

El Colegio de Bioética, A.C. redactó el borrador de una guía “bioética” para proteger y precaver al personal de salud de una “injusta decisión”. En la elaboración de esta guía de triaje participaron filósofos expertos en cuestiones éticas y jurídicas. La pregunta que nos acecha es si la filosofía tiene lugar en esta discusión, si tiene algo que decir en relación a criterios médicos para decidir a quién le asignarán los recursos escasos para el cuidado y supervivencia en esta enfermedad.

Cualquier parámetro que se establezca para decidir qué vidas valen más que otras es éticamente injustificable y debe ser cuestionado y resistido. No se puede normalizar ninguna lógica para decidir quién vive y quién muere. Hacer tablas con números, reducir la existencia al valor numérico y fingir con ello cierta “neutralidad” no puede ser labor de la filosofía.

La pregunta que la filosofía sí está obligada a plantear insistentemente llega más lejos, ¿por qué hemos llegado aquí?, es decir, ¿qué condiciones económicas, políticas y sociales; qué decisiones nos han llevado a un panorama en el que pudiendo haber lo suficiente no lo hay, y entonces hay que decidir quién vive y quién muere, o quién merece una vida precarizada sobre otras condiciones de vida?

Filosóficamente también toca hacerse cargo de la reflexión existencial acerca de la vejez, la precariedad, la pobreza y la muerte. Pero convertir la filosofía en un instrumento que da razones y argumentos para justificar la barbarie es reducir las posibilidades que tiene el pensamiento para convertirlo sin más en una ideología. Y lo que necesitamos ahora y con urgencia son ejercicios críticos de lo que está pasando en México y en el mundo.

¿Hay criterios éticos para guiar la decisión soberana? ¿El filósofo será el verdugo? ¿La filosofía puede construir la justificación de la decisión por principio más injusta e inmoral? No, imperativamente no. El quehacer filosófico tiene que argumentar en contra de la instrumentación de un supuesto criterio universal para tomar la decisión de quién vive y quién muere. La tarea filosófica es cuestionar este inaceptable presente, producto de una historia de las más crueles desigualdades, donde no todas las vidas tienen el mismo valor, donde no todos los cuerpos tienen atención médica oportuna y suficiente. En este país las condiciones económicas de las personas son un triaje permanente en términos de salud. Esta pandemia se está convirtiendo en un lente de aumento que está visibilizando aún más lo que ya sabíamos sobre las desigualdades y sobre el precario sistema de salud pública que tenemos.

Desde la filosofía nos toca insistir en la denuncia y en la urgencia de construir un futuro mejor en el que haya un sistema de salud universal, en el que los equipos médicos no se vean nunca más forzados a decidir lo que nadie debe decidir. Ni en tiempos de pandemia y, sobre todo, como práctica cotidiana en las zonas más pobres del país.

No se trata, entonces, de justificar el triaje y alegar su carácter de inevitable, sino de señalar qué hay detrás de él y buscar en contrapartida un proyecto de humanidad moral en donde todas las vidas -y las muertes sean dignas.

Los ejemplos de la guía son escalofriantes e incluso inmorales, los casos imaginarios de comentaristas conservadores y progresistas son igualmente insostenibles. El criterio fundamental de esta guía es edaísta, esto es, privilegia cuidar la vida de las personas jóvenes por encima de las viejas. El documento plantea que deben priorizarse las “vidas por completarse” y define completar como el transitar por las etapas del desarrollo (infancia, adolescencia, adultez y vejez); lo que sea que esto quiera decir, pero que, por supuesto, no es diáfano.

No es prudente discutir en este espacio si es o no un criterio éticamente justo, pues no hay tal justicia ética en esto. Lo que sí podemos discutir es lo inoportuno que ha sido el haber hecho público un documento borrador que iba a generar reacciones y temores sin tener al mismo tiempo perspectivas de contención. No se puede decir a la población de más de sesenta años: tu vida no vale y será sacrificada en aras de salvar las vidas más jóvenes. ¿Dónde está la discusión ética allí? ¿Cómo contenemos lo que eso genera en los imaginarios de las personas de la tercera edad? ¿Cómo le hacemos saber a la población en general que el acceso a la salud tiene que ser para todas y todos sin discriminación de ninguna clase? ¿Cómo arropamos los miedos de quienes tienen diabetes, hipertensión, cáncer, VIH y demás enfermedades crónicas? ¿Lo haremos diciéndoles que hay una tabla con cuantificadores y que eso decidirá neutramente su destino? La filosofía tiene que ser prudente y estar a la altura de las circunstancias.

Arnoldo Kraus (1) en un argumento que recuerda la Ética nicomaquea de Aristóteles, planteaba la posibilidad de ponderar el valor de la vida a través de su pasado. Parafraseando, plantea que una pregunta posible podría ser: ¿qué ha hecho esta persona por la vida de los demás, ha tenido un compromiso social o ha sido indiferente frente a la vida de las y los demás? Kraus no defiende este criterio, solo lo pone sobre la mesa de discusión, sin embargo, podríamos cuestionar la valoración del pasado de una vida sobre su posible futuro. El activista que él convoca a nuestra imaginación puede mañana convertirse en un feminicida, lo hemos visto, y el exconvicto puede bien devenir en héroe, también lo hemos visto. No hay criterio ético universal para decidir quién vive y quién muere.

No podemos negar la realidad que está por alcanzarnos, pronto los equipos de salud tendrán que decidir lo éticamente indecidible en esta demoledora crisis. Pero hay que saber que este abuso en lo que les vamos a pedir a los equipos médicos es producto de un fracaso de la sociedad, de un fallo en el sistema. Estamos en deuda con el gremio dedicado al cuidado de la salud y debemos exigir que pasada la crisis, además de bonos y sobresueldos, el Estado cuide de su salud mental y moral. Decidir lo indecidible les pasará factura y nos tocará también como sociedad apoyarles y contenerles en lo que está por venir.

En este contexto, será también importante resistir y reprobar la previsible e inmoral batalla mundial por insumos contra el Covid-19. Esperemos que la propuesta de México ante la ONU para evitar su acaparamiento se materialice en acciones congruentes con un espíritu de solidaridad global. Esto de alguna manera podría repartir de una manera más equitativa las materias para el tratamiento de la enfermedad y minimizar la práctica del triaje.

Insistimos entonces en hacer un llamado a las humanidades a deconstruir las condiciones históricas que facilitaron esta crisis humanitaria y pensar qué horizontes normativos nos permitirían aspirar a un mejor futuro. En este sentido, a la filosofía no le corresponde la justificación de lo éticamente injustificable, sino la crítica de la historia y del proyecto de futuro que nos ha colocado en este escenario apocalíptico, que no hay que naturalizar, pues pudo no haber sido. No era inevitable, se fue construyendo en el tiempo y a través de un proyecto de nación en el que la salud no fue nunca un bien común y un derecho universal, público y gratuito.

En México, la corrupción ha llegado a niveles escandalosos y exterminadores. Se han desviado fondos y se ha despojado al sector a lo largo de décadas en las que el Estado no ha invertido en salud. No olvidemos nunca, el agua que le dieron a niñas y niños en Veracruz en lugar de quimioterapias y el Seguro Popular, proyecto que no fue ni seguro ni popular, pues agravó las desigualdades de salud entre las entidades federativas reproduciendo las carencias o privilegios (además de funcionar corruptamente como caja chica de gobernadores que deberían estar en la cárcel). Mencionamos estos ejemplos solo para traer a la memoria dos sucesos dentro del desastre de infraestructura y espíritu inmoral que ha destruido el sistema de salud mexicano.
La guía que fue presentada no tiene nada de bioética. Es un instrumento ideológico con el que no podemos concordar. La justificación que sostiene que este escenario es análogo al de la guerra y que en las guerras esas difíciles decisiones hay que tomarlas, es una prístina muestra de la perversión de la razón que naturaliza la violencia y se olvida de que la decisión soberana es la que por principio moral hay que resistir y denunciar.

Profesoras -investigadoras  de la Facultad de Filosofía de la UNAM.

1 Ver entrevista de Denise Maerker a Arnoldo Kraus en Atando Cabos https://www.radioformula.com.mx/audio-y-video/audio/20200415/el-triage-n... Revisado: 18 de abril de 2020

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