En la relación México-Estados Unidos, la escalada discursiva desde Washington enmarcando a los cárteles como una amenaza trasnacional a la seguridad hemisférica, continúa abonando a la construcción de la narrativa de securitización que, en casos extremos, legitime en el debate político estadounidense la probabilidad de intervenciones coercitivas o militares.
La Casa Blanca tiene ya varios meses puntualizando una extrema preocupación sobre la hidra narcopolítico mexicana y el cerco de impunidad que arropa a prominentes personajes de Morena. ¿El gobierno de Trump está preparando a su audiencia para acciones más duras en algunas regiones de México?
Las palabras de Pete Hegseth avisando a Latinoamérica que Washington está listo para lanzar una ofensiva militar contra los cárteles, no deja de ser una amenaza creíble y una de las advertencias más claras y severas en medio de los frentes abiertos que mantiene Estados Unidos en su guerra contra Irán.
Y en rutas paralelas no sólo se anuncia, también ayer, que comienza la primera ronda de conversaciones formales del T-MEC sino también se delinearon los objetivos principales de la coordinación estratégica formulada entre los países invitados a la conferencia de varios líderes militares de América Latina sin México en la mesa (¿quizá en el menú?), es bastante claro que la hoja de ruta de Trump está frente a las narices del gobierno de Sheinbaum.
Basta analizar de manera conjunta todas las diversas señales –discursos políticos, declaraciones de altos funcionarios, la NSS2025, acciones militares en la región y foros regionales de seguridad—para establecer una relación analítica que apunta hacia un proceso de securitización del fenómeno de los cárteles y su red de complicidades políticas en la esfera de la seguridad estadounidense. La articulación de las alertas amplía el espacio para considerar respuestas de carácter militar.
Los cambios anunciados dentro del gabinete de seguridad del presidente estadounidense matizan las formas, pero no el fondo. De cara a las elecciones intermedias donde los acontecimientos geopolíticos mueven los tableros y agendas, la presión contra México se viene desarrollando en la esfera comercial y de seguridad donde la segunda “coloniza” la primera.
El contexto global se asume ya como volátil en los escenarios de prospectiva con los impactos transversales que suelen subestimarse porque no ocurren directamente en el campo militar, pero están afectando múltiples sistemas amén del desgaste del orden internacional y la normalización del riesgo geopolítico.
El ruido generado por las acciones militares de Estados Unidos en su guerra en el Medio Oriente no debe distraer el foco de los temas espinosos que estarán en la mesa del T-MEC y que el gobierno de la presidenta Sheinbaum deberá cumplir; la integración de instrumentos económicos, certidumbre jurídica y de seguridad dentro de la misma lógica estratégica de negociación bilateral. La cooperación entre ambos países ayudará a mantener la estabilidad en el acuerdo comercial. Hoy la interdependencia económica también crea instrumentos de poder. Sin embargo, todo apunta a que será menos parecido a un tratado comercial clásico y más a una arquitectura económica de seguridad regional. Y con los resultados y entregables en materia de seguridad, se asume que México está listo.

