El conflicto geopolítico en Irán ha arrastrado a los mercados, a los inversionistas y a las predicciones económicas en este convulso primer trimestre de 2026. Todo enmarcado de incertidumbre. El contexto representa un factor de riesgo significativo para la estabilidad energética global. Dado que el petróleo es un commodity con precios determinados en mercados internacionales, cualquier interrupción en la región del Golfo Pérsico genera efectos indirectos en economías dependientes de importación de combustibles y sus derivados, como México.
La narrativa sobre la autonomía energética mexicana se ha visto influida por dinámicas de posverdad, donde los discursos políticos del gobierno anterior y de Sheinbaum priorizan percepciones de autosuficiencia por encima de las limitaciones estructurales del sistema energético. Se ha convertido en el relato de la cacareada transformación que contrasta con la persistente dependencia de combustibles importados.
Irán y la región del Medio Oriente ocupan una posición central debido a su alta concentración de reservas de petróleo y gas natural, así como su absoluto control sobre las rutas estratégicas de transporte. La infinidad de noticias sobre lo que sucede en el estrecho de Ormuz y sus secuelas globales en medio del conflicto bélico son aún de pronóstico reservado.
El discurso del presidente estadounidense de hace unos días vuelve a enviar señales encontradas sobre la estrategia poco clara de una guerra que ha arrastrado a los mercados a una escalada de incertidumbre y ha contribuido a reactivar tendencias nacionalistas globales especialmente en materia energética, de seguridad y política exterior.
En paralelo este conflicto ha generado protección de mercados internos, control de exportaciones energéticas y políticas industriales estratégicas. Ha catalizado un resurgimiento del nacionalismo geopolítico debilitando las dinámicas de cooperación internacional y reforzando políticas orientadas a la autosuficiencia.
Y justo en medio del torbellino de la incontinencia verbal de Trump con sus amagos de intensificar ataques contra Irán durante las próximas semanas sin presentar un plan claro para terminar con el conflicto, los mercados energéticos continuaron la escalada de incertidumbre. El factor Irán se convierte en la tormenta perfecta energética cuyas secuelas incluyen volatilidad de precios, nacionalismo energético y mayor vulnerabilidad económica para Estados Unidos y México además de reconfigurar las dinámicas internacionales.
No sólo representa una crisis regional, sino un catalizador de transformaciones geopolíticas más amplias. La convergencia entre nacionalismo energético, posverdad y vulnerabilidad estructural configuran un nuevo escenario internacional, donde la seguridad energética vuelve a ocupar un lugar central en la política global y redefine el papel de América Latina en el sistema energético mundial.
El gobierno mexicano va tarde de cara a esta tormenta perfecta en al menos tres frentes: reservas estratégicas, diversificación de riesgo y reducción de dependencia.
Y eso sin tomar en cuenta que también se va a replantear el papel del T-MEC como un acuerdo de seguridad energética regional donde la interdependencia entre México, Estados Unidos y Canadá se intensifica ante la volatilidad geopolítica.
¿Podría México aspirar a posicionarse como un posible hub energético regional en el hemisferio occidental?
@GomezZalce
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