A pesar de que el presidente Andrés Manuel López Obrador haya aceptado, apenas ayer, un posible “corrimiento” en el próximo sexenio, su postura con respecto a las corcholatas es que no pueden zigzaguear con relación a los ejes centrales de la cuarta transformación y, por lo tanto, que no sería apropiado debatir en el proceso interno de Morena, ni titubear sobre el programa central de gobierno en 2024, ni tampoco en 2025.

En este contexto, Morena representa no sólo la continuidad sino la fidelidad al proyecto de transformación. Por eso Claudia Sheinbaum encabeza las posibilidades sucesorias, mientras que Marcelo Ebrard, como lo muestra nítidamente su reciente libro, opta por un país de clases medias y Adán López se come las eses, y el sucesor supuestamente no.  Si el debate es políticamente incorrecto, no tiene sentido renunciar para recorrer el país, ni contrastar visiones sobre qué se requiere hacer el próximo sexenio.

No cabe duda de que los candidatos a la presidencia tendrían que poner en la mesa una oferta de opciones de política pública para enfrentar muchos de los retos y oportunidades que encara el país. El problema para ella o él es que su formulación puede desnudar un distanciamiento con la ortodoxia transformadora. En un debate primario competirían por quién de ellos es más fiel a la visión del líder. En un debate con el candidato o candidata de oposición, el reto para la o el oficialista sería la reacción mañanera al día siguiente (a menos de que se suspendan durante el período electoral, lo que recortaría aún más un sexenio de suyo corto).

Sin embargo, la presencia de bombas de tiempo hará casi imposible evitar los temas espinosos.  Y ellas están en buena parte relacionadas con decisiones de política pública tomadas este sexenio.  Su estallido sería por supuesto negativo, pero su amenaza es quizá el instrumento que permitiría el zigzagueo que requiere México, pero que teme el presidente.

Los costos de corto plazo de muchos de los errores de política económica no han sido suficientemente evidentes por el comportamiento del peso, gracias a la liquidez de la Reserva Federal de Estados Unidos, el “spread”, la relativa bondad de finanzas públicas y por estar en el vecindario correcto, así como por la fortaleza estructural de la economía mexicana, cuyas empresas ahora son capaces de generar mucho más valor agregado, como se observa en el incremento significativo de la nómina y de las utilidades, cuya principal proxi, la recaudación del impuesto sobre la renta a personas morales, crece en términos reales desde hace 10 años. Vale la pena recordar que el valor agregado es la suma de nómina más utilidades.

Sin embargo, los costos existen y se están acumulando. Haber cancelado el nuevo aeropuerto, NAIM, implica no sólo cargar con el alto costo financiero y el mal servicio de dos aeropuertos medianos y sin interconexión, sino que ahora ya estaría en operación el de Texcoco y el volumen de vuelos sería mucho mayor.

Haber suspendido las rondas petroleras se convirtió en un fuerte desincentivo para la nueva exploración, y además redujo el ritmo de la que ya ocurría en los bloques asignados, pues se envió la señal de que las perspectivas del sector petrolero mexicano serían modestas. En 2022 la producción privada de petróleo ya fue de 100 mil barriles por día y podría ser cercana al doble de haber mantenido el rumbo y cerrar el sexenio con más de 300 mil diarios.  Mientras Pemex producirá cerca de 200 mil menos.

Haber suspendido las subastas y desincentivado la inversión en generación eléctrica ha resultado en una casi nula expansión de la capacidad (las nuevas plantas de CFE todavía no han sido terminadas), mientras que la red de transmisión no ha crecido como se requiere. Haber reasignado el gasto público ha implicado una merma institucional significativa que es equivalente a un mayor nivel de endeudamiento, ya que es indispensable recuperar la capacidad institucional y reglamentaria del Estado. Haber desaparecido el Seguro Popular fue no sólo trágico para pacientes no atendidos, sino que requiere ahora de un replanteamiento por la inviabilidad de que IMSS-Bienestar pueda sustituirlo de manera plena.

El presidente López Obrador considera que la crisis vendrá de fuera y no tendrá consecuencias sino hasta 2025, el próximo sexenio. Quizá, pero para que México pueda vacunarse contra esa posible desaceleración, se requiere aprovechar el nearshoring y para ello hay que desactivar las bombas y corregir el curso.  Hacerlo una vez estallada la crisis sería demasiado tarde, ineficaz y costoso.

¿Cómo evaluar la posibilidad de que México pudiere perder la estabilidad macroeconómica que complique invertir en lo importante? La respuesta reside en que no sucedan de manera simultánea varios de los siguientes eventos:

1. Que la tasa de interés del gobierno mexicano esté arriba de 11% en 2023 y 2024. La probabilidad no es menospreciable.

2. Que Estados Unidos sufra una desaceleración o recesión. La posibilidad del aterrizaje no suave ha subido ahora que es clara la restricción crediticia.

3. Que la economía de Estados Unidos requiera no sólo de un ajuste monetario, sino también uno fiscal para reducir el porcentaje de deuda sobre PIB. Es éste, quizá, el riesgo más alto por su capacidad de prolongar y profundizar una posible recesión. El primer salvo será la discusión sobre el techo de la deuda.

4. Que la inflación subyacente de México continúe siendo superior a la de Estados Unidos durante todo 2023 y parte o todo 2024, mientras el peso esté relativamente apreciado. En algún momento, el encarecimiento relativo llevará a que se cuestione la sostenibilidad cambiaria.

5. Que el precio del petróleo descienda por debajo de 60 dólares por barril y pusiere en riesgo el servicio de la deuda por parte de Pemex en 2024.

6. Que sea cada vez más difícil la obtención de créditos para financiar los rezagos de infraestructura que tiene México, relacionados con las bombas de tiempo anteriores, en el contexto de un fuerte crowding out en contra de inversión privada.

7. Que aumente la volatilidad y la aversión al riesgo en los mercados de capital ante dificultades de solvencia de actores económicos importantes, inviables con tasas de interés altas. Varios países europeos y segmentos de su sector financiero serían candidatos, así como en otras regiones del mundo.

México tiene el antídoto para enfrentar la eventualidad de la simultaneidad de estos choques: aprovechar el nearshoring. Para ello es imprescindible trabajar en desactivar bombas y evitar echar andar nuevas. De allí la importancia de debatir.

Twitter: @eledece

Google News

TEMAS RELACIONADOS