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Elecciones en Georgia no fueron sólo locales; las de junio aquí, aún menos

Luis Fernando De la Calle

El ataque a la democracia de Estados Unidos a raíz de las elecciones de noviembre no tiene precedente, en particular por el activo papel de su propio presidente en el rechazo del claro veredicto ciudadano. Las instituciones del vecino del norte resistieron, pero el riesgo fue patente. Sucesos similares en otros países hubiesen tenido un desenlace desafortunado y la recuperación de la democracia tardaría, quizá, décadas.

Las lecciones más importantes para hacer frente a un movimiento populista, como el de Donald Trump, que explota y abusa de agravios legítimos y de un sentimiento de desamparo de algunos segmentos de la sociedad, son dos: una, que a la polarización debe responderse con moderación. Si el partido demócrata hubiese optado por una opción más radical como Bernie Sanders o Elizabeth Warren, la semana que entra iniciaría el segundo periodo de Trump. Dos, que lo más importante es la alta participación ciudadana el día de la elección.

El populista suele tener éxito al convencer a grupos que en general prefieren no participar en las elecciones, de hacerlo. El candidato Trump les prometió, y cumplió, ser su voz hace cuatro años. La lealtad ha sido recíproca, aunque asimétrica: estos grupos sociales desagraviados son utilizados para la promoción de los intereses del populista y su ambición de poder más que para resolver de manera eficaz los agravios legítimos. Pero a ellos les cuesta mucho trabajo abandonar la esperanza imbuida por el líder, ya que también les había costado mucho decidirse a participar o cambiar su lealtad partidista. Tienen el sentimiento de que es su turno; les toca a ellos.

El antídoto es la no polarización, el reconocimiento de que hay agravios legítimos que deben ser atendidos y la invitación a la sociedad en general de participar. Por ello estaban equivocados quienes urgían a Joe Biden a poner en el centro las prioridades de los miembros más radicales del partido Demócrata. El mismo criterio debe privar ahora: si se interpreta tener la Casa Blanca y ambas cámaras del Congreso como un mandato para un gobierno radical, no se restañarán las heridas profundas de la sociedad estadounidense. La clave para el éxito del presidente Biden será la capacidad de ejecución de su gabinete para devolverle prestigio a la acción de gobierno, en términos de la lucha contra el Covid-19, la recuperación económica y el regreso de Estados Unidos a foros internacionales, mucho más que una agenda legislativa ambiciosa en el corto plazo.

La puntilla para Donald Trump la atestaron los electores en Georgia, estado del sur, quienes llevaban décadas eligiendo representantes Republicanos. La segunda vuelta, que vuelve a mostrar sus virtudes, para la elección de dos senadores de ese estado el pasado 5 de enero, se convirtió en una oportunidad adicional para rechazar el lenguaje y conducta del presidente. La elección en Georgia no fue sólo local. El triunfo Demócrata fue resultado de una muy alta participación afroamericana con un objetivo claro: darle la mayoría al presidente Biden en ambas cámaras y castigar los excesos de los Republicanos cercanos a Trump y la pasividad de aquéllos que se olvidaron de sus principios. Si la elección hubiese sido vista sólo como local, el número de votantes no hubiese alcanzado para revertir la inclinación Republicana del estado.

Las instituciones democráticas de Estados Unidos aguantaron el vendaval no sólo gracias a la alta participación ciudadana, sino también a la división de poderes (y buenos jueces y funcionarios electorales Republicanos) y los contrapesos en la Cámara de Diputados. La elección intermedia de 2018 no le permitió a Trump, a pesar de que la economía crecía 3%, la concentración de poder que hubiese permitido una mayor intervención en la calificación del Colegio Electoral en 2021.

La lección para México es muy clara: el resultado de las elecciones intermedias para la renovación de la Cámara de diputados, 15 gobernadores y cientos de municipios, es crucial para poder tener una discusión incluyente sobre políticas públicas y sentar las bases para la consolidación de la democracia en 2024. Hoy se tiene una situación con no buenos augurios: decisión unipersonal de todos y cada uno de los temas, independientemente de su complejidad técnica o de su impacto social, y pocas garantías de un compromiso para con el respeto del resultado de las urnas en 2024.

Muchos analistas han postulado que la naturaleza local de estas elecciones es una oportunidad para asegurar pluralidad de representación en la Cámara de diputados. Tienen razón hasta cierto punto: la calidad de los candidatos (a gobierno estatal, alcaldía o diputación) es fundamental para invitar a la participación ciudadana, pero insuficiente para lograr una elección competida si no se entiende lo que está en juego.

La elección de 2021 puede resultar definitoria para la consolidación de la democracia incluyente en México. El presidente Andrés Manuel López Obrador tiene como objetivo la concentración de poder para asegurar que la Cuarta Transformación venza, aunque no convenza. Sin embargo, por el bien de todos, primero la democracia y la participación de todos en la construcción de un país plural.

México, sus ciudadanos y aun la Cuarta Transformación necesitan de contrapesos para que la democracia florezca. Sin ella, se terminará donde se pretendía salir: con más corrupción y más exclusión, con privilegios para los cercanos al poder y sin derechos iguales para todos. Habrá suficiente participación el 6 de junio sólo si se entiende que la elección no es local.

 
Twitter: @eledece

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