Conforme avanza el tiempo, más nos acercamos al inexorable final. Sin embargo, para quienes tenemos la fortuna de pasar de los setenta años, tenemos la oportunidad de aprender de lo que hemos vivido y estar en mejor forma para hacerlo los años por venir. A esto le llamo el descubrimiento de la madurez. Comparto lo que he descubierto.

El primer imperativo es asumir en dónde estamos y lo que nos toca. La mayoría ya no estamos en condiciones de hacer las proezas físicas y laborales de las que éramos capaces tan solo diez años atrás. Nos toca asumir que nuestro ritmo y margen de maniobra va disminuyendo conforme avanza el tiempo.

Además de ponernos de acuerdo con nosotros mismos, es importante en esta etapa buscar y mantener la armonía con quienes nos rodean en nuestro entorno inmediato. Si alguna vez pensamos que teníamos el control sobre las personas o los procesos, es hora de olvidarnos de esa mala maña. Cada día que pasa se eleva nuestro nivel de dependencia de quienes nos rodean, más nos vale reconocer y agradecer en lugar de querer mandar.

De nuestra salud depende nuestra calidad de vida. Achaques y medicinas, solo lo indispensable. Buena alimentación y todo el ejercicio que nos sea posible, la mejor receta. Nosotros gobernamos nuestro cuerpo, no al contrario. El exceso de médicos y medicamentos no nos devuelve la juventud y los efectos pueden ser contraproducentes.

La nostalgia no es necesariamente un signo de vejez, puede ser un disfrute de personas y situaciones con quienes vivimos en el pasado, que han cambiado o que ya no están. La nostalgia se relaciona con cosas buenas. Nadie extraña las malas experiencias. Rescatar los buenos momentos a través de memorias o de nuestro archivo fotográfico puede ser entretenido y constituir un legado para quienes estuvieron cerca.

Lo que sucede en el macrocosmos en México, en Ucrania o el Medio Oriente aparece cada día más distante de nuestra cotidianeidad. Usualmente, ya no nos toca decidir ni operar y nuestras opiniones son menos tomadas en cuenta. El mundo cambia y existen brechas generacionales. Sin embargo, en el microcosmos nuestra vida puede ser muy rica. Siempre habrá algo que podemos hacer por nuestros congéneres, desde leerles cuentos a los niños hasta participar en voluntariados. Me parece muy importante encontramos actividades que además de entretenernos, nos hagan sentir útiles.

La socialización es fundamental en esta etapa de nuestra vida. Y no solo con las dos o tres personas que conforman nuestro círculo cotidiano más cercano, sino con quienes están en circunstancias similares, que tendrán el tiempo y con quienes tendremos temas de conversación en común. Sin embargo, no hay nada mejor para revitalizarse que la convivencia con niños y jóvenes. A la mayoría les podemos parecer un poco aburridos, pero hay formas de convivencia como las excursiones o los juegos de mesa que les gustan casi a todos.

Un último descubrimiento es que, a partir de los 70 años, uno no debe vivir del pasado, pero tampoco para el futuro, debemos vivir para el presente. Cada día debe ser un reto para mantener la armonía, con nosotros mismos y con nuestro entorno, disfrutar todo lo disfrutable y servir a los demás en la medida de nuestros alcances. A quienes hayan tenido la paciencia de leer este artículo, les deseo un magnífico 2026, sin importar la edad que tengan.

lherrera@coppan.com

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