¿A quién les vas? ¿A Marx o a Mario? ¿Eres de la Nueva Escuela Mexicana (NEM) o neoliberal de la OCDE? ¿Consideras adecuados los libros de texto de ahora, o eran mejor los de antes? ¿Apoyas la pedagogía crítica y el trabajo por proyectos, o eres porrista de las asignaturas y los exámenes de opción múltiple? ¿Consideras genial la educación sociocrítica, o le apuestas a producir empleados sumisos? Entre la reforma de Peña y la de AMLO; frente al Nuevo Modelo Educativo (NME) de Nuño y la NEM ¿por cuál te decantas? El lugar donde ubiques la letra E te define de cuerpo entero.

Qué modelo curricular es el bueno: ¿el de 2022 (Campos Formativos de la NEM), el de 2017 (Aprendizajes clave del NME) o el de las competencias, de 2011? ¿Arriaga era buen funcionario y líder, o un apóstol de Freire mal leído? La poeta que lo sustituye, ¿está preparada para la tarea, o es nomás obediente? Ya, responde: ¿con quién estás? Solo hay de dos sopas. ¿Blanco o negro? ¿Conmigo o contra mí? ¡Contesta!

A juicio de muchas personas, en el sentido de las respuestas a estas preguntas —y otras semejantes en cuanto al esquema que las hermana: opta por una de dos— reside el problema educativo nacional. Sostengo que es falso.

Se cree que, en dar cuenta de desfiguros, formas de operar de quinta, y estudios detallados de galimatías, se encuentra el análisis a fondo de la educación en México. Sostengo que no es cierto.

Ah, pero eso sí: es muy entretenido el espectáculo, da para notas de color en los medios y formas fáciles de rasgarse las vestiduras: ya sea en nombre de la niñez, la comunidad, el aprendizaje o la empleabilidad. Es cosa de elegir cuál es el santo de su devoción, y a darle de palos a una piñata que no existe y con los ojos vendados.

La cuestión de fondo es sencilla de expresar, pero difícil de llevar a cabo: no tenemos un horizonte educativo de largo plazo, razonable, bien pensado, construido con paciencia y formas de participación en su diseño que, por el tino en la composición variada de sus integrantes, y los procesos descentralizados de consulta en serio, dada la diversidad del país, resulten confiables para la sociedad, y sea asumido como un proyecto de Estado, digamos, a 30 años, con lapsos de revisión y ajuste pactados con independencia de los gobiernos en turno.

Al contar con ese rumbo, es posible modificar con inteligencia la formación de docentes futuros, alinear el currículum a ese objetivo, ensayar —y corregir— estrategias pedagógicas y didácticas paulatinamente, modificar las estructuras de organización del trabajo en las escuelas y en la propia SEP, revisar la disposición arquitectónica de las aulas y diseñar los materiales educativos.

De otra manera, nos pasará lo mismo: el modelo curricular 2011 se expide casi al terminar el sexenio correspondiente. Igual el de 2017 y el de 2022. Cada seis años, y al atardecer del periodo. Así, no hay modo de avanzar.

¿Cómo hacerlo? Algunas ideas: Congresos Pedagógicos regionales; consultas de a de veras, bien organizadas, con el magisterio y con especialistas en pedagogía, didáctica y otras dimensiones en juego; conformación de un grupo confiable que lo proponga, ponerlo a consideración de otras personas entendidas, y adoptarlo en serio. Seguro hay más, no pretendo ser exhaustivo ni mucho menos.

O le entramos a un reto de esta magnitud, o seguiremos comentando anécdotas, procreando ocurrencias y respondiendo preguntas baladíes. El proyecto educativo del país, sostengo, es un asunto de Estado, no de cada gobierno.

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