El contagio reputacional institucional es el proceso por el cual la percepción negativa generada por conductas irregulares y poco éticas de miembros o dependencias de una organización se transfiere simbólicamente a otros actores vinculados, erosionando la legitimidad colectiva. Es un fenómeno perceptivo y político, no necesariamente jurídico.
El escándalo del audio sobre el huachicol fiscal tolerado dentro de las más altas esferas de la Secretaría de la Marina, debería ser un asunto tratado con una vara de cero impunidad por la presidenta Sheinbaum.
El esquema de un desfalco al erario por más de ¡600 mil millones de pesos!, en una irrefutable economía criminal involucra, ni más menos, a dos secretarios de Estado quienes, según la grabación revelada por Aristegui Noticias, contaban con pleno conocimiento de la hidra de corrupción dentro de una de las instituciones con más prestigio.
Las secuelas de ocultar un escándalo de esta magnitud donde el contralmirante Guerrero Alcántar mostró al entonces titular de la Semar Rafael Ojeda así como también al actual secretario de Marina, Raymundo Pedro Morales, la hoja de ruta con nombres y apellidos de los involucrados, desencadenaron no sólo el asesinato del marino un mes después de denunciar los hechos, sino el encubrimiento sistemático que ha sumido a la institución en una crisis.
La FGR y la misma jurisdicción castrense no tienen margen de maniobra ni salidas distractoras ante la información exhibida hace unos días en ese audio. La gravedad de la evidencia muestra una normalización de la corrupción, de la impunidad y de la captura del Estado.
El hecho ya no es aislado sino parte de un patrón estructural de una práctica sistémica de corrupción que está ocasionando un daño reputacional que se va amplificando con el paso de los meses en esta joven administración.
Todo el batidero en la antesala de una revisión-negociación del T-MEC.
La difusión del audio y el timing del mismo no implican automáticamente responsabilidad legal para otras figuras del gobierno, pero sí le pega debajo de la línea de flotación a Sheinbaum —cuyo contexto actual de batallas internas la coloca al filo de la navaja morena— al instalar en el colectivo, no sólo civil sino militar, la percepción de conocimiento previo, tolerancia y absoluta falta de control institucional, ampliando el desgaste más allá de la burbuja del alto exmando naval.
Un contagio que no es automático. Sin embargo, sin una investigación clara y castigo ejemplar puede resultar peligroso.
Nuestras fuerzas armadas dependen fuertemente de una confianza vertical (mando-tropa). La legitimidad interna se basa en la percepción de justicia disciplinaria. Si se instala la percepción de impunidad, el riesgo no es sólo reputacional sino moral y doctrinal.
El escenario del asesinato del contraalmirante poco después de señalar la red de corrupción en puertos y aduanas, tiene similitudes con la ejecución del llamado rey del huachicol, Sergio Carmona. El benefactor electoral de Morena quien además gozaba del picaporte expresidencial.
El patrón moreno de silenciar a los protagonistas de la hidra política criminal empieza a asomar su rostro mafioso como forma de organización en la que funcionarios utilizan el poder público para proteger redes criminales, intercambiar favores y obtener beneficios ilegales mediante coerción, corrupción y el tan cacareado 90% de lealtad.

