La famosa frase “Patria o Muerte, ¡Venceremos!”, pronunciada por Fidel Castro en los albores de su reinado, el 5 de marzo de 1960, inspiró durante algunos años a los cubanos simpatizantes de la revolución que derribó a la dictadura de Batista. El emotivo lema significó voluntad de resistencia y radical disposición para defender la libertad y la soberanía de su nación, pero se vació de su noble significado cuando se transformó en estribillo ideológico, manipulado por el grupo usufructuario del régimen totalitario que se implantó.

Durante 66 años, la oligarquía comunista cubana ha sido ejemplo de insensatez para conducir a su pueblo, no al desarrollo sino a una crisis humanitaria. La mitología sobre la revolución pudo sostenerse hasta hace poco, porque el grupo tiránico se las arregló para contar con países que la amamantaran.

La URSS, en plena guerra fría, no perdió la oportunidad para instalar una base de operaciones a pocas millas de su principal adversario. La crisis de los misiles en 1962 evidenció la potencialidad y a su vez los límites de dicho avance estratégico.

Los soviéticos dieron oxígeno al reinado de Fidel cuando el bloqueo norteamericano —tema que merece análisis económico riguroso para medir sus verdaderos alcances y consecuencias—, unido a las ineficiencias ruinosas de la versión cubana de economía socialista, liquidaron los fundamentos para lograr verdadera prosperidad.

La situación se agravó al colapso del sistema comunista mundial. En 1991, desapareció el Consejo de Ayuda Mutua Económica (CAME) regentado por la URSS; en Cuba comenzó el llanto y crujir de dientes. Se decretó un “periodo especial”, en el que no hubo ni papel de baño.

En 1998 triunfó el socialismo bolivariano en Venezuela; versión sudamericana del castrismo, cuyos cuadros dirigentes y sus líderes máximos se formaron en la escuela del PCC. De inmediato se convirtió en el nuevo proveedor de recursos para sacar a flote a sus camaradas cubanos.

Ocurrió algo sorprendente: Venezuela, país rico en recursos naturales, con un territorio 8.5 veces más extenso que Cuba y con mayor población, pasó a ser colonia de su protegido. Esta inconcebible relación sólo se explica por la sumisión ideológica que el aparato político-cultural-ideológico cubano ejerce en amplios segmentos de la clase política latinoamericana.

El pasado 3 de enero, con la captura de Maduro y el nuevo arreglo entre los bolivarianos y el gobierno de Trump, el esquema se rompió.

El relevo lo intenta el grupo 4T que tomó el control de México en 2018. El volumen de los recursos económicos y energéticos, así como de múltiples apoyos que envían a sus congéneres cubanos se encubren con opacidad. Comienzan a documentarse algunos indicios sobre ese bombeo de cantidades, sin duda equiparables a su afinidad ideológica y a la veneración que les dispensan, demostradas el 16 de septiembre de 2021, cuando se otorgó al presidente cubano el honor de pronunciar el discurso de nuestra independencia.

La situación del pueblo cubano reclama auténtica solidaridad humanista: víveres, energía, medicinas, libertad y respeto a los derechos humanos. El Papa León XIV y la Conferencia de Obispos de Cuba recién señalaron el método: “evitar el caos social y realizar profundas reformas, diálogo y respeto a la dignidad de las personas…”. Sí, salvar a la patria cubana y superar las condiciones de muerte a las que ha sido sometida su sociedad.

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