El pasado 28 de febrero el presidente Trump dio la orden de atacar Irán, uno de los dos países más poderosos del Medio Oriente y crucial para el suministro mundial del petróleo. A diferencia de la guerra de Afganistán, esta guerra de Estados Unidos, sin alianzas políticas y/o militares, detonó inmediatamente acciones bélicas en Irán, Israel, Líbano, Arabia Saudita, Emiratos Árabes, Qatar, Bahréin e Irak.
Los cinco últimos, junto con Irán, son importantes productores de petróleo, pero existen importantes diferencias entre ellos. Los de la península arábica son árabes mientras que Irán tiene su origen en el legendario imperio persa. También los separan cuestiones religiosas. En todos estos países la religión predominante es el Islam, pero en Irán son chiitas y la mayoría de sus vecinos son sunitas, lo que los coloca en lugares distintos.
Este complicado panorama significa que meterse en esta zona es intervenir en un mundo lejano y extraño para la mayor parte de occidente en el que, sobre todo las potencias regionales, Irán e Israel, no rinden cuentas a nadie. De hecho, no queda claro en las declaraciones oficiales si fue Israel el que embarcó a Estados Unidos en esta guerra, o viceversa.
Estados Unidos no cuenta con aliados formales en esta guerra más allá de Israel. Hasta Gran Bretaña fue ya objeto de amonestaciones por parte de Trump por no responder de inmediato y a España ya la amenazó con cerrar el comercio por no permitir a Estados Unidos el uso de sus bases militares. Tanto en lo político, como en lo militar, Estados Unidos e Israel van solos.
Para justificar los ataques el presidente Trump hablo de una acción preventiva frente a un inminente ataque de Irán (sin especificar) y de la necesidad de acabar con la “malvada ideología” del régimen. Los decires de Trump son más de un propagandista que de un jefe de Estado, de modo que de poco sirven como explicación.
En los hechos, según los distintos reportes, los ataques han logrado neutralizar la capacidad ofensiva de Irán con la destrucción de buena parta de su flota aérea y naval, de instalaciones estratégicas y armamento. También lograron eliminar al Ayatola Ali Jamenei, la máxima autoridad de gobierno.
El principal beneficiario de la destrucción de la maquinaria de guerra de Irán es Israel para quien el país de los ayatolas constituye la principal amenaza a su seguridad. Sin embargo, debilitar militarmente y descabezar un régimen no es terminar con él y mucho menos desactivar las amenazas. En el Irán de los Ayatolas sabían que esto podía suceder en cualquier momento y estaban preparados.
A diferencia de Israel, cuyo peso en la economía mundial es mínimo, Irán controla el estrecho de Ormuz, por donde transita su petróleo y el de los pases del golfo pérsico de cuyos suministros dependen de manera importante países como China, Japón y Corea del Sur.
Cambiar el régimen como resultado de ataques aéreos convencionales resulta una quimera. Trump mencionó que sus candidatos para suceder a Ali Jamenei ya estaban muertos. ¿Murieron durante los ataques? ¿Los descubrieron y los ejecutaron? ¿O fue una figura retórica?
Trump ha destacado que el operativo militar no llevará muchos tiempo, días o semanas. Sin embargo, su secretario de defensa Pete Hegseth, declaró ayer que esta operación apenas comienza y que Estados Unidos “esta ganando de forma decisiva, devastadora y sin piedad”, lenguaje poco común en un funcionario de ese país.
A los 30 días de iniciada la ofensiva, Trump requerirá de autorización del Congreso para continuar la guerra. El tema más delicado será la autorización para la intervención con tropas en territorio iraní. Entre la opinión pública esto podría provocar un rechazo generalizado.
Mientras tanto, Medio Oriente ha entrado en una nueva fase de turbulencia e inestabilidad, al igual que el mercado mundial del petróleo y los mercados bursátiles. Si bien no están claros los objetivos ni los beneficios de esta guerra, su impacto negativo en la economía mundial y sus consecuencias para los países de esa región son palpables.
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