La confianza es uno de esos singulares conceptos tan difíciles de definir como necesarios para comprender lo humano; es una energía invisible difusa pero cierta que sostiene la estructura fundamental de las relaciones personales, la confianza es la condición de la coexistencia. Su lógica integra lo afectivo, emocional y racional.

México

vive varias crisis al mismo tiempo, una especie de tormenta perfecta donde se arremolinan los problemas rebasando la capacidad del Estado y desencadenando una delicada situación social con un gobierno encabezado por un presidente que decidió que su transformación pasa por la discordia, la división y la polarización. En su hoja de ruta no existen los consensos sino las órdenes. Al menos es más patente en su círculo cercano donde se percibe con más claridad la ruptura de esa burbuja que fracasó en llevar a buen puerto las instrucciones presidenciales.

López Obrador

ha vivido las últimas semanas una espiral de contradicciones, yerros y omisiones que han impactado su estado de ánimo y es bastante notorio. La cuatroté no avanza coordinada, comunicada y ordenada. La derrota electoral en la Ciudad de México y el tropezón legislativo de la revocación de mandato fueron epicentro de cambios importantes y de un golpe de timón. Sin el manejo de las formas políticas el Ejecutivo agravia con dolo, no hay porqué infundir miedo mediante símbolos si se puede atacar directamente: puede cualquiera quedar excluido, difamado, señalado, marginado, castigado, regañado o grillado. Y en esta zozobra interna la realidad impone situaciones que deberían alertar sobre las consecuencias. El vergonzoso episodio de permanecer en su camioneta con la jefa de Gobierno adentro —invitada de última hora a Chiapas— en la puerta de la VII Región Militar exhibió no sólo su irresponsable terquedad sino el desastre logístico, de inteligencia y de reacción de su gabinete de seguridad. Cómo pensar que se le va a abrir paso al jefe del Estado mexicano atropellando al pueblo bueno de la CNTE si se puede desquitar con los migrantes y de paso el crash course aprendido se aplica para alcaldes electos y que se oiga claro y fuerte, “no pasarán” y al diablo la palabrería del humanismo y Ghandi.

Los militares encargados de velar por el paso seguro del presidente a su mañanera en los hechos fallaron y debería llenarlos de vergüenza las imágenes del zafarrancho chiapaneco .

Pero el caos es fiel compañero del régimen; el caos rodeando el vehículo presidencial. El caos rodeando a la caravana migrante . El caos rodeando a autoridades electas golpeadas afuera de un recinto legislativo.

Y todo se minimiza, se justifica y se escala la polarización social y política ante el silencio ensordecedor de los de casa. Pero la complicidad tiene límites, el vaso de la burbuja interna resiente las formas presidenciales y se resquebraja la confianza.

Y en el cuarto año de gobierno ésta se vuelve un ingrediente fundamental para aumentar la tolerancia a un futuro de mayor incertidumbre y de complejidad de sucesos…

POR LA MIRILLA

El desaseo en la salida de Julio Scherer —amigo y “hermano” como dice el Ejecutivo— vuelve a ser botón del incontrolable fuego amigo en el Palacio. Las contradicciones, rumores, desmentidos y confirmaciones sumadas al veneno político en el radio pasillo presidencial no son buenas señales y exhiben nula cohesión interna.

López Obrador quiso enmendar los tropezones, filtraciones y errores que salieron de su círculo ayer en la mañanera, pero fue tarde… el daño estaba hecho.

@GomezZalce