Política mata ciencia

Marcela Gómez Zalce

Un punto de partida para comprender la función del consumo y las actitudes de los consumidores en la esfera de la alimentación, deriva de la premisa que tanto el trabajo humano como el consumo son parte nodal de toda sociedad en su proceso de producción. En las sociedades contemporáneas el ingreso es el reflejo de su avance y ello se concatena con el nivel de consumo que generan diversos tipos de bienes, aunque los alimentos son los más importantes. A raíz del TLCAN el sobrepeso y la obesidad presentaron un rápido incremento como resultado del modelo económico, de la transformación en las condiciones de producción y demanda de alimentos debido primordialmente a la migración del campo a los centros urbanos y a la transición alimentaria.

El sobrepeso y obesidad en México son un problema creciente, que no se estanca y se encuentra igualmente en zonas rurales, pobres, ricas y urbanas del país.

Según los expertos en tan solo cuatro décadas el perfil epidemiológico ha cambiado de una situación en que la desnutrición y las enfermedades infecciosas eran los mayores problemas de salud pública a uno dominado por la obesidad, la diabetes, las enfermedades cardiovasculares y otras enfermedades crónicas no transmisibles relacionadas con la nutrición.

Datos de la OCDE señalan que México ocupa el segundo lugar a nivel mundial, el primer lugar lo ocupa Estados Unidos, con mayor tasa de obesidad en adultos teniendo un grave impacto en el desempeño de la economía nacional. Hoy, ante la emergencia sanitaria el Covid-19 desnuda en las alarmantes cifras de decesos, gran parte de ellos; pacientes con condiciones médicas previas, el descomunal reto que tiene México en implementar con mayor agresividad un paquete de política de salud pública pese al avance en el etiquetado de alimentos y bebidas no alcohólicas.

De acuerdo a cifras de la OMS, en el mundo por cada 100 personas diagnosticadas con el Covid-19 fallecen 7 mientras aquí mueren 9, dos más que en el promedio del resto del planeta.

La alta tasa de letalidad que determina cuántas personas infectadas han fallecido podría responder a que los pacientes sufrían de obesidad, diabetes e hipertensión, las tres condiciones médicas que debilitan el sistema inmunológico.

Esto es sabido por el panel de expertos encabezado por el científico-político que ante el circo de cifras, curvas aplanadas y modelos que siembran dudas, no logra comunicar certidumbre a la ciudadanía entre los semáforos, desconfinamientos graduales, uso de cubrebocas y sanas distancias.

En el ya emblemático y desordenado concierto de balbuceantes contradicciones, el ciudadano presidente comenzará sus giras la semana próxima, en pleno pico de contagios y al diablo la prudencia. Y cuando una cuestión ocupa un lugar central del debate político con alto grado de polarización y con un número importante de actores, es ya la arena de la politización. Porque si para la 4T la aplicación de pruebas masivas es un “desperdicio de tiempo, de esfuerzo y de recursos”, política mata ciencia. Y sin mapa de ruta no hay regreso a la “nueva normalidad” sin riesgo de más contagios y defunciones.

Imperdonable que la apuesta sea con vidas humanas. El silencio cómplice de la corte palaciega esboza las formas y el fondo del peligroso espejismo. Y en pleno torbellino sanitario, los brutales recortes empujando a México al precipicio de la pobreza, el desempleo y la inseguridad.

Juntos.. haciendo historia.

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