Por Luis Gonzalí
Hay momentos en los que el mercado deja de valuar empresas y empieza a valuar épocas y narrativas. El IPO de SpaceX pertenece a esa categoría. El viernes pasado SpaceX concretó su oferta pública inicial de 555.6 millones de acciones a 135 dólares por acción, con el objetivo de cotizar en Nasdaq bajo el símbolo SPCX. La magnitud de esta oferta es impresionante: es mayor que todas las ofertas públicas de los últimos 10 años, mayor a las 300 ofertas públicas más grandes realizadas en la burbuja punto com, y con su valor actual se posiciona como la séptima empresa más grande del mundo por tamaño de capitalización (US$2.1 billones). Esto nos lleva a una pregunta natural: ¿Dónde está viendo valor el inversionista?
SpaceX tiene activos difíciles de replicar. Starlink ya es un negocio real, con millones de usuarios; Falcon y Dragon han probado una ventaja operativa; y Starship, si logra escalar, podría alterar la economía del lanzamiento de cohetes. Sin embargo, esto no significa que el precio sea razonable. Con una valuación de 100 veces ventas (cuando lo normal es entre 10-15 veces), utilidad ausente en el corto plazo, y un exceso de control por parte de Musk, muchos inversionistas tienen dudas: los números en lo que se sustenta la colocación parecen bastante elevados.

Dicho de otra forma, el inversionista no solo está comprando flujos actuales, sino también opcionalidad tecnológica y narrativa de futuro. Al verlo así, la valuación podría parecer más aceptable. En los noventa fue internet; después, los teléfonos inteligentes y la nube; más recientemente, la inteligencia artificial. SpaceX junta todas esas narrativas en un solo modelo de negocio: el cohete, la red, el centro de datos y la promesa de que el costo de llegar al espacio seguirá cayendo.
Para los optimistas, el IPO abre al público una compañía que durante dos décadas estuvo reservada al capital privado y que posee todas las condiciones para ser “la empresa del futuro”. Para los escépticos, abre la puerta a pagar hoy por negocios cuya rentabilidad depende de tecnologías, regulación y mercados que todavía no terminan de formarse. Ambas posturas pueden ser razonables. En ese sentido, la pregunta relevante no es si SpaceX es extraordinaria; probablemente lo es. La pregunta es cuánto de lo extraordinario ya está reflejado en el precio y no solo eso, también cuánto de ese valor se va a concretar en un tiempo razonable.
Por eso el IPO de SpaceX puede leerse como un termómetro que nos dice que el apetito del capital se ha vuelto selectivo: puede despreciar a negocios ordinarios, pero puede enamorarse de empresas con narrativas atractivas, aunque sus valuaciones sean extraordinarias, cuando el modelo de negocio suena a monopolio natural del futuro.
Ahora bien, no hay que confundir señal con destino. Que el mercado financie una visión no garantiza que la visión se vaya a materializar. Pero sí revela algo sobre el presente: vivimos un tiempo en el que el capital ya no solo busca capturar utilidades; busca comprar acceso a las plataformas que podrían definirlas. En ese sentido, SpaceX no solo sale a bolsa. Sale a mostrar qué tipo de futuro está dispuesto a creer Wall Street, y a qué precio.
Matemático. CFA. Divulgador financiero. Vicepresidente y Director de Inversiones para Franklin Templeton México.
@LuisGonzali