El delirio de la omnipotencia

Luis Felipe Bravo Mena

“Ha bastado el más pequeño e informe elemento de la naturaleza, un virus, para recordarnos que somos mortales, que la potencia militar y la tecnología no bastan para salvarnos...” Severa frase de Raniero Cantalamessa, predicador de la Casa Pontificia en el oficio del viernes santo en la Basílica de San Pedro.

No menos impresionante es el testimonio que circuló en las redes, de la hija de un destacado empresario de Portugal fallecido a causa del Covid-19: “Mi padre tuvo muchas empresas; murió solo. Su dinero se quedó aquí”.

En estos días podrán encontrarse cientos de reflexiones semejantes.

Circulan, igualmente, textos de prospectiva sobre la forma en la que el mundo saldrá de esta tragedia humana universal. Nada será igual, dicen unos. Se derrumbó la globalización neoliberal, celebran otros. La pandemia es la fase final de la crisis civilizatoria en la que ya estábamos inmersos, aseguran unos más .

Hay quienes, con mayor cautela, no se atreven a proferir anuncios tan casándricos, ni predicen colapsos estruendosos. Por el contrario, vaticinan que después de este agudo periodo crítico, se regresará a un estadio de “normalidad” renovada; es decir, se acelerarán las macrotendencias de cambios que ya estaban en pleno desarrollo antes de la propagación de la pandemia, ahora mayormente impulsadas por las exigencias y enseñanzas del parón económico global y las conclusiones que se desprenden de la penosa confusión, por no decir supina incompetencia, que la mayoría de los responsables de Estados nacionales ha exhibido en esta emergencia.

No se debe ocultar la situación de grave inefectividad de las grandes instituciones multilaterales en esta hora de dura prueba. Y es triste constatar que el espíritu y los valores con las que se edificaron se apagó.

Los seres humanos de los cuatro puntos cardinales asistimos estupefactos —aunque hay muchos evadidos de la realidad por ignorancia, necesidad, megalomanía, avaricia o autodefensa psicológica— a la cadena de acontecimientos ruinosos que se acumulan, sin encontrar motivos de esperanza.

En esta condición vale la pena regresar al texto de Cantalamessa: “La pandemia del Coronavirus nos ha despertado bruscamente del peligro mayor que siempre han corrido los individuos y la humanidad: el delirio de la omnipotencia. Tenemos la ocasión —ha escrito un conocido rabino judío— de celebrar este año un especial éxodo Pascual, salir del ‘exilio de la conciencia’... El hombre en la prosperidad no comprende, dice un Salmo de la Biblia, es como los animales que perecen (Sal. 49,21). Qué verdad es!”

Si hemos de avanzar hacia una nueva era más humana tras los atribulados días que vivimos, habrá que hacerlo con una profunda conciencia sobre las cosas sustantivas y trascendentes de la vida.

Es vano delirio de omnipotencia continuar con proyectos autocráticos, utilizando la situación, como anillo al dedo, para acumular poder.

Analista político. @LF_BravoMena

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