El “fraude” de Trump

Marcela Gómez Zalce

El populismo no significa que el líder carismático ofrezca un buen gobierno. El reciente proceso electoral en EU exhibe señales de las consecuencias de llevar al extremo la mentira, la simulación y la división

A pesar de todas las ambigüedades e imprecisiones que se le atribuyen, el populismo se ha ganado un lugar en la historia reciente digno de análisis. Especialistas difieren no sólo por sus atributos particulares sino en torno a su fundamental dominio, esto es si corresponde al área política, social, discursiva o económica. Lo que es innegable es que el populismo sirve para ganar elecciones y en cierta manera para gobernar, para subsistir en el poder. El populismo funciona, pero no significa que su líder carismático y simulador ofrezca un buen gobierno. El reciente proceso electoral en Estados Unidos exhibe señales de las consecuencias de llevar al extremo el relato de la mentira, la simulación y la división.

Al cierre de este espacio un desencajado Trump descalificaba todo el proceso argumentando fraude sin exhibir prueba alguna cuando aún se están contando los votos en estados clave. Las secuelas de su incontinencia y beligerante desafío pondrán todo el sistema a prueba, pero lo cierto es que la jornada electoral arrojó resultados que sorprendieron más allá de quien resulte ganador. Siendo Estados Unidos una democracia sólida donde funcionan sus instituciones, el reto que enfrentarán será uno de los más importantes.

El presidente Trump fue competitivo y la ola azul demócrata no sucedió arrastrando consigo los pronósticos de encuestadores, especialistas y comentócratas sobre una victoria holgada para Joe Biden. Malas noticias que en el actual contexto el discurso de odio e intolerancia gocen de cabal salud y rentabilidad electoral.

El terrorífico escenario de más de 230 mil muertos por covid19, de niños enjaulados y separados de sus familias, de racismo, de crisis económica y una pandemia fuera de control no fueron elementos suficientes para un claro voto de castigo. La exigencia de Trump de detener el conteo de votos la noche de la elección no tiene precedente en la política estadunidense augurando tiempos aciagos para su democracia.

México debe prepararse para una nueva etapa en la relación bilateral donde los ejes de presión y tensión estarán en las esferas de la migración, del comercio y la seguridad.

El sonsonete de los abrazos morenos no estará en el radar de la empatía ante una eventual victoria de Trump, quien no podrá buscar otro periodo al frente de la Casa Blanca, o de Biden, quien buscará un nuevo sello en la relación bilateral.

Los casos de Genaro García Luna y de Salvador Cienfuegos estarán sobre la mesa de pendientes urgentes del despacho Oval así como las quejas de incumplimiento de varios capítulos del T-MEC.

Asumir que terminado el convulso periodo postelectoral —que pudiera terminar en la Corte Suprema— los motivos de fondo entre ambas naciones no se modificarán, es un espejismo. Las formas pasarán el trago amargo de la discusión del rol de las agencias extranjeras en suelo nacional y la presión sobre la infiltración del narcotráfico en las más altas esferas del Estado mexicano. Esto podría ser motivo de un replanteamient allá hacia una nueva certificación acá que pasará por el tamiz de nuestras fuerzas armadas.

Trabajar sobre la confianza mutua se antoja difícil y los eventuales juicios en puerta serán la punta del iceberg de las consecuencias de traicionar la misma.

El escenario bilateral luce árido y la siniestra herencia de la estela de polarización y división auspiciada por ambos Ejecutivos en ambos países no sólo vulnerarán aún más el tejido social sino eventualmente volverán más ríspida y difícil la ruta para una sana comunicación en un volátil contexto binacional.
 

@GomezZalce
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