Tozudez, estrategia electoral insuficiente

Luis Fernando De la Calle

El presidente Andrés Manuel López Obrador abrigaba esperanzas de consolidar la cuarta transformación de manera definitiva en 2020. Enfrenta ahora el gran primer reto electoral este junio en las elecciones locales, estatales e intermedias para renovar la Cámara de Diputados.

Los dos primeros años han dejado claro que su ventaja comparativa no reside en la acción eficaz de gobierno, sino en el ámbito electoral y de opinión pública. Parece que el gabinete que realmente le importa no es el legal ampliado que, de cualquier manera, tan poca exposición mediática tiene, sino el político-electoral, con ninguna, que marca el rumbo y estrategia del gobierno.

No pocos analistas insisten en que AMLO llegó a la Presidencia como resultado de su tozudez, de su terquedad. Están equivocados. En realidad, lo logró por ser un buen candidato, en términos relativos a sus competidores, por su perseverancia—no cejar de competir aunque las probabilidades se antojaran remotas, por su reposicionamiento hacia el centro en 2018 y, sobre todo, por los grandes defectos de gobierno y de estrategia político-electoral del PRI y del PAN.

Para la preparación de su campaña de 2018, el ahora Presidente finalmente incorporó la experiencia acumulada como jefe de gobierno del Distrito Federal (en la que se esforzó por proyectar la imagen de un gobernante capaz; lo fue menos que su sucesor electo) y de las campañas de 2006 y 2012. De ellas aprendió que era mejor posicionarse antes y que las elecciones se pierden sin el centro del espectro político. Si en 2006 se hubiese apegado a la estrategia de arranque (el mensaje optimista del rayo de esperanza), participado en el debate al que faltó y no polarizado a la opinión pública, hubiera ganado. Sus errores de campaña, ideológicos y tácticos, permitieron que el PAN retuviera la Presidencia con un margen ínfimo. Si en 2012 hubiera iniciado antes y con un mensaje más aceptable para las crecientes clases medias habría también podido derrotar a Enrique Peña Nieto, que era mejor candidato. En ambos casos, la premisa de que México es mayoritariamente pobre y yo los represento, por lo cual no puedo perder, resultó insuficiente.

Para 2018 estas lecciones lo llevaron a actuar con antelación, a buscar una coalición más amplia (incorporar a expanistas y expriístas, por ejemplo), a acusar al PRI y al PAN, con justicia, en materia de corrupción y, sobre todo, a moderar su mensaje con el objetivo de no espantar a clases medias y mercados. Es interesante constatar que el centro de su campaña no haya sido un ataque ideológico contra las reformas estructurales o el Tratado de Libre Comercio de América del Norte. Esto fue resultado de una decisión estratégica de moderación. Lo mismo había hecho Luiz Inácio da Silva, Lula, en la exitosa campaña de 2002. De hecho, si uno lee el primer discurso de AMLO la noche de su triunfo electoral en julio de 2018, parece tomado de la carta que Lula había mandado a Wall Street en su campaña como credenciales de moderación.

Por supuesto, la esquizofrenia ideológica quedó clara esa misma noche si se contrastan el primer (en un salón de un importante hotel con acceso restringido a invitados) y el segundo discurso (en el zócalo abierto para todos).

¿Qué ha llevado al presidente a dejar la moderación de la campaña y regresar a la tozudez que antes le impidió ganar? Probablemente dos desarrollos que no tenía contemplados en el plan original. El primero de ellos, el margen del triunfo o de la derrota del PRI, PAN y PRD. En ningún análisis de posibilidades electorales se visualizaba ganar con 53% del voto popular, ni mucho menos terminar consiguiendo, aun con la alquimia de proporcionales de que se abusó, una mayoría suficiente para modificar la Constitución en la Cámara de Diputados. El rotundo margen sorprendió a todos, incluido a su equipo. El error fue interpretar la amplitud del triunfo como un mandato para una transformación medida no en años ni quizá en décadas, sino en siglos, cuando un porcentaje no menor del voto era de castigo contra gobiernos anteriores.

Contra la ineficacia del PAN, que no supo invertir en talento para el buen gobierno, ni en la circulación de cuadros para renovarse, ni en el trabajo de base para expandirse más allá de la suya natural. Contra la corrupción de gobiernos locales del PAN metamorfoseados en pseudopriístas. Y, sobre todo, contra la corrupción del supuesto nuevo PRI representado por gobernadores de nuevo cuño, el más relevante en Los Pinos, que hicieron palidecer la corrupción del sistema concesionario del viejo. Este voto contrario no fue ideológico, ni puede en ningún caso ser interpretado como un mandato para regresar al México de la “rectoría económica del Estado”.

Sin este margen, no habría 4T.

El segundo desarrollo se explica por la amenaza de allí viene el lobo, en este caso la devaluación del peso mexicano, que, por razones ajenas al país, no se ha materializado de forma contundente, hasta ahora. El incentivo más poderoso para la moderación en 2017 y 2018 fue siempre el temor a una devaluación abrupta que terminara con sus aspiraciones electorales o diera al traste a la capacidad de gobierno. El candidato López Obrador era plenamente consciente del daño a la popularidad de Peña Nieto por la devaluación en su mandato de 12 a 20 pesos por dólar. En la campaña se mofó en alguna ocasión de esos tecnócratas a los que acusó de no ser tan buenos, con razón, ya que se les devaluaba el peso.

Sin embargo, la agresiva política monetaria de la Reserva Federal de Estados Unidos ha hecho que el cuento del lobo-devaluación no sea creíble a oídos de AMLO. A partir de diciembre de 2018, cuando cambió la orientación de esa política monetaria, el gobierno pudo cancelar proyectos de inversión, iniciar otros con valor presente neto esperado negativo, enviar al Congreso iniciativas radicales, espantar a la inversión en las mañaneras sin que el peso se moviera de manera abrupta o sólo brevemente.

En vísperas de la importante elección de este año se verá si los votantes no duros por Morena y los que prefirieron no votar por PRI o PAN y abstenerse (sobre todo en el centro y norte del país) en 2018, reaccionan a la pérdida de moderación. La rectoría económica no conseguirá voto alguno que no tenga asegurado.

Se verá también si los vientos monetarios empiezan a cambiar de dirección con el éxito de la vacuna, la reactivación del consumo y la puesta en uso de saldos acumulados por el confinamiento y los generosos programas de expansiones fiscales y monetarias en Estados Unidos. Jair Bolsonaro ya resintió el primer tímido cambio barométrico.

La tozudez lleva, como se ha visto en el pasado, al fracaso electoral eventual. La vacuna contra ella es la preservación de la democracia como institución, de allí el incentivo para minarla y la importancia ciudadana de defenderla.

 
Twitter: @eledece

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