Era un secreto

Manuel Gil Antón

Ya no. Gracias al trabajo y compromiso ético de quienes integran la Oficina de Defensoría de los Derechos de la Infancia A.C. (ODI), la explotación sexual infantil en escuelas ha tomado otro cariz y tenemos que hacernos cargo, aunque cale. Hay indicios suficientes para establecer una conjetura plausible: se cruzan los linderos de la terrible experiencia que han vivido ¿decenas, centenas, millares? de niñas y niños al ser objeto de abuso sexual en planteles escolares, porque es probable que exista un fenómeno más grave aún al añadir al abuso sexual infantil tan solo una palabra: organizado.

El 31 de mayo se dio a conocer el informe “Es un secreto: el abuso sexual infantil en escuelas” (https://dispensariodi/es-un-secreto). Elaborado por la ODI, fue noticia de primera plana en este diario y se dio a conocer por muchos medios de comunicación tradicionales y modernos.

Sobrio, pero sin eludir las descripciones necesarias, el informe da cuenta cómo, a lo largo de más de una década de litigar casos de abuso sexual ocurridos en planteles escolares, fueron apareciendo patrones semejantes en distintas escuelas. No se trataba sólo de la aterradora experiencia sufrida por las niñas y los niños ubicados entre los 3 y los 7 años de edad, a la que se añadía el padecer de sus familias por esos hechos y el largo transcurso de los procedimientos penales, sino de la ocurrencia de formas similares en que este delito se cometía en planteles públicos y privados. ¿Casualidad acaso?

A partir de las declaraciones de las víctimas, se fueron reiterando características inusuales: no eran acciones aisladas. “Se trata de patrones delictivos marcados por acciones organizadas entre varios adultos y perpetradas de manera masiva dentro de un plantel escolar”. En uno de los casos, 19 niñas y niños fueron agredidos por 10 adultos de manera cotidiana; en otro, 49 asediados por 11 adultos.

Esto ocurre no solo en salones o sitios cerrados, sino en pleno patio. Hay personas que ¡toman fotos o videos! A no pocas criaturas les dieron un refresco que “da mucho sueño” –las sedaron– y fueron trasladadas a otros lugares. El uso de máscaras y realizar ritos extraños eran recurrentes: “En 6 escuelas presencian sexo entre adultos. En 7 escuelas son obligados a realizarse tocamientos entre sí. En 16 escuelas se denuncian prácticas ritualistas y grotescas.”

La ODI amplía su mirada y encuentra denuncias, sustentadas, con procedimientos semejantes en 18 escuelas situadas en 7 estados de la república. Y denuncian, con la pulcritud propia de quienes respetan el estado de derecho, la probable existencia de una red en que el abuso sexual infantil está organizado. En otras palabras, la sospecha fundada de la captura de escuelas para la explotación sexual infantil en línea.

No se acusa al magisterio, sino a quienes, ostentándose como tales, o como empleados de los planteles, usurpan esos puestos para cometer crímenes. Esta distinción es muy clara. La colusión de tantos adultos en un solo plantel no se explica como algo casual y es incorrecto que la SEP atienda estos casos sin dar vista a las autoridades judiciales. ¿Omisión, encubrimiento para “no dañar a la educación”, cambiar a quien agrede a otra escuela? ¿Es una red que medra con la venta de las imágenes? Preguntas válidas.

La SEP, la Fiscalía General y las de los estados, y otras instituciones, sin demora, deben realizar una investigación a fondo. Ya no es un secreto. ¿Habrá una respuesta del tamaño de la posible afrenta? Más nos vale.

 

Profesor del Centro de Estudios Sociológicos de El Colegio de México.
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