Recibí, hace días, las palabras de un amigo entrañable. Sin permiso, porque no es necesario, las comparto: “Estoy cenando delante de la tele. EU e Israel lanzan bombas sobre Teherán y otras ciudades iraníes. Irán lanza misiles contra Tel Aviv. El Consejo de Seguridad de Naciones Unidas está reunido para ver qué puede hacer. Guterres condena todos los ataques. ¿Nos hemos vuelto locos? ¿No teníamos bastante con los bombardeos sobre Gaza y Kiev? ¿Hemos olvidado Guernica, Varsovia, Berlín, Londres, Leningrado, Hiroshima…? Me cago en Trump, en Netanyahu, en Putin, en Xi Ping, en Hamás, los ayatolas, Milei y Bukele. ¿Vamos a permitir que estos tipejos destruyan la humanidad?

¡No a la guerra! ¡No a la guerra! ¡no a la guerra!” Lleva tanta razón. Me las envió el 28 de febrero, apenas. Y en los días que han seguido, las cosas lejos de mejorar empeoran en el mundo.

Recuerdo a Monsiváis y coincido, coincidimos, creo, muchos: “O yo no entiendo lo que está pasando, o ya pasó lo que estaba entendiendo”.

La forma en que nos era dado pensar al mundo, a los trozos de realidad que nos son accesibles, ya sea mirando al planeta o nuestro terruño, han reventado. No hay dónde poner, al menos, una explicación que ayude a comprender esta locura.

Ambos ya escribimos nuestra edad con el siete y tantos. Nos tocó marchar, quizá por primera vez, en 1973, cerca de cumplir 20 años, protestando por el golpe de Pinochet en Chile en el Paseo de la Reforma. Y de ahí pa’l real traemos en la memoria uno que otro triunfo de la cordura y la decencia humanas, y muchas derrotas de acuerdo con las convicciones que alojamos.

Hasta donde alcanzamos a otear, porque ver, lo que se dice ver con cierta certidumbre lo que ocurrirá la próxima semana, está siendo casi imposible, las cosas se irán agravando en el planeta.

En nuestro país también abundan los pesares y la dificultad para esperar prontas soluciones: la violencia apabulla cada día con la primera noticia: asesinaron a… desaparecieron tantos más cuantos…Se le ha ocurrido a Trump poner nuevos aranceles, y ofrece, “generoso”, sus servicios militares para resolver la delincuencia organizada… No cesa el reclutamiento forzoso de jóvenes por parte de organizaciones criminales… hay un desorden muy complicado en la SEP… los partidos impresentables no aceptan reducir sus canonjías.

Frente a este panorama desolador, muy complicado, sorprende, y anima, que, a pesar de todo, haya dos noticias alentadoras: volvieron las jacarandas a las calles de la ciudad, o florecieron otras especies en diversos lares del país, y el 8 de marzo las mujeres de México salieron a las calles a denunciar que el abuso no cesa, que el acoso es cotidiano, que los feminicidios aumentan, que ya basta.

Mientras no salimos a protestar, al menos, por tanto desastre en el mundo y en nuestra tierra, las jacarandas vuelven a iluminar las calles, y las mujeres a mostrar sus convicciones y el coraje porque sigue siendo no solo inhóspito, sino terreno baldío repleto de alambres de púas y socavones, ser mujer en el país.

Ambas, con un color tan parecido en sus atuendos, tercas y decididas, brotan de nuevo y en medio del caos gris, dibujan la esperanza, por un lado, y la exigencia que no se guarece en el sin remedio, sino que se lanza a las calles a decir: estamos, y estaremos decididas a que vivir sin miedo sea posible. Hasta que, como dijo la profesora Estela, en 2017, hija de Jacinta que vivió la cárcel de manera totalmente injusta, la dignidad se haga costumbre.

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