Los medios modernos de comunicación que incluyen el teléfono celular, internet, tabletas, han desplazado al correo tradicional en el mundo y en México. Por siglos, la única manera de comunicación entre las personas fue a través del intercambio de cartas, con las cuales se informaba de situaciones sociales, económicas, políticas, culturales, de afectos amorosos, de guerras. Sin embargo, los avances tecnológicos en materia de comunicación han capturado a las sociedades en la inmediatez del acto comunicativo. La sensibilidad que se deposita al momento de sentarse a escribir una carta se ha perdido frente a la frialdad que representa manipular un teclado de algún dispositivo digital para redactar. El papel y la tinta han sido arrumbados en los anales del olvido creativo para capturar a las personas en la frialdad de la comunicación digital: rápida, instantánea, medida por un clic.
La niñez y la juventud, sobre todo, están capturados en el lenguaje críptico de emojis y símbolos para simplificar lenguaje. La palabra, vínculo central de la correspondencia escrita, sucumbe lamentablemente en el laberinto aberrante de la tecnología comunicativa actual. El arte de escribir muere irremediablemente.
En la era del correo electrónico y la mensajería instantánea, la carta escrita a mano se ha convertido en un ejercicio artesanal, donde la palabra escrita es la materia prima que da forma a la obra traducida en misiva. Mientras los mensajes digitales viajan en segundos y suelen necesariamente ser breves para leerse también en un instante, la carta escrita requiere tiempo, dedicación, espacio, inspiración y una intención más profunda, íntima, analizada y hasta soñada.
En estos tiempos de la era digital, del mundo del instante, de los hechos fugaces que no dejan huella perenne, escribir trasciende el solo hecho de transmitir información, es un acto sublime donde delinear palabras esculpidas por el pensamiento íntimo para integrar ideas completas, se conjuga con el papel, la tinta, la caligrafía en una escenografía especial para transmitir, lo que difícilmente se puede replicar en la frialdad de una pantalla de un dispositivo digital. En la misiva escrita, cada trazo de idea refleja la personalidad del remitente y el tiempo que este invierte en redactar, el destinatario lo percibe como un regalo.
En este mundo acelerado digital, la carta escrita es una creación, una obra que ofrece algo que la inmediatez digital no puede dar: intimidad, quietud, romanticismo, elegancia, permanencia en el tiempo. No se borra con un clic, se puede guardar como un tesoro y releerse aun amarillenta por los años. La carta escrita hace historia. Y ejemplos grandiosos de esto hay muchos en la literatura, historia, diplomacia, ciencia, arte. La carta escrita no ha desaparecido ante el correo electrónico. Los clásicos no desaparecen. Practicarla es un gesto de distinción, afecto especial por alguien, comunica autenticidad, estilo.
También se debe tomar en cuenta la opinión científica sobre la escritura a mano. Es fundamental para el desarrollo cognitivo, la retención de información y la concentración; es decir, escribir a mano ofrece beneficios que la tecnología no puede igualar. Los especialistas aducen que las personas recuerdan mejor la información cuando la escriben manualmente, en comparación con la que han digitado en un teclado. Esto se debe, agregan, a que el acto de escribir a mano involucra un proceso cognitivo más profundo, obligando al cerebro a sintetizar y resumir información. La coordinación mano-ojo y la precisión que demanda escribir a mano, fortalecen las anexiones neuronales.
Ante estas reflexiones acerca de la carta escrita frente a los avances tecnológicos y sus implicaciones, el Sindicato Nacional de los Trabajadores del Servicio Postal Mexicano, “Correos de México”, ha emprendido en la Casa de Cultura Postal, un círculo de actividades por correspondencia, siguiendo el arte coreano de escribir cartas inspirado en Juhee Mun, quien decía que “lo que más tarda en llegar, más tiempo permanece en el corazón”.
Casa de Cultura Postal está a sus órdenes en la calle Valentín Gómez Farías 52, colonia San Rafael, en la Alcaldía Cuauhtémoc, Ciudad de México.
Hasta la próxima.

