No hay patrón. Se esfumó el empleador. Con ellos ausentes, desaparecen los trabajadores. La relación laboral se evapora. Usted es “socio conductor”, no tiene jefe que le mande, decide cuánto tiempo labora y a qué horas. Bienvenido: es usted arquitecto de su propio destino. Libre de ataduras. Adiós a checar tarjeta. Ya la hizo: ¡es su propio jefe!
Uber le propone traslados y los puede aceptar o no. El algoritmo, sea eso lo que sea, le da la oportunidad de transportar a personas de un punto a otro de la ciudad. Es dueño de su vehículo. Por fin se han roto las cadenas. El dinero que gana, luego que la plataforma se lleva su parte, llega a su cuenta y deriva de su esfuerzo. No trabaja en, ni para, una empresa: usted es el empresario.
Quienes estudian al capitalismo de plataformas, señalan que razonamientos como el anterior están en la base de la relación entre aparentes entelequias. Es el discurso que emiten. Pero claro que hay patrón y trabajadores; por supuesto que los dueños de Uber, propietarios del espacio digital y del algoritmo, diseñan las reglas de su empleo, obtienen ganancias enormes pues al dizque socio le descuentan una parte de lo que pagan los usuarios —y no poca. El resto, luego de descontar gastos que asume el socio, es un salario embozado.
En el espacio laboral de la academia sucede algo parecido. Toda analogía es imperfecta, pero puede iluminar lo que sucede.
Desde 1985, con la creación del Sistema Nacional de Investigadores y las becas que concede, y luego, al insertarse en las instituciones de educación superior el sistema de pago por mérito, del que derivan monedas adicionales que no son parte del salario, se ha abierto, para un sector de las y los académicos de tiempo completo, el entorno propicio para la emergencia, desarrollo y consolidación de una nueva especie: el Uber Academicus.
¿Trabajadores? Eso lo serán los administrativos, los de intendencia o las y los profesores de tiempo parcial. Nosotros somos Académicos, con A.
Operan, como una especie de algoritmo, tabuladores o listados de actividades que rinden dinero y prestigio. Uber Academicus tienen tres fuentes de ingresos: el salario, que deriva del contrato con la institución, y genera productos. Pero esas mismas obras y labores, si uno quiere, con toda libertad, someterlas a evaluación en la entidad donde las debe realizar, una Comisión de Pares asigna valores diversos a clases, artículos, libros o tesis. De acuerdo con el nivel alcanzado en una escala, se le otorga otro monto de dinero: un estímulo, pero no salarial. Y si, de nuevo, ¡por las mismas actividades y resultados! se decide proponerlas al SNII, y resulta positiva la valoración, se le transfieren más más monedas bajo la forma de un estipendio mensual, tampoco incluido en el salario.
¿Qué suele orientar, entonces, sus labores? Los productos o tareas que son más reconocidas. ¿Un curso? Da 300 puntos. ¿Un artículo indexado? Entre tres y seis mil.
¿Tareas de estudio o de apoyo a la institución de residencia? Pocos puntos, o nada. El diseño de la trayectoria es individual.
Ser Uber Académico es construir carreras con base en el individualismo meritocrático competitivo. Producir muchos “papers”, graduar estudiantes con prisa, ofrecer cursos con pocos alumnos, huir del compromiso con la universidad y no perder el tiempo en seminarios de estudio con colegas.
El dinero modifica hábitos de consumo (Profesores Titulares BMW), pero no construye tradiciones intelectuales.
Socios aislados: a solas y rendidos.
mgil@colmex.mx @ManuelGilAnton

