AMLO y el aborto: ¿un juarista que impone dogmas con consultas?

Maite Azuela

El Estado está tan obligado a respetar lo que las religiones impongan a sus seguidores como a no imponer dogmas a la ciudadanía. Despenalizar no obliga

La laicidad es fundamental para garantizar el pluralismo democrático. Incluso para las garantías de libertad de culto. Sin embargo, por lo que se refiere al aborto, las tentaciones por penetrar dogmas religiosos entre las cláusulas legales ha sido una constante, en todos los gobiernos federales anteriores y no ha sido una excepción con el gobierno morenista.

No sorprende que el Presidente construya un discurso entre eufemismos con los que evade su postura sobre el aborto y posterga una decisión fundamental para la despenalización. No considera datos científicos y cifras sociales. Antepone su compromiso individualísimo con la religión que practica o con los grupos de creyentes a los que debe apoyo político.

La investidura juarista le queda guanga. No olvidemos a su aliado el Partido Encuentro Social (neopentecostal o evangélico) que mezcla política y religión. Pese a la afición de AMLO por la historia, parece que no ha revisado la cambiante postura católica al respecto. Es tan discrecional que resulta entretenido conocer las diferentes posiciones que autoridades católicas tomaron frente al aborto. Santo Tomás de Aquino y San Agustín aseguraban que el embrión no tenía lo que ellos consideraban “alma” hasta que tuviera forma humana. Aventurado, Santo Tomás aseguraba que el alma llegaba antes al cuerpo de un hombre (40 días) que al de una mujer (90 días). El Papa Pío IX decretó en 1869: “los embriones poseen alma desde el momento de su creación, bajo pena de excomunión”. Un siglo después, el Concilio Vaticano Segundo condenó el aborto sobre la base de la protección de la vida. En 1968 el Papa Paulo VI prohibía todo aborto y la anticoncepción. Las mujeres que deciden abortar lo hacen independientemente de si son o no religiosas.

El Estado está tan obligado a respetar lo que las religiones impongan a sus seguidores como a no imponer dogmas a la ciudadanía. Despenalizar no obliga. ¿Si fuéramos una población mayoritariamente islámica despenalizarían el aborto, en tanto que para el islam si la vida de la mujer está en riesgo, el aborto es legítimo?

¿Si los evangélicos sugieren que AMLO regule dogmas como la circuncisión, la virginidad hasta el matrimonio, la prohibición de la eyaculación sin fines de concepción lo hará? ¿Esos dogmas si les resultan extremos? quizá porque mutilan lo que ellos conocen como el ejercicio de la masculinidad.

En vez de lanzar a consulta el tema, invito al Presidente a que además de revisar la versátil definición del comienzo de la vida en la Iglesia Católica, atienda las cifras que el centro de datos Guttmacher ha compilado para desmitificar las consecuencias sociales de la despenalización. “La tasa de aborto es en realidad más alta en los países que restringen el aborto que en aquellos que no lo restringen Las tasas de embarazo no planeado más altas ocurren en países que restringen el acceso al aborto y las más bajas en países donde el aborto es legal en términos amplios”.

Proteger integralmente la vida de las personas ya nacidas, tendría que ser la prioridad para el Estado. De acuerdo con la OMS, de 2010 a 2014 se produjeron en todo el mundo 25 millones de abortos peligrosos y la mayoría suceden en países en desarrollo. “En los países donde el aborto está completamente prohibido o se permite solo para salvar la vida de la mujer, solo 1 de cada 4 abortos fue seguro; por el contrario, en los países donde el aborto es legal en supuestos más amplios, casi 9 de cada 10 abortos se realizó de manera segura. Restringir el acceso al aborto no reduce el número de abortos”. Un juarista no consultaría un derecho por un dogma. ¿Lo hará usted, señor Presidente?

@MaiteAzuela
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