-Nombre, lugar de nacimiento, profesión y estudios, por favor.

-Raúl Tomás Actón, Lindavista, Gustavo A. Madero, economista liberal, universidades de Salamanca y Nápoles.

-Bienvenido Dr. Actón, el Presidente lo espera. Vaya hasta la puerta Mariana, no sé a qué mujer se refiere, suba al tercer piso y allí lo recibe en la oficina de la Secretaría.

-Sé dónde está, gracias, es en recuerdo del presidente Arista de mediados del siglo antepasado. Muy amable.

-Señor Presidente, me da mucho gusto saludarlo ya en la segunda parte de su sexenio, es increíble cómo pasa el tiempo; ahora lo hará de manera acelerada.

-Gracias por venir Raúl, tenía desde el otro día muchas ganas de conversar para que me cuentes cómo ves el entorno económico para el cierre. Mis adversarios, moralmente derrotados, se han convertido en profetas del desastre.

-Frase de un antecesor suyo, con el que comparte apellido, pero no bien recordado.

-Por eso me interesa tu opinión. Si no logramos la estabilidad macroeconómica sucederán tres cosas, una peor que la otra: perderíamos una elección competida si hay inflación y devaluaciones, se revertirían las ganancias en salarios reales y, la peor, regresaría la tecnocracia para recoger el tiradero.

-Por ello, como usted dice, hay que fijarse en la historia, para no repetirla. Su principal aliado la primera mitad del sexenio ha sido, ni más ni menos, Jerome Powell, presidente de la Reserva Federal de Estados Unidos. Gracias a su excesiva liquidez, al cambio en la dirección de su política monetaria, justo una semana después de la cancelación del aeropuerto en diciembre de 2018, y al relajamiento monetario por la pandemia de Covid-19 (como anillo al dedo), el peso mexicano no ha estado expuesto a presiones significativas. El punto es que la Fed está cerca de modificar su posición laxista por una que lo sea menos. ¿Cuándo y cuánto menos? No lo sabemos, pero conviene suponer que pronto.

-Pero, ¿cuánto menos?

-Contrario a Larry Summers, pienso que el apretón será menos fuerte, pero todo dependerá de la credibilidad de Powell y de que logre desacelerar el ritmo de una manera pausada y sin sobresaltos. Recuerde que 2022 es año electoral para el vecino del norte y que Biden se juega su presidencia. Si pierde ambas cámaras, será pato cojo prematuro y no podrá hacer nada. No la tiene fácil: si no se logra contener la inflación, lo castigarán en las urnas; ya le pasó en Virginia, máxime ahora que eligió a Powell otro periodo. Si la Fed tiene que pisar el freno, también resultará perdedor. Su única esperanza es que el gobernador del banco central consiga mantenerse en un difícil equilibrio.

Cómo aquí, de que la inflación no se le desboque. Si se acercara a dos dígitos, pararla será mucho más costoso.

-Se está lejos de ello, Raúl, exageras.

-La clave es que deje de crecer y, luego, empiece a bajar. Tome en cuenta, además, que nuestro 7.05% no tiene el efecto de los incrementos de precios en gasolina y electricidad para hogares no DAC, por lo que tenemos una tasa con inflación energética reprimida. Si no, andaríamos por 8.5%.

-¡Sobre mi cadáver aumentamos esos precios! Sería el fin de la 4T.

-Estamos lejos de ese contexto, más vale la pena ni asomarse.

-Pero me decías de aprender de la historia.

-La más ilustrativa es la reciente, Presidente. Como sabe, sin la devaluación de 12 a 20 pesos por dólar durante el sexenio de Peña Nieto no estaríamos platicando en esta majestuosa oficina de Hacienda. La pregunta es por qué sucedió de esa manera. Como con frecuencia en Economía, es difícil reducir una explicación a un factor solamente, sino que hay varios que interactúan.

Permítame mostrarle una gráfica que traigo impresa para facilitar la argumentación; perdón, pero está un poco complicada. En ella se pueden ver líneas que representan la tasa de interés objetivo de la Reserva Federal, la del Banco de México, tipo de cambio e inflación. Asimismo, las áreas sombreadas representan qué tan laxa es la postura monetaria de ambos institutos centrales.

Conversación en el Palacio: estabilidad para cierre
Conversación en el Palacio: estabilidad para cierre

Podrá apreciar que en 2008 e inicios de 2009, México endureció su política monetaria al tiempo que la Fed la expandía agresivamente para apoyar a su sistema financiero y evitar que la gran recesión fuese gran depresión. El retraso en el cambio de dirección de política monetaria profundizó la caída del PIB y aseguró el fracaso de Calderón para la intermedia.

-¿Qué llevó a Banxico a reaccionar tarde?

-Es muy cómodo criticarlos ahora. Tenía la preocupación de que el incremento en el precio de materias primas agropecuarias que inició en 2007 contaminara las expectativas de inflación. Pero el periodo más interesante se da después, cuando surge en 2013 el “taper tantrum”, el berrinche por el posible inicio del fin de la excesiva liquidez a la que siguen adictos los mercados. En ese momento inició un periodo complejo de devaluaciones escalonadas relacionadas con la expectativa de endurecimiento de la postura monetaria de la Fed e incrementos de la tasa de interés. Previo a cada reunión de la Fed, el peso se devaluaba por la expectativa de posibles incrementos en tasa; cuando la decisión resultaba no subirla, el peso se revaluaba, pero siempre menos de lo que se había devaluado, ya que el banco central aprovechaba para acumular reservas internacionales. Así, los que habían apostado contra el peso nunca pagaban el costo total de la apuesta, o aún ganaban ya que se daba una devaluación ante el rumor de una Fed más estricta, aunque no lo fuera todavía. La escalera de la devaluación terminó siendo cara en términos de la pérdida de valor de la moneda y de los activos de la clase media.

-Tómala...

-Bueno, pero no fue la única razón. El cambio en la dirección de la política monetaria de la Fed implicaba presión inevitable sobre el peso mexicano. La pregunta es si la exacerbamos de este lado de la frontera. Por un lado, al no permitir la revaluación del peso por acumulación de reservas se facilitó la especulación contra la divisa, ya que era muy difícil perder (entre 2009 y 2015 se acumularon más de 120 mil millones de dólares). Por otro, vea en la gráfica adjunta que el periodo de mayor devaluación se da antes de que la probabilidad de que Donald Trump ganara fuera alta. Cuando la Fed empezó a endurecer su política monetaria, México emprendió una más laxa, al mismo tiempo que, en el ámbito fiscal, se tenían los déficit más altos en mucho tiempo. Históricamente, los periodos de mayor peligro para el tipo de cambio y para que devaluación e inflación se retroalimenten, se dan cuando la Fed cambia hacia una postura más restrictiva y nosotros no.

-Pero el objetivo del banco debe ser la inflación y no el tipo de cambio, ¿no?

-Efectivamente. Si ve usted el comportamiento del crecimiento de precios en la gráfica, verá que la convergencia hacia el objetivo de Banxico justificaba los descensos de la tasa de interés en 2013-2014. El problema es que los rezagos en el efecto de la política monetaria y la devaluación a partir del berrinche proliquidez, anticipaban presiones inflacionarias que se dieron en 2016 y, sobre todo, 2017, cuando se reconoció la necesidad de actualizar el precio de la gasolina.

-Por eso estamos aquí.

-El tema, Presidente, es que sus próximos tres años serán los más difíciles en términos macroeconómicos.

-¡No!, ya pasamos lo peor con la pandemia, de la que salimos bien, por cierto.

-Durante Covid-19 tuvo usted la política monetaria más laxa y la fiscal más expansiva de Estados Unidos desde la segunda guerra mundial. El 40% de la economía mexicana sí tuvo programa contracíclico por medio de las remesas y las exportaciones. Ahora viene la etapa complicada: una inflación alta y todavía creciente. Podemos discutir si los altos precios son por restricciones de oferta o sólo de demanda, pero hoy ya es claro que el incremento es generalizado, no limitado a unos cuantos sectores, y que existe un riesgo relevante en la formación de expectativas, influido por los precios de los alimentos, las revisiones salariales y la devaluación del peso de 19.60 en enero de este año a 21.50 de hoy.

En segundo lugar, el cambio en la dirección de la política monetaria de Estados Unidos es inminente. Ya veremos si Powell logra que sea gradual, predecible y eficaz y, por lo tanto, ordenado, o si genera cambios abruptos. Ayer desterró el uso del término transitorio. Aún con orden, la presión sobre el peso mexicano se dará. El espacio para el error en política económica y discursivo será muy pequeño. Una mala interpretación de los mercados podría generar incertidumbre e inestabilidad. Bajarse de un caballo bronco no es sencillo.

Finalmente, las proyecciones de déficit fiscal para los próximos tres años que su gobierno publicó en Criterios son optimistas. Es poco probable que logre usted controlar el gasto y al mismo tiempo terminar sus proyectos, consolidar sus programas sociales prioritarios y ganar las elecciones. Al mismo tiempo, va a resultar difícil sostener el crecimiento de recaudación sin que se recuperen los niveles de inversión privada. No le va a gustar escuchar esto, pero su éxito depende del del sector privado para que la recaudación pudiese cerrar la creciente brecha deficitaria. Si el déficit es cada año 1% del PIB más alto (estimación conservadora) de lo que proyecta, cerraría su sexenio con un cociente de deuda de 55%, un incremento superior al del sexenio pasado. El freno en la inversión empezó en 2016, cuando el gobierno cortó capex para la consolidación fiscal, ayudada por los aprovechamientos (palabra que debe leerse de manera literal) producto de utilidades extraordinarias no realizadas de reservas récord y un peso devaluado. Apelar a las utilidades del banco central es siempre un signo de debilidad, no de fortaleza.

-¿Me debo preocupar?

-Asegure la estabilidad, pero con un ambiente atractivo a la inversión. Es la mejor estrategia electoral.

Twitter: @eledece

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